María en el Designio de la Redención. “He aquí la servidora del Señor”. Giulio Ferri (III Parte)

 

Marco Tosatti

Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Giulio Ferri, a quien agradecemos de corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre el rol de María en la redención. Disfruten la lectura y la difusión.

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MARÍA EN EL DESIGNIO DE LA REDENCIÓN

 

Un recorrido bíblico, teológico y místico para descubrir el lugar de María en el designio de la Redención. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, a través de la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, seguiremos el misterio de la Mujer unida al Hijo en la consumación de la salvación.

 

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«He aquí la servidora del Señor»

por Giulio Ferri

 

Después de haber encontrado a la Mujer de la promesa y contemplado en María a la Nueva Eva, debemos entrar ahora en el lugar donde esa promesa comienza a cumplirse concretamente. Ya no estamos en el Jardín del Edén, ni frente a la reflexión de los Padres. Estamos en Nazaret, en una casa desconocida de Galilea, frente a una joven a la que Dios dirige una palabra capaz de cambiar la historia.

El Evangelio de Lucas narra la Anunciación con una sobriedad impresionante. No hay escenografías grandiosas, no hay multitudes, no hay sacerdotes ni reyes. Hay un ángel, una joven, una promesa humanamente imposible y una pregunta. Y despúes una respuesta.

«He aquí la servidora del Señor: que suceda en mí según tu palabra» (Lc 1, 38)

Estas palabras se han vuelto tan familiares que corremos el riesgo de no percibir más su profundidad vertiginosa. Las recitamos en el Angelus, las escuchamos en la liturgia, las encontramos en la oración del Rosario. Pero si nos detenemos frente a ellas sin la costumbre de la devoción, nos damos cuenta de que contienen algo perturbador.

María no está simplemente aceptando un honor. Está aceptando una misión que cambiará su vida para siempre. Está aceptando convertirse en la Madre del Hijo del Altísimo. Está aceptando, junto con la maternidad, un destino que no se le explica del todo.

Y sobre todo, está diciendo sí a Dios antes de saber todo lo que implicará ese sí.

Este es el primer elemento en el que debemos detenernos. La fe cristiana no es, ante todo, la posesión de todas las respuestas. Es la capacidad de confiarse en la palabra de Dios incluso cuando la comprensión no es completa todavía. María no recibe un mapa de todo el camino. Recibe una palabra. Y sobre esa palabra construye su propia existencia.

El relato de Lucas comienza con el ángel Gabriel, enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, «a una virgen prometida a un hombre de la casa de David llamado José» (Lc 1, 26-27). El primer dato está casi oculto: María pertenece a la normalidad de la vida humana.

No es una sacerdotisa, no es una reina, no pertenece a las élites religiosas de Jerusalén. No se la presenta como una mujer dotada de poder social. Es una joven prometida, insertada en la realidad concreta de una existencia ordinaria. Y es precisamente allí donde Dios entra en su historia.

Este detalle tiene una fuerza teológica enorme. La Encarnación no comienza en el centro del poder religioso o político, comienza en la disponibilidad de una criatura. Por lo tanto, el cristianismo no considera la materia ordinaria de la vida como un obstáculo para la presencia de Dios. Es precisamente dentro de la vida concreta donde Dios pronuncia su llamada.

María no debe salir antes de su humanidad para encontrarse con Dios.

Es en su humanidad donde Dios la encuentra.

El ángel la saluda con palabras que han atravesado siglos: «Alégrate, llena de gracia” (Lc  1, 28). El texto griego utiliza el término κεχαριτωμένη [kecharitoméne], una forma verbal que indica una gracia ya recibida y operante en María. La tradición de la Iglesia ha visto en este saludo uno de los fundamentos bíblicos de la santidad particular de la Virgen y, a la luz posterior de la Revelación, de la Inmaculada Concepción[1].

Sin embargo, no debemos aislar esta expresión del resto del relato. María es «llena de gracia» precisamente porque está llamada a una misión singular. La gracia no es un adorno espiritual añadido a su persona. Es la condición en la que Dios la prepara para su vocación.

