Homilía de Monseñor Viganò por la fiesta de San Carlos Borromeo. Da Mihi Animas [Dame almas]…

 

Marco Tosatti

Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, les ofrecemos la homilía pronunciada por monseñor Carlo Maria Viganò con motivo de la fiesta de San Carlos Borromeo. Disfruten la lectura y compartan.

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DA MIHI ANIMAS

Homilía en la fiesta de san Carlos Borromeo

 

Fecerunt itaque civitates duas amores duo:

terrenam scilicet amor sui usque ad contemptum Dei,

cælestem vero amor Dei usque ad contemptum sui.

[Por lo tanto, dos ciudades crearon dos amores:

el amor terrenal a uno mismo hasta el punto de despreciar a Dios,

y el amor celestial a Dios hasta llegar al desprecio de sí mismo]

 San Agustín, La Cioudad de Dios, XIV, 28

 

Queridos Confrades y seminaristas

Queridos hermanos y hermanas,

Dos amores han edificado dos ciudades, dice san Agustín en la famosa página de De Civitate Dei: la terrenal, del amor a uno mismo hasta despreciar a Dios; la celestial, del amor a Dios hasta el desprecio por uno mismo. No existe una tercera ciudad, ni un terreno neutral donde los dos amores puedan coincidir. Cada hombre, y con mayor razón todo pastor y sacerdote, pertenece a una u otra, y lo revela con lo que ama.

En el día del Santo cuyo nombre llevo, permítanme meditar con ustedes sobre cómo san Carlos Borromeo fue un ciudadano perfecto de la ciudad de Dios, y cómo hoy la jerarquía sinodal reivindica la pertenencia opuesta.

 

1. Una sola fuente

El amor que edifica la Ciudad de Dios tiene un nombre: Deus caritas est. Pero Aquel que es la Caridad es también la Verdad: Ego sum via, et veritas, et vita. No dos atributos puestos uno al lado del otro, sino una sola realidad divina: O æterna veritas, et vera caritas, et cara æternitas, canta Agustín en sus Confesiones. De ello se deduce que la Caridad sin Verdad es una sentimentalidad peligrosa, y la Verdad sin Caridad es formalismo vacío. El apóstol Pablo las une en una sola fórmula: veritatem facientes in caritate (Ef 4, 15).

 

2. Da mihi animas

Cuando Abraham, victorioso, se encuentra con el rey de Sodoma, este le dice: Da mihi animas, cetera tolle tibi. Dame las personas, quédate con el botín (Gn 14, 17-24). Abraham rechaza todo. Los Padres y los Doctores medievales nunca leyeron esa propuesta con ingenuidad. Hildeberto de Lavardin (1056-1133), obispo de Le Mans y luego arzobispo de Tours, la pone en los labios de los demonios, que buscan sobre todo las alma. Y santo Tomás de Aquino la cita para decir que los enemigos de Dios quieren guiarlos hacia la oscuridad. Es la voz del Tentador, que ofrece el mundo a cambio del alma.

La Iglesia ha recitado después esas palabras en oración. El discípulo y amigo de San Francisco de Sales, el obispo Jean-Pierre Camus, nos habla de su maestro que «sólo deseaba convertir a esas almas rebeldes a la luz de la verdad que resplandece solamente en la verdadera Iglesia», y que, pensando en su rebelde Ginebra, «a veces decía suspirando: da mihi animas, cetera tolle» [dame las almas, quédate con el resto]. Luego la convirtió en su famosa divisa san Juan Bosco. Fíjense, queridos hermanos, cómo en esta frase la Caridad y la Verdad son una sola cosa: el Pastor ama las almas hasta el punto de sufrir por ellas, y por eso quiere que se conviertan, es decir, que sean llevadas a esa luz que brilla solamente en la verdadera Iglesia. No quiere que permanezcan tranquilas en el error.

Esto fue lo que hizo san Carlos Borromeo. Sobrino de un papa y muy rico, vendió el principado de Oria y entregó las ganancias a los pobres; recorrió a pie los valles alpinos que ningún obispo había visitado en décadas; fundó seminarios y monasterios. El 26 de octubre de 1569 un fraile de la Orden de los Humillados, a quien reprendió, le disparó por la espalda durante las Vísperas: Carlos ofreció su vida a Dios y siguió rezando. En la peste de 1576, mientras los poderosos abandonaban Milán, recorrió descalzo, con una cuerda al cuello, y se endeudó para alimentar a los pobres. Cetera tolle: toma todo, pero deja estas almas en mis manos.

