Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, ofrecemos a vuestra atención este artículo del padre Curzio Nitoglia, a quien expresamos nuestro agradecimiento. Disfruten la lectura y difundan.
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Jesús y la maldición del Judaísmo
Publicado el 9 de agosto 2026 por doncurzionitoglia
Por Don Curzio Nitoglia
El Señor Jesús maldijo a algunas ciudades de Galilea (Mt., XI, 20-24; Lc., X, 10-16) por su incredulidad; al igual que en Judea, poco antes de ser asesinado, también maldijo a Jerusalén por ser infiel y dispuesta al deicidio (Mt., XXIV, 15; Lc., XIX, 43).
Ciertamente, Jesús no deseó el mal espiritual supremo, es decir, la condenación eterna, de los judíos incrédulos de Galilea y Judea. De hecho, habría sido gravemente ilícito y pecaminoso, pero pidió para ellos un cierto mal material, pero siempre para su conversión, así como también pidió un castigo o un cierto mal espiritual –temporal e inicial– del judaísmo infiel, aunque no fuera definitivo ni absoluto, sino que le sirviera como lección moral y le impulsara a un bien espiritual mayor y a la verdadera conversión (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica., II-II, q. 76).
En el Evangelio (Mt XI, 20-24), después de haber constatado el estado objetivo o material de perversión moral del judaísmo farisaico de su época y de las ciudades de Galilea en las que había ejercido la mayor parte de su apostolado, el Salvador desaprobó ambas cosas, tanto objetiva como materialmente, exclamando: «¡Ay de vosotros…!». Esta es la maldición objetiva o material.
Además, Jesús no se detuvo ahí, sino que también lanzó una maldición formal o subjetiva, es decir, invocó o deseó explícitamente el mal contra el Judaísmo infiel (1) (Francesco cardenal ROBERTI–Pietro PALAZZINI, Diccionario de Teología Moral, Barcelona, Biblioteca Litúrgica Española, 1960, entrada “Imprecación”), que había violado la Ley del Señor; para que –primero–se reparara (castigo vindicativo) el orden divino y natural y luego –en segundo lugar– para que los judíos incrédulos, formalmente maldecidos, se corrigieran (castigo medicinal).
El Doctor Angélico explica en la Summa Theologica que es lícito maldecir formalmente a alguien (II-II, q. 76, a. 1); de hecho, el profeta Eliseo (2Re, II, 24) maldijo a los niños que se burlaban de él como profeta y fueron destrozados por un oso.
Además, Jesús “meledixit ficulneae” (Mt XXI, 19), dado que “la higuera era una imagen figurada del judaísmo incrédulo”, por lo tanto ellos (higo y judaísmo) fueron maldecidos por Jesús no solo objetivamente (al constatar su infructuosidad y fe desviada), sino también formalmente, mediante un anatema que el Señor dirigió a la planta y –figuradamente– al pueblo deicida, para que se marchitaran por ser estéril –en el primer caso– de higos y –en el segundo caso– por no tener una fe recta acompañados de buenas obras. Por último, Dios mismo, luego del pecado de Adán, maldijo la tierra, para que no diera fruto hasta que el hombre la trabajara duramente por primera vez, diciendo: “Maldita sea el suelo por tu causa” (Gn., III, 17), es decir, por el pecado del primer hombre (S. Th., II-II, q. 76, a. 2).
Finalmente, en el cuarto y último artículo de la misma cuestión, Santo Tomás nos explica que es lícito maldecir incluso formalmente (es decir, desear el mal como castigo por la culpa) a alguien, para que, en primer lugar, el orden moral violado pueda ser reparado (por ejemplo, el juez que pronuncia la sentencia contra un homicida: “Te condeno a cadena perpetua”); in secundis, se desanima a los malvados de repetir sus pecados (al ver la cadena perpetua impuesta al homicida, los demás probablemente se abstendrán de cometer el mal); in tertiis, se hace un acto de reparación a la persona ofendida o a su familia (los hijos del asesinado deben poder ver al asesino de su padre condenado a prisión y no recompensado) y, sólo por último, el delincuente puede ser medicado y corregido (el asesino, en prisión, podría recobrar la razón y arrepentirse del mal cometido; como hizo, por ejemplo, Alessandro Serenelli, el asesino de Santa María Goretti).
El padre Antonio Royo Marín, comentando sobre la Suma Teológica (II-II, q.108, a.1-4), escribió: «El instinto de vengar un mal, como un movimiento de repulsión hacia él, es bueno; por eso, la venganza justa, que quiere –ante todo– reparar el orden violado por el delincuente que hace el mal y –en segundo lugar– enmendar al culpable, es algo bueno y justo. Por lo tanto, el elemento primario del castigo es vindicativo (restaurar el orden y castigar el mal), mientras que el elemento secundario es medicinal (ayudar al culpable a redimirse). En cambio, hoy en día el castigo es visto solamente como un remedio y se ignora su lado aflictivo, correctivo, reparador o “vindicativo” (2).