El Catecismo lo expresa con una fórmula de gran precisión: para que María pudiera dar el libre asentimiento de su fe al anuncio de su vocación, era necesario que se fuera sostenida enteramente por la gracia[ 2]. Aquí tocamos una de las paradojas más bellas de la fe cristiana.

La libertad de María es mayor cuanto mayor es la gracia que la sostiene

La mentalidad moderna tiende frecuentemente a oponer la gracia y la libertad. Si Dios interviene, pensamos, entonces el hombre sería menos libre. Si, en cambio, el hombre es verdaderamente libre, Dios debería apartarse. El Evangelio muestra exactamente lo contrario.

En María vemos una libertad que no es destruida por la gracia, sino liberada por la gracia. La gracia no decide en lugar de María. La hace capaz de decidir. Esto también es fundamental para comprender el significado de la Inmaculada Concepción.

María es preservada del pecado original no porque se le prive de libertad, sino porque su libertad está salvaguardada y puesta plenamente a disposición para el bien. La santidad no es una disminución de la humanidad: es su cumplimiento.

Por eso el saludo del ángel perturba a María: «Ante estas palabras se perturbó mucho y se preguntó que significaba un saludo como éste» (Lc 1, 29). Es un detalle precioso. María no es una criatura automática que recibe una orden y la cumple sin pensar.

María escucha, reflexiona, pregunta

El Evangelio nos muestra a una mujer que está viva por dentro. Su perturbación no es incredulidad, es el signo de una conciencia que se toma en serio lo que está ocurriendo. También Zacarías le había hecho una pregunta al ángel, pero su pregunta surge de la dificultad para creer en la promesa.

María, en cambio, pregunta: «¿Cómo será esto, si no conozco varón?» (Lc 1, 34). La diferencia es sutil pero decisiva. María no dice: «No puede suceder». En esencia, dice: «¿Cómo sucederá lo que se me anuncia?». Su pregunta no cierra la puerta a la palabra de Dios: la abre.

Y Dios responde: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35). La respuesta del ángel no es una explicación científica. No podría serlo. El misterio de la Encarnación supera las categorías ordinarias de la generación humana: es una revelación.

El Hijo que nacerá de María será «santo» y será llamado «Hijo de Dios». Aquí el tema de nuestra investigación encuentra necesariamente el primer dogma mariano. María no es simplemente una madre que da a luz a un hombre extraordinario. Es la Madre de aquel que es el Hijo eterno del Padre y que, asumiendo la naturaleza humana, se convierte verdaderamente en su Hijo según la carne.

La maternidad divina y el consentimiento de la Anunciación son, en consecuencia, inseparables. María no dice sí a una maternidad genéricamente religiosa. Dice sí a la maternidad del Verbo Encarnado. Y esto significa que su sí ya posee una dimensión cristológica absoluta.

María dice que sí a una persona incluso antes de comprender completamente el misterio

Esta es quizás una de las definiciones más profundas de la fe. La fe no consiste en comprender a Dios antes de amarle. Consiste en aceptar la palabra de Dios y, a través de esa palabra, confiarse a quien habla.

María no posee a su Hijo antes de pronunciar su sí. Aún no tiene el rostro del Niño ante sus ojos. Aún no conoce Belén, Nazaret, Caná, Gólgota, la tumba vacía. Solo conoce una palabra. Y cree.

Por esta razón, Isabel, tiempo después, pronunciará una frase que representa casi el comentario divino sobre el misterio de la Anunciación: «Bendita la que ha creído que se cumplirá lo que el Señor le dijo» (Lc 1, 45). Isabel no dice simplemente: bendita la que se ha convertido en madre. Dice: bendita la que ha creído.

La maternidad es inseparable de la fe que la precedió. Es aquí que podemos comprender una de las intuiciones más bellas de la Tradición cristiana, retomada también por San Agustín: María concibe a Cristo en la fe incluso antes de concebirlo en su vientre[3].

No significa, por supuesto, que la concepción física sea secundaria o simbólica. Significa algo mucho más profundo: el cuerpo de María acoge lo que su corazón ya ha acogido en la fe. Antes de que el Verbo se haga carne en su vientre, la palabra de Dios se convierte en obediencia en su libertad.

