María, Asunción al cielo. Destino del cuerpo y esperanza de Resurrección. Giulio Ferri. (Parte I°)

Marco Tosatti

Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Giulio Ferri, a quien agradecemos sinceramente, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre el dogma de la Asunción. Disfruten la lectura y la difusión.

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María, asunción al cielo (Parte I)

por Giulio Ferri

El destino del cuerpo y la esperanza de la Resurrección

 

Tras contemplar a María como Madre de Dios, siempre Virgen e Inmaculada, llegamos al último de los cuatro grandes dogmas marianos: la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a la gloria del Cielo.

Es el dogma que mira más directamente a la realización. Si el primero nos condujo a la identidad de Cristo, el segundo a la singularidad de su nacimiento y a la persona de María, el tercero a la Gracia que la precede desde el primer momento de su existencia, el cuarto nos lleva a la pregunta última: ¿qué ocurre con el hombre cuando su vida terrenal llega a su fin?

La Iglesia responde contemplando a María.

El 1 de noviembre de 1950, en la Solemnidad de Todos los Santos, Pío XII definió solemnemente como dogma de fe que «la Inmaculada Madre de Dios siempre virgen María, al final de su vida terrenal, fue elevada a la gloria celestial en cuerpo y alma». La definición se encuentra en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus.

Pero una formulación tan breve contiene un misterio inmenso. María no “fue al cielo” simplemente en el sentido genérico en que a veces usamos esta expresión al hablar de un difunto. La Iglesia proclama algo mucho más preciso: María ha sido glorificada también en su cuerpo.

Y es precisamente aquí donde el dogma de la Asunción se vuelve sorprendentemente actual, porque somos hijos de una época que, por un lado, exalta el cuerpo como si fuera todo y, por otro lado, parece haber olvidado que el cuerpo tiene un destino eterno. Lo modificamos, lo exhibimos, lo perfeccionamos, lo consumimos, lo sometemos a todo tipo de tratamientos; pero rara vez nos preguntamos qué es realmente el cuerpo humano y por qué debería tener un destino que supere la muerte.

La fe cristiana, en cambio, no considera el cuerpo un envoltorio provisorio del alma. El hombre es alma y cuerpo. Y si Dios salva al hombre, salva al hombre en su totalidad. Es por eso que la Asunción no es un privilegio mariano aislado: es una ventana abierta sobre el destino de la humanidad redimida.

María ya está allí, donde la Iglesia espera llegar.

Su gloria no sustituye a la de Cristo ni compite con ella. Al contrario, deriva enteramente de Cristo. Pío XII vincula explícitamente la Asunción con la victoria del Hijo sobre el pecado y sobre la muerte: María, unida de manera singular al Redentor, participa de manera anticipada en la victoria que Cristo conquistó definitivamente en su Pascua.

Esta es la primera clave para comprender el dogma: María no es asunta porque posea en sí misma un poder divino. Es asunta porque Cristo ha vencido a la muerte y su victoria se manifiesta en ella en una forma singular.

Al igual que en la Inmaculada Concepción, aquí también debemos evitar una lectura que separe a María de Cristo. La Mariología auténticamente católica no construye un universo paralelo en el que María reciba privilegios independientes de su Hijo. Todo lo que la Iglesia contempla en ella está orientado cristológicamente.

María es la Madre de Dios porque Cristo es verdaderamente Dios. Es siempre Virgen porque el misterio de su maternidad pertenece a la singularidad de la Encarnación. Es Inmaculada porque ha sido redimida por Cristo de manera preventiva. Y es asunta al cielo porque la victoria pascual de Cristo sobre la muerte alcanzó en ella una manifestación anticipada y singular.

En este sentido, los cuatro dogmas no son cuatro capítulos independientes de la devoción mariana. Son como cuatro perspectivas a través de las cuales la Iglesia contempla el misterio único de Cristo y la salvación.

Pero es precisamente aquí donde nace una pregunta inevitable: ¿María está muerta? La pregunta es antigua y no ha sido resuelta por el dogma en el sentido de una definición obligatoria.

De hecho, Pío XII en Munificentissimus Deus, eligió deliberadamente no definir como verdad de fe ni la muerte ni la no-muerte de la Virgen. La fórmula «al final del curso de la vida terrenal» deja la cuestión abierta. También Juan Pablo II recordó que la definición de 1950 no tomaba posición sobre la muerte de la Virgen.

Este es un punto importante, porque nos enseña algo también sobre la relación entre la fe y la razón teológica. El dogma no dice todo lo que podríamos querer saber. Dice con autoridad lo que la Iglesia reconoce como revelado y lo que debe ser creído.

El resto puede pertenecer a la reflexión teológica, a la tradición, a la espiritualidad, a la veneración, pero no debe confundirse con lo que el dogma ha definido.