 

III. Los obispos congelados

El obispo Camus relata un episodio que parece escrito para nosotros. Durante una visita pastoral a las montañas Faucigny, en Alta Saboya, san Francisco de Sales se enteró de un pobre pastor que había caído en una grieta buscando una oveja y murió congelado. Y dijo: «Si el ardor de ese pastor no se enfrió ni siquiera con el hielo, ¿por qué somos tan cobardes al buscar nuestras ovejas? Las pobres viudas y las mujeres del pueblo», añadió, «son como esos valles, fértiles en virtud, y los obispos que ocupan un lugar tan alto en la Iglesia de Dios están todos helados». Pero se acusó de inmediato: «¿Cuándo estaré tan calentado por el sol, hasta que se licue ese hielo que siento en mí mismo?».

Amigos queridos, Nuestro Señor predijo esta glaciación: Et quoniam abundabit iniquitas, refrigescet caritas multorum, debido a la propagación de la iniquidad la caridad de muchos se enfriará (Mt 24, 12). Hoy lo vemos en la jerarquía sinodal, fría en el amor a Dios, y por eso incapaz de desear con ardor sacerdotal lo que nuestro santo Arzobispo Carlos deseaba: el regreso al redil de quienes se habían separado de él. Borromeo miró más allá de los Alpes, hacia los valles y las ciudades suizas que habían pasado a la Reforma, y no se concedió paz. Fundó en Milán el Colegio Helvético para formar sacerdotes que los guiaran de vuelta a la Fe, y él mismo escaló los desfiladeros más impenetrables de su Diócesis en busca de las ovejas perdidas. Al contrario, la Iglesia sinodal ya no suspira ante esos límites rotos por las divisiones causadas por el cisma protestante. Le gusta el error tal como es: ha sustituido la conversión por un camino, la herejía con sensibilidades diferentes, las almas con periferias. No busca la oveja en la grieta, porque a la grieta —es decir, el lugar de la perdición— la ha declarado un “lugar teológico”.

El Profeta tiene un nombre para los pastores que no ladran: canes muti, non valentes latrare, perros mudos incapaces de ladrar (Is 56, 10). Y la fría indiferencia tiene otro rostro, que el Apocalipsis no duda en nombrar: meretricis magnæ… Cum qua fornicati sunt reges terræ, la gran ramera con la que los reyes de la tierra han fornicado (Ap 17, 2). Una jerarquía que pide el aplauso de los poderosos, que modela su lenguaje en sus ídolos, que culpablemente calla y se ha convertido en sierva, cobarde, abyecta y cortesana de la Ciudad del diablo. No lo digo por amargura, sino porque el método es antiguo: da mihi cetera, animas tolle. Dame el resto –los honores, los asientos, la estima del mundo– y quédate también con las almas. Y quienes hayan entregado sus almas verán ante ellos el día del Redde rationem, esa Silla Ambrosiana que un santo sobrino del Papa Pío IV hizo una forja de Caridad.

 

1.        Nuestro deber

No nos corresponde a nosotros juzgar las conciencias. Nos corresponde no repetir el lema de la ciudad terrenal. Cada vez que callamos la verdad para no perder una ventaja, decimos da mihi cetera. Cada vez que decimos la verdad con Caridad, pagando el precio, decimos da mihi animas.

San Carlos nos dejó una sola palabra como lema: Humilitas. La humildad es la vestimenta de la Caridad, y el desprecio de sí mismo que Agustín pone en la raíz de la ciudad de Dios. Pidamos al gran obispo de Milán pastores que arden con santo celo por las almas, y a nosotros la gracia de no ceder jamás a quien, con ese cetera, quiere arrancar nuestras almas a Dios. Y así sea.

 

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo 

4 de noviembre MMXXVI

S.cti Caroli Borromæi, Conf. Pont.

Episcopi Mediolanensi

 

Publicado por Marco Tosatti en italiano el 5 de noviembre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/11/05/omelia-di-mons-vigano-per-la-festa-di-san-carlo-borromeo-da-mihi-animas/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

 

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