El útero viene después del corazón. La Encarnación es un evento corporal real, pero no es un evento puramente biológico. Es un evento personal, en el que la libertad de una mujer está involucrada a través de la fe.

Y aquí el misterio de la Nueva Eva alcanza su punto concreto. Eva había escuchado una palabra y creído la mentira. María oye una palabra y cree en la promesa. Eva había buscado la plenitud retirándose de Dios. María recibe plenitud entregándose a Dios. Eva había desobedecido. María obedece.

Pero ahora podemos entender mejor lo que solo habíamos vislumbrado en el artículo anterior: la obediencia de María no es un gesto pasivo.

Es una decisión. El «fiat» es una palabra muy corta, pero contiene a una persona entera. «Aquí estoy». No dice simplemente «está bien». Dice «estoy aquí». Es una entrega personal.

Y es significativo que María se defina a sí misma como «servidora del Señor». La palabra no indica humillación en el sentido moderno del término. Indica pertenencia, disponibilidad, entrega. María se reconoce ante Dios como criatura. Y precisamente por esta razón se convierte en la criatura más libre.

La verdadera libertad no consiste en no pertenecer a nadie. Consiste en pertenecer libremente a aquél que es la Verdad.

Esta frase, si se comprendiera plenamente, podría casi resumir todo el Evangelio. El mundo moderno identifica con frecuencia la libertad con la posibilidad de autodeterminarse sin restricciones. El Cristianismo propone una concepción diferente: la libertad alcanza su propia perfección cuando la persona puede entregarse libremente al bien.

María es la imagen perfecta de esta libertad. Dios no violenta su voluntad. No la obliga. No la manipula. Le habla. Y espera la respuesta.

Aquí encontramos un elemento que el Concilio Vaticano II expresó con extraordinaria claridad. Lumen gentium afirma que el Padre de las misericordias quiso que la aceptación de la Madre predestinada precediera a la Encarnación, de modo que, así como una mujer contribuyó a dar la muerte, de la misma manera una mujer contribuyera a dar la vida[ 4].

El Concilio no está diciendo que María sea una segunda causa de la Redención al mismo nivel de Cristo. El mismo texto conciliar lo deja inmediatamente claro: María sirvió al misterio de la Redención «dependiente de él y con él»[5].

Esta pequeña expresión es fundamental. «Dependiente de él». María no es fuente autónoma de la gracia. «Con él». María no es ajena a la obra de su Hijo. Está dentro de una relación de dependencia y de cooperación.

Y es precisamente esta estructura la que nos interesará cada vez más a medida que avancemos en nuestra investigación. Porque aquí ya encontramos, en germen, algo que la teología posterior desarrollará a través del lenguaje de la cooperación, de la intercesión, de la mediación subordinada y, en tiempos posteriores, de la corredención.

Pero debemos resistir la tentación de correr demasiado rápido.

 

El título viene después del misterio

María es lo primero. Su sí es lo primero. La Encarnación es lo primero. Sólo después la Iglesia se cuestionará a sí misma sobre las consecuencias teológicas de esa participación. Es una regla metodológica que debemos mantener a lo largo de esta serie.

No debemos leer la Anunciación partiendo de la pregunta: «¿Cómo puedo demostrar que María es Corredentora?” Más bien, debemos preguntarnos: ¿qué dice realmente el texto? ¿Qué ha visto la Tradición? ¿Qué ha enseñado el Magisterio? ¿Y hasta dónde nos autorizan estos datos a avanzar?

Es una diferencia decisiva. Porque si partiéramos de la conclusión, correríamos el riesgo de transformar las Escrituras en una colección de pruebas a favor de una tesis ya decidida. Si, por otro lado, dejamos que la Revelación hable, podremos descubrir algo más profundo.

En Nazaret, Dios no le pide a María que realice una Redención paralela a la de su Hijo. Le pide que se convierta en la Madre del Redentor. Y María acepta. Esto significa que su sí es, ante todo , un sí a la persona de Cristo.

Pero precisamente por esta razón es también un sí a su obra. María acepta la maternidad y, con ella, acepta el destino de su Hijo. Aún no sabe todo lo que ocurrirá. Pero acepta involucrarse. Por lo tanto, su respuesta es más amplia de lo que parece.