El Judaísmo talmúdico es rechazado por Dios
En primer lugar, debe especificarse que aquí se está hablando del judaísmo como religión postbíblica y de los fieles de ella como creyentes, los judíos que siguen la Kabala y el Talmud (3), no hablamos de la etnia judía. Después, es necesario precisar los términos teológicos y bíblicos de reprobación y maldición; a) reprobar significa rechazar, considerar inútil, desaprobar, romper una amistad. Ahora bien, la Sinagoga talmúdica, a la que el apóstol San Juan llama dos veces la “Sinagoga de Satanás” (Ap II, 9; III, 9), después de la muerte de Cristo, fue desaprobada, rechazada por Dios, quien señaló su infidelidad a la Antigua Alianza hecha por Él con Abraham/Moisés y la repudió para hacer una Nueva Alianza con el “pequeño resto” o “reliquia” (Rom XI, 5-7) de Israel que permaneciera fiel a Cristo y a Moisés, y con todos los pueblos dispuestos a acoger el Evangelio (quienes en su mayoría correspondieron al don de Dios, mientras que solamente una de sus “reliquias” le rechazó, para adorarse a sí misma en forma narcisísta a través de los ídolos que había construido para sí misma como un espejo). Dios repudió a quienes han negado a Su Hijo unigénito y consustancial, “Dios verdadero, del Dios verdadero”. Por lo tanto, la sana teología ha interpretado las Escrituras y enseñado que el Judaísmo postbíblico es reprobado o desaprobado por Dios, es decir, mientras permanezca en el rechazo obstinado de Cristo no está espiritualmente unido a Dios, no es querido por Dioos, no está en gracia de Dios.
Además, b) maldecir significa condenar y esto es α) es una “maldición objetiva”, es decir, una situación que está constatada como desordenada y, por tanto, condenada por Dios, de la cual Él habla mal o “dice/mal”. De hecho, Dios no puede aprobar, hablar bien o “decir/bien objetivamente el rechazo de Cristo. Sin embargo, β) también es una maldición subjetiva o formal. De hecho, el Padre, luego de haber constatado la esterilidad del Judaísmo farisaico y rabínico, que mató a los profetas, a su Hijo y finalmente a los apóstoles, la condena y maldice formalmente. Como Jesús que, comprobada la esterilidad de una higuera, la maldijo formalmente (“¡que nunca más nazca ya fruto de ti!”), es decir, no la apreció, sino que la condenó formalmente —después de haber comprobado objetiva o materialmente su esterilidad— precisamente por su infructuosidad (4).
Cito aquí lo que escribió una judía convertida y talentosa estudiosa de la Patrología, Denise Judant: «Es necesario distinguir el judaísmo del Antiguo Testamento del judaísmo postcristiano. El primero (Antiguo Testamento) es una preparación del Cristianismo; el segundo, el contrario (judaísmo poscristiano o talmúdico), ha negado la mesianidad de Jesús y sigue rechazando a Jesucristo como Mesías. En este sentido, hay una oposición contradictoria entre el Cristianismo y el Judaísmo actual. La Antigua Alianza se basa no sólo en la libre decisión y elección divina, sino también en la cooperación de los hombres. Moisés recibe la declaración de Dios, que contiene las condiciones del pacto bilateral. De hecho, la Alianza no es incondicional (Dt XI, 1-28), sino que es sometida a la obediencia del pueblo de Israel: “Os ofrezco bendiciones y maldiciones. Bendiciones si obedecen los mandamientos divinos… maldiciones si desobedecen” (Dt XI, 28).
La Antigua Alianza no es unilateral, sino revocable y depende también del comportamiento de Israel, y Dios amenaza varias veces con romperla debido a las infidelidades del pueblo judío, a quien Él desearía también destruir por completo (Dt XXVIII; Lv XXVI, 14 y ss.; Jer XXVI, 4-6; Os VII, 8 y IX, 6).
Luego de la muerte de Cristo, el perdón de Dios no se concede a todo Israel, sino solamente a “un pequeño resto” fiel a Cristo y a Moisés, que preanunció a Jesús. Como resultado de la infidelidad del pueblo de Israel, en su conjunto, hacia Cristo y el Antiguo Testamento que lo anunciaba, el perdón de Dios se limitó sólo a “un pequeño resto”.