La Tradición oriental ha hablado durante siglos de la Dormición de la Madre de Dios. La Tradición occidental ha desarrollado sobre todo el lenguaje de la Asunción. Las dos perspectivas convergen en la fe en la glorificación de María, manteniendo al mismo tiempo diferencias en la terminología y en el énfasis.

En consecuencia, la cuestión de la muerte de María puede ser meditada, pero no debe convertirse en el centro del dogma. El centro es la glorificación de su cuerpo. Y esto nos lleva inmediatamente a la cuestión más profunda: ¿por qué el cuerpo?

¿Por qué Dios está interesado en el cuerpo? ¿Por qué la salvación debería referirse a la materia?

La respuesta cristiana parte de la Encarnación. El Hijo eterno de Dios no asumió simplemente apariencia humana, asumió realmente nuestra naturaleza. El Verbo se hizo carne. Tuvo un cuerpo, respiró, caminó, trabajó, sufrió, sangró. Ese cuerpo fue depositado en el sepulcro y ese cuerpo resucitó.

La Resurrección de Cristo es, por lo tanto, el fundamento último de la Asunción de María. No podemos entender la Asunción sin el Resucitado. El cristianismo no anuncia la liberación del alma de la prisión del cuerpo: Anuncia la resurrección del cuerpo.

Esta diferencia es enorme.

La visión cristiana de la eternidad no consiste en abandonar definitivamente el cuerpo para entrar en una dimensión puramente espiritual. El destino último del hombre es la comunión con Dios en la resurrección. El cuerpo mismo es llamado a la gloria.

María es, por así decirlo, el primer gran signo visible de esta promesa cumplida.

San Pablo había escrito a los corintios que «si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo pueden algunos de ustedes decir que no hay resurrección de los muertos?» (1Cor 15, 12). Todo el capítulo quince de la Primera Carta a los Corintios gira en torno a esta certeza: si Cristo ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra.

Y si la muerte no tiene la última palabra, tampoco el cuerpo está destinado a la disolución definitiva. El cuerpo que hoy nos parece frágil, expuesto a la enfermedad, a la decadencia y a la muerte no es un error de Dios. Es parte de la persona que Dios creó y que Cristo asumió.

La Asunción de María hace que esta verdad sea concreta.

No estamos hablando solamente de un símbolo. El dogma afirma una realidad: el cuerpo de la Virgen fue asumido en la gloria celestial. Y es precisamente esto lo que hace que la Asunción sea tan escandalosamente concreta para una mentalidad espiritualista.

Nos resulta relativamente fácil aceptar la idea de que el alma de una persona buena está “en el cielo”. Es mucho más difícil pensar que el cuerpo tiene un destino eterno. Sin embargo, esto es exactamente lo que proclama la fe cristiana. El cuerpo no es un accesorio del alma: el cuerpo es parte de la persona.

Es por eso que la Iglesia ha resistido siempre tanto al materialismo -que reduce al hombre a materia- como al espiritualismo -que considera el cuerpo una realidad inferior de la que hay que liberarse. El hombre cristiano no es solamente materia ni un alma accidentalmente aprisionada en un cuerpo. Es una criatura en la que alma y cuerpo constituyen una única realidad personal.

La Asunta hace visible esta verdad con una fuerza extraordinaria. María está en el cielo con su persona, no como una pura idea. La mujer que vivió en Nazaret, que llevó a Jesús en su vientre, que lo envolvió en pañales, que le acompañó en su crecimiento, que estuvo en la Cruz, es la misma persona que es glorificada.

La Gracia no elimina la historia, la lleva a su consumación.

Esta es una de las intuiciones más bellas que el cuarto dogma ofrece a la filosofía del hombre. La salvación no significa que Dios destruye lo que hemos sido para sustituirlo con algo completamente diferente. La salvación significa que Dios lleva a su consumación a la persona según su designio.

María no deja de ser María al entrar en la gloria. Se convierte plenamente en María. En este sentido, la Asunción es también una respuesta al miedo a la muerte. Y no es una respuesta fácil, especialmente para el hombre contemporáneo.

El cristianismo no dice que la muerte no cause temor. Jesús mismo, en Getsemaní, se angustió. La muerte es verdaderamente una herida introducida al mundo por el pecado y sigue siendo, para el hombre, una separación dolorosa. Pero Cristo atravesó la muerte. Y María, asociada de manera singular a su Hijo, recibe la gracia de participar anticipadamente en la victoria definitiva sobre la corrupción del sepulcro.

Pío XII vincula explícitamente la Asunción con la Inmaculada Concepción: precisamente porque María fue preservada de la mancha del pecado original, no estuvo sujeta a la ley de la corrupción del sepulcro como los otros seres humanos. Su Asunción aparece así como la culminación armónica de los privilegios recibidos en Cristo.

Pero aquí debemos proceder con cautela.

La Asunción no significa que María no necesitara la Redención. Como hemos visto al hablar de la Inmaculada Concepción, todo en María deriva de Cristo. La preservación del pecado y la glorificación del cuerpo no son privilegios autónomos: son dos efectos singulares de la Redención del Hijo.