«Hágase en mí según tu palabra»

No es sólo «que ocurra este milagro». Es como si María dijera: «Tomo mi lugar dentro de tu designio». Esta es la grandeza del fiat. Y es también el motivo por el cual la Iglesia ha visto siempre en la Anunciación el momento decisivo de la fe de María.

Juan Pablo II, en Redemptoris Mater, habla de la Anunciación como el momento decisivo en el que María se entrega completamente a Dios y manifiesta lo que San Pablo llama «la obediencia de la fe»[6]. El Papa también enfatiza que María responde con todo su «yo» humano y femenino y que en su respuesta están presentes tanto la gracia que proviene de Dios como su plena disponibilidad a la acción del Espíritu Santo[7].

Son palabras importantes. Porque nos impiden pensar en el “fiat” como un simple momento aislado. El sí de María es el comienzo de una vida. Desde ese momento, María será la Madre del Hijo. Pero será también discípula.

Tendrá que aprender a comprender el misterio poco a poco. Tendrá que guardar en su corazón palabras que no comprende. Tendrá que ver crecer a su Hijo. Tendrá que escucharle hablar de una misión que la superará progresivamente. Tendrá que llegar a Jerusalén. Y un día tendrá que estar ante una Cruz.

Todo esto ya está contenido, como en una semilla, en el «fiat». No porque María conozca de antemano cada detalle del futuro, sino porque quienes realmente se entregan a Dios también confían su propio futuro a Dios. El sí de Nazaret es, en consecuencia, una promesa que María hace sin conocer aún la forma concreta de la prueba.

Esto nos permite mirar con otros ojos la profecía de Simeón. Cuando, poco tiempo después, María lleva a Jesús al Templo, Simeón anuncia que ese Niño será «signo de contradicción» y añade, dirigiéndose a ella: «Y una espada atravesará también tu alma» (Lc 2, 35).

María no había recibido esta frase en Nazaret, pero la acoge. Su sí no se retira cuando descubre que el camino de su Hijo pasaría a través del sufrimiento. Y es precisamente esto lo que convierte su «fiat» en algo más que un consentimiento inicial.

El verdadero sí a Dios no consiste solamente en decir sí cuando comprendemos la belleza del proyecto. Consiste en permanecer fieles cuando el proyecto empieza a costar.

Aquí el misterio de la Anunciación ya se abre hacia el Calvario. Aún no tenemos que entrar. Lo haremos más adelante. Pero debemos reconocer que la semilla ya ha sido plantada.

María dijo sí a la maternidad. Dijo sí a su Hijo. Dijo sí a la voluntad del Padre. Dijo sí a la acción del Espíritu. Y, sin saberlo aún del todo, también dijo sí a un camino que pasaría por el sufrimiento.

Por esta razón, la libertad de María no puede ser confundida con la simple elección entre dos posibilidades equivalentes. Su «fiat» es un acto de obediencia amorosa. No es la libertad de quien dice: «Hago lo que quiero». Es la libertad de quien dice: «Quiero lo que Dios quiere».

Y es aquí donde la figura de la Nueva Eva adquiere su dimensión más profunda. La primera Eva recibió una orden y la interpretó como un límite a su libertad. María recibe una llamada y la reconoce como el lugar de su libertad.

Eva escucha a la serpiente y sospecha que Dios le está quitando algo. María escucha al ángel y cree que Dios puede darle algo que supera toda posibilidad humana. La primera tiende la mano hacia lo que quiere poseer. La segunda abre las manos para recibir.

La diferencia entre las dos mujeres es también la diferencia entre la posesión y el regalo

Y quizás aquí toquemos una verdad espiritual que concierne a todo cristiano. El hombre moderno teme con frecuencia que confiarse en Dios signifique perderse a sí mismo. María muestra lo contrario: cuanto más pertenece a Dios, más plenamente resulta ser María.

La gracia no elimina a la persona, la hace plenamente ella misma. Es un principio que encontraremos continuamente en la vida cristiana: Dios no nos salva haciéndonos menos humanos, nos salva guiando a nuestra humanidad hacia su cumplimiento.