Por parte de Dios, a diferencia de parte del hombre, no hay ruptura de Su plan (que es retirado sólo después de haber constatado su rechazo por parte del hombre: “Deus non deserit, nisi prius deseratur”), sino solamente desarrollo y perfeccionamiento de la Antigua Alianza, en la Alianza nueva y definitiva, que dará al “pequeño resto” de judíos fieles al Mesías un “nuevo corazón” y se abrirá a toda la humanidad… Jesús no instauró una nueva religión, enseñó que Dios quería la salvación de toda la humanidad y que la venida de Cristo era la condición para esa salvación… La comunidad cristiana ha permanecido fiel a la Tradición veterotestamentaria, reconociendo en Jesús al Cristo-Mesías por los Profetas. Para los cristianos, es el judaísmo post-bíblico el que es infiel al Antiguo Testamento, pero hay un “pequeño resto” fiel, que al entrar en la Iglesia de Cristo, garantiza la continuidad de la Alianza (Antigua/Nueva), en vista de Cristo que vendrá y viene. Él es la “piedra angular” que “hizo de dos [pueblos: judíos y gentiles] uno solo” [cristianos]» (5).
Se acercan nuestra hora y nuestro juicio
A partir de lo que se nos ha revelado en el castigo de Sodoma, Tiro, Cafarnaúm y Jerusalén, ¿cómo no pensar en el destino que pende sobre nuestras cabezas? De hecho, hoy estamos cometiendo también nosotros un pecado similar al de la incredulidad que Jesús reprochó a las ciudades de Galilea.
Consideremos serena y objetivamente 1º) la obligación de vacunación universal con suero que contiene fetos abortados, incluso para ir a Misa o entrar en una iglesia; 2º) la propaganda y, sobre todo, la abominable práctica obligatoria del género en las escuelas, a partir de los tres años; 3º) la α) prohibición de la Misa de Tradición Apostólica, sustituida obligatoriamente (aunque arbitrariamente) por un rito al menos ambiguo y ambivalente como el Novus Ordo Missae de Pablo VI, con la Comunión en la mano β) y la posible supresión inminente de los Institutos Ecclesia Dei, γ) acompañado del cierre de las iglesias y la suspensión del culto público incluso en Navidad y Pascua.
Ahora bien, de estos actos de apostasía doctrinal y degeneración moral —lamentablemente impuestos en forma ilícita y tiránica desde arriba, pero ampliamente aunque no totalmente aceptados por la mayoría de los hombres— tendremos que rendir cuentas a Dios igual que la corrupta Sodoma (≈género), la incrédula Cafarnaúm (≈Novus Ordo Missae obligatorio con la Eucaristía en la mano) y la Jerusalén deícida (≈vacunas con fetos abortados) tuvieron que rendir cuentas a Dios por sus malas acciones.
Ahora el Apocalipsis y la historia sagrada (corroborada por los estudios arqueológicos y por la historia profana) nos enseñan que Sodoma fue aniquilada por el fuego, que de Cafarnaúm no queda ni siquiera un rastro, y que Jerusalén fue destruida totalmente por el emperador Tito en el año 70 d.C.
¿Cómo podremos escapar de la ira divina?
El remedio siempre está ahí, de hecho: “Dios no abandona a menos que haya sido abandonado primero”, es el de María, comparada por los Padres con el Arca de Noé, “Arca in qua naufragium evadimus”.
“Adeamus ergo cum fiducia ad thronum gratiae ut misericordiam consequamur” [“Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, para alcanzar misericordia”].
NOTAS:
1) – Así, San Pablo, poco antes de zarpar hacia Roma y ser juzgado como “civis romanus” por el César, maldijo formalmente al Sumo Sacerdote Ananías, que lo había hecho abofetear por uno de sus sirvientes, deseándole: “¡Dios te golpee, sepulcro blanqueado!” (Hch XXIII, 3). En realidad, Ananías murió asesinado unos seis años después por un sicario en el año 66 d.C. (Flavio Josefo, La Guerra de los Judíos, II, 7, 9). Por eso, la maldición del Apóstol de los gentiles se cumplió plenamente casi simultáneamente con la destrucción de Jerusalén y de su Templo (año 70 d.C.), profetizada por Jesús poco antes de ser crucificado, como castigo por la incredulidad judía y por el Deicidio (Mt XXIV, 15; Lc XIX, 43), que habían sido maldecidos formalmente el Lunes Santo, cuando Jesús maldijo la higuera estéril (Mt XXI, 19).
(2) ANTONIO ROYO MARIN, Teología de la perfección cristiana, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 6ª ed., 2025.
(3) El Catecismo Mayor de San Pío X explica que “los judíos son los que profesan aún hoy la Ley de Moisés; no han recibido el Bautismo y no creen en Jesucristo” (n. 227). Como se ve, no es tanto una cuestión de etnia, sino y sobre todo un problema de fe desviada.
(4) D. JUDANT, Judaisme et Christianisme, Éditions du Cèdre, Paris, 1969, pp. 88-91; ID., Jalons pour une théologie chrétienne d’Israel, Éditions du Cèdre, Paris, 1975, pp. 7-15; pp. 33-83, passim.
(5) L. M. CARLI, “La questione giudaica davanti al Concilio Vaticano II”, en Palestra del Clero, n. 4, 15 de febrero de 1965, pp. 192-203.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 10 de agosto de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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