En María vemos entonces algo que también se refiere a nosotros. Nosotros esperamos, ella ya ha llegado. Esta simple frase contiene una de las dimensiones más consoladoras del dogma. La Iglesia no ve a María como una criatura perteneciente a un mundo completamente ajeno al nuestro. La ve como la criatura en la que ya está anticipado el destino de la Iglesia misma.

Por eso el Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium, presenta a María asunta al cielo como signo de esperanza segura y consuelo para el Pueblo de Dios. Y Juan Pablo II recordó que, mientras que para otros hombres la glorificación de los cuerpos tendrá lugar al final de los tiempos, en María ha sido anticipada esa glorificación por un privilegio singular.

Aquí aparece el significado eclesial de la Asunción. La Iglesia no es sólo una comunidad que recuerda el pasado. Es un pueblo que camina hacia una promesa. María ya está en la meta hacia la que tiende la Iglesia.

Y esto modifica también nuestra forma de ver el presente. Si el cuerpo está destinado a la gloria, entonces la vida terrenal no es insignificante. Si la materia misma de nuestra persona está llamada a la resurrección, entonces cada gesto hecho en el cuerpo adquiere una nueva dignidad.

El cuerpo no es un objeto para ser usado, es parte de la persona destinada a la eternidad.

De aquí nace también una consecuencia moral que la cultura contemporánea necesitaría redescubrir. La dignidad del cuerpo no depende de la apariencia, de la edad, de la salud, del rendimiento, de la productividad ni el deseo que despierta en los demás.

El cuerpo de un niño y el de un anciano tienen la misma dignidad. El cuerpo sano y el cuerpo enfermo tienen la misma dignidad. El cuerpo joven y el cuerpo desgastado por la vejez pertenecen al mismo destino. Porque el valor de la persona no proviene de la perfección de sus condiciones biológicas, proviene del hecho de que esa persona es querida por Dios y está llamada a la vida eterna.

La Asunción de María lleva esta verdad hasta sus últimas consecuencias.

Quien fue preservada del pecado también es preservada también de la corrupción del sepulcro. No por una necesidad natural, sino por una gracia singular. Y su glorificación anticipada se convierte para nosotros en una promesa: la muerte no es el destino definitivo del hombre.

Pero esta promesa no nos da derecho a despreciar la tierra. Es precisamente lo contrario.

Si el cuerpo está destinado a la gloria, la vida presente adquiere un peso aún mayor. Lo que hacemos aquí no es irrelevante. El amor, el sacrificio, la fidelidad, el sufrimiento ofrecido, el cuidado por los demás, la oración, la caridad: todo entra en la historia concreta de la persona a la que Dios quiere salvar.

María no es asunta al cielo porque su vida terrenal hubiera sido inútil. Es asunta porque esa vida, vivida fielmente, encuentra su plenitud. Y aquí el cuarto dogma nos lleva naturalmente a una pregunta que nos concierne a cada uno de nosotros.

Si María ya está donde esperamos llegar, ¿cómo deberíamos vivir mientras estamos todavía en camino?

La respuesta no puede ser solamente teórica. La Asunta no es una doctrina que deba ser colocada en una vitrina de la mariología: es una provocación a nuestra existencia. Nos dice que el cielo no es una imagen consolatoria inventada por el hombre para escapar de la muerte. Es el destino real al que Dios llama a la persona humana.

Y también nos dice algo aún todavía más radical: la santidad no es evasión de la realidad, sino preparación para la realidad definitiva. María no fue asunta porque había dejado de pertenecer a la historia. Es precisamente porque su historia fue entregada por completo a Dios que puede entrar en la gloria.

La tierra, entonces, no es lo opuesto al cielo. Es el lugar donde aprendemos a pertenecer a Dios. Y el cielo no es la eliminación de nuestra historia: es su realización plena. Quizá esta sea precisamente la palabra que el cuarto dogma transmite a nuestra época: realización plena. No disolución; no huida; no aniquilación, sino realización plena.

María, la Inmaculada, no permanece prisionera de la muerte. La Madre del Verbo, la siempre Virgen, es introducida en la gloria con todo lo que es. Y al mirarla, la Iglesia se atreve a repetir con mayor certeza lo que ya proclama en el Credo: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo venidero». La Asunción es la respuesta viva a esa expectativa.

Pero es precisamente aquí donde se abre la pregunta más profunda, la que nos acompañará en la segunda parte: ¿qué significa vivir en la tierra con la mirada orientada hacia un destino eterno? Porque si María ya está en gloria, entonces el cielo no es solamente lo que nos espera después de la muerte: es la luz según la cual somos llamados a vivir ya ahora.

 

Publicado por Marco Tosatti en italiano el 16 de octubre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/10/16/maria-assunta-in-cielo-destino-del-corpo-e-speranza-di-risurrezione-giulio-ferri-parte-i/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

 

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