María es la primera en mostrarlo en una forma absolutamente única. Pero todavía hay algo. La Anunciación no es solamente el lugar en el que María recibe una misión. Es también el lugar en el que Dios mismo muestra algo de su manera de actuar.

Dios podría haber entrado simplemente en la historia. Y en cambio pide el consentimiento humano. No porque lo necesite como una condición impuesta desde lo externo, sino porque ha elegido libremente llevar a cabo su designio mediante la libre cooperación de una criatura.

Este es uno de los puntos más delicados teológicamente y, al mismo tiempo, más fascinante. Dios es omnipotente, María es una criatura. La desproporción es infinita. Y, sin embargo, Dios quiso que una palabra humana —«fiat»— precediera, por parte de la criatura, al evento de la Encarnación.

El misterio no radica en que María se vuelve necesaria para Dios. Está en el hecho que Dios quiso hacer significativa la libertad de María. Esta distinción nos protege de dos errores opuestos.

Por un lado, no debemos transformar a María en una especie de diosa necesaria para la realización de la Redención. Por otro lado, no debemos reducirla a un instrumento puramente pasivo. La Iglesia elige un tercer camino.

María es criatura. María depende de la gracia. María depende de Cristo. Y precisamente por eso coopera realmente.

El Catecismo de la Iglesia Católica, retomando la tradición de San Ireneo y el Concilio Vaticano II, afirma que María, al dar su consentimiento a la palabra de Dios, se ofrece totalmente a la persona y a la obra de su Hijo y sirve al misterio de la Redención «bajo él y con él»[8].

Es una fórmula que merece ser preservada. «Bajo él». «Con él». No «en lugar de él». No «junto a él» como si fueran dos redentores equivalentes. Y tampoco «sin él».

La cooperación de María es enteramente relativa a Cristo. Es de Cristo de quien recibe la gracia. Es para Cristo que está preparada. Es con Cristo que sirve al misterio de la Redención. Es en Cristo donde su maternidad adquiere el significado universal que la Tradición reconocerá progresivamente en ella.

Y así entonces podemos también comprender mejor una frase que podría parecer paradójica: la grandeza de María consiste precisamente en el hecho que todo lo que es, lo recibe. Recibe la gracia. Recibe la llamada. Recibe a su Hijo. Recibe la misión. Recibe la fuerza para perseverar.

Y precisamente al recibirlo todo, se vuelve capaz de dar todo. Esta es la lógica de la gracia. Y esta es también la lógica de la maternidad cristiana. María no produce al Salvador como si la salvación viniera de ella. Ella lo recibe. Y, al recibirlo, lo regala al mundo.

Su vientre se convierte así en el lugar donde el don de Dios pasa a través de una criatura para llegar a la humanidad. Quizá éste es el punto en que el misterio de la Nueva Eva empieza realmente a superar la simple analogía con Eva.

Eva había sido llamada «madre de todos los vivientes» (Gn 3, 20). María se convierte en la Madre de aquel que es la Vida. Y a través de su Hijo, su maternidad adquiere una dimensión que la Iglesia comprenderá cada vez más profundamente. Aún no completamente visible. Aún no desarrollada en todas sus consecuencias. Pero ya presente.

Por esta razón, el fiat de Nazaret no es una palabra cerrada en el pasado. Cada vez que la Iglesia recita el Ángelus, cada vez que un cristiano pronuncia su propio «sí» a la voluntad de Dios, algo de esa respuesta vuelve a resonar.

Por supuesto, nadie puede repetir la misión de María. Su maternidad divina es única. Su vocación es irrepetible. Pero toda criatura puede aprender de ella la gramática de la fe: escuchar, acoger, confiar, obedecer, entregarse a sí mismo.

María es la primera discípula porque es la primera en acoger a Cristo. Y precisamente porque le acoge, se convierte en Madre. Esta unidad entre la fe y la maternidad es una de las claves más profundas del misterio mariano.

María se convierte en Madre del Verbo porque primero se convierte en sierva de la Palabra[9).

La sirvienta precede a la Madre. La obediencia precede a la maternidad. El consentimiento precede a la Encarnación. Y la fe precede a la contemplación. Es una secuencia que nunca deberíamos olvidar. Porque nos permite comprender también el significado de la palabra «sirvienta». María no es sirvienta porque valga poco. Es sirvienta porque reconoce a Dios como Señor. Y es precisamente reconociendo a Dios como Señor que se vuelve libre.

