Cristianismo terminado. ¿Pero quiénes son los responsables? Monseñor Carlo Maria Viganò, Homilía de Adviento

 

Marco Tosatti

Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, ofrecemos a vuestra atención la homilía pronunciada por monseñor Carlo Maria Viganò el primer domingo de Adviento. Disfruten la lectura y la meditación.

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Qui legit intelligat

Homilía en el primer Domingo de Adviento

 Terra vestra deserta; civitates vestræ succensæ igni:

regionem vestram coram vobis alieni devorant,

et desolabitur sicut in vastitate hostili

[Vuestra tierra está desolada, vuestras ciudades han sido incendiadas;

vuestra tierra ha sido devorada por extranjeros delante de vuestros ojos,

y estará desolada en manos de enemigos]

(Is 1, 7)

 

Al hablar en la Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, en Asís, el cardenal Matteo Zuppi dijo que “el cristianismo ha terminado”, y que este hecho debe considerarse positivamente, como una oportunidad, un καιρός. No se les escapará a ustedes el uso del léxico globalista, según el cual toda crisis inducida por el Sistema es también una oportunidad: la llamada pandemia del Covid, la guerra en Ucrania, la transición ecológica, la islamización de las naciones occidentales. Pero Zuppi –uno de los principales exponentes de la iglesia sinodal– se cuida muy bien de reconocer que la destrucción del edificio católico y la cancelación de la presencia católica en la sociedad son el efecto lógico y necesario de la acción subversiva del Concilio Vaticano II y de sus desarrollos remotos y recientes, obstinadamente impuestos por la propia Jerarquía. Por otra parte, en el momento en que Cristo Rey y Pontífice es destronado, sustituyéndolo por la voluntad de la base —primero la colegialidad, hoy la sinodalidad— no podía más que acontecer en la Iglesia Católica lo que doscientos años antes había ocurrido en los asuntos públicos.  lo que ocurrió doscientos años antes en los asuntos públicos sólo podía ocurrir en la Iglesia católica.

La austera liturgia del Adviento comienza en mitad de la noche, cuando en la primera Noche de Maitines resuenan las tres lecturas con el oráculo de Isaías. Ocho siglos antes de la venida del Salvador, a través de la boca del Profeta el Señor reprende la infidelidad de su pueblo: “¡Ay de ti, nación pecadora, pueblo cargado de iniquidad, raza de malvados, hijos corrompidos!” (Is 1, 4). Esas palabras severas, pronunciadas por nuestros padres ante la Primera Venida de Cristo, son aún más válidas para nosotros, testigos de esa Encarnación que nos preparamos para celebrar al final del sagrado tiempo del Adviento; pero igualmente en espera de la segunda venida de Cristo Juez, esta vez en gloria. Este es el tema del Evangelio de hoy: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra la angustia de los pueblos…” (Lc 21, 25). Y así como el año litúrgico terminó el domingo pasado con un recordatorio del fin de los tiempos, este nuevo año comienza con el primer domingo de Adviento: “Cuando estas cosas empiecen a suceder, sepan que el reino de Dios está cerca“.

Nos encontramos entre dos eventos epocales: la primera Venida de Cristo en la humildad de la condición humana y en el oscurecimiento de Su divinidad para realizar la obra de la Redención; y la segunda Venida de Cristo como Rex tremendæ majestatis, que vendrá a juzgar al mundo per ignem, a través del fuego de Su Justicia.

Es entre estos dos hechos históricos que la Iglesia Militante completa su misión santificadora: el primero, ya se ha cumplido; el segundo, aún está por cumplirse y hay que descifrarlo, como en la parábola de la higuera, ab arbore fici discite parabolam (Mt 24, 32). Antes de la Encarnación estaba vigente la Antigua Ley; luego de la resurrección de los muertos y del Juicio Final estarán los nuevos cielos y la nueva tierra (Apocalipsis 21, 1), y sólo permanecerá la Iglesia Triunfante: triunfante sobre Satanás derrotado definitivamente, y sobre el Anticristo que será eliminado por el Arcángel San Miguel. La Historia de la Salvación transcurre entre estas dos fechas históricas, separadas por dos mil años de batallas con desenlaces alternados entre Dios y Satanás. Dos mil años goteando con la sangre inocente de los Mártires, derramada por las mismas manos asesinas que bajo la Ley Antigua mataron y apedrearon a los Profetas que el Señor enviaba a su pueblo (Lc 13, 34).

El testimonio de la fidelidad a Dios requiere pasar por el certamen, la batalla de la Cruz. Esta verdad —teológica porque es esencial para el plan trinitario de la Redención— se hace explícita en el Sacrificio perfecto de la Cabeza del Cuerpo Místico y se perpetúa místicamente —y a veces realmente con el Martirio— en la ofrenda de los miembros de ese Cuerpo. El primero en inmolarse, de una manera que sólo es posible a la Inmaculada Madre de Dios, fue la Santísima Virgen, Regina Crucis, a quien por esta razón honramos como nuestra Corredentora y –en virtud de esa ofrenda– como nuestra Mediadora