Es aquí donde la espiritualidad mariana deja de ser sentimentalismo y se convierte en una escuela de vida. La verdadera devoción a María no consiste solamente en contemplar sus privilegios. Consiste en aprender de ella el movimiento interior a través del cual la criatura pasa de la autosuficiencia a la confianza.

María no retiene el don. No posee a su Hijo para sí misma. Lo recibe y le ofrece. De Belén al Templo, de Cana a la Cruz, su camino estará cada vez más marcado por esta lógica.

María es grande porque no retiene nada de lo que Dios le confía

Y es precisamente aquí donde nuestro itinerario puede dar un paso más. Hemos visto a la Mujer de promesa. Hemos encontrado a la Nueva Eva. Hemos contemplado su «fiat». Ahora debemos preguntarnos qué ocurre cuando esta mujer, después de haber dado al Salvador al mundo, interviene en su vida pública.

En Nazaret María dice: «Que se haga en mí». En Caná dirá: «Hagan lo que él les diga». Hay un vínculo misterioso entre estas dos frases. La primera se refiere a la aceptación del Hijo. La segunda se refiere a la orientación de los hombres hacia el Hijo.

La primera abre la puerta a la Encarnación. La segunda inaugura un modo nuevo de su presencia en la obra de su Hijo. Y aquí el misterio de la Madre comienza a adquirir una dimensión nueva.

Ya no es solo la Madre del Redentor, sino Madre que conduce al Redentor.

Es el siguiente paso de nuestra búsqueda. Y será precisamente en Caná, en el signo del agua transformada en vino, donde deberíamos preguntarnos qué significado tiene la palabra de María cuando, dirigiéndose a los siervos, pronuncia una de las frases más cortas y decisivas de todo el Evangelio: «Hagan lo que él les diga» (Jn 2, 5).

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[1] Cf. Lc 1, 28. La tradición católica lee el saludo del ángel a la luz de todo el desarrollo de la Revelación. El Catecismo de la Iglesia Católica vincula «llena de gracia» con la santidad singular de María y con su preservación del pecado original: CIC nn. 490-492.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 490 y 494. El Catecismo enfatiza que la gracia sostiene el libre asentimiento de la fe de María al anuncio de su vocación.

[3] Cf. San Agustín, Sermone 215, 4; De sancta virginitate, 3, 3. La Tradición agustiniana insiste en el hecho de que María concibió a Cristo primero en la fe y luego en el vientre: antequam eum conciperet corpore, mente concepit. El tema no sustituye la realidad física de la Encarnación, sino que ilumina su dimensión personal y espiritual.

[4] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 56: «El Padre de las misericordias quiso que la aceptación por parte de la madre predestinada precediera a la Encarnación».

[5] Ídem. El texto conciliar especifica que María «sirvió al misterio de la redención en dependencia de él y con él, con la gracia de Dios Todopoderoso». Esta fórmula es fundamental para distinguir la cooperación subordinada de María de la única y perfecta obra redentora de Cristo.

[6] Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 13. El Papa presenta la Anunciación como el momento decisivo de la fe de María e interpreta su consentimiento como plena «obediencia de la fe».

[7] Cf. Ibid. Juan Pablo II enfatiza que la respuesta de María implica «todo su “yo” humano y femenino» e incluye tanto la cooperación con gracia preveniente como la disposición para la acción del Espíritu Santo.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 494; cf. Lumen Gentium, n. 56. El Catecismo retoma explícitamente a San Ireneo: María, con su obediencia, es puesta en relación con la salvación del hombre, pero siempre en dependencia de Cristo y en la gracia.

[9] Cf. Juan Pablo II, Audiencia General, 18 de septiembre de 1996. El Papa afirma que María, al pronunciar su «sí», fue plenamente libre ante Dios y que su respuesta representó una participación real, aunque subordinada, en la obra de la salvación.

 

Publicado por Marco Tosatti en italiano el 2 de noviembre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/11/02/maria-nel-disegno-della-redenzione-ecco-la-serva-del-signore-giulio-ferri-iii-parte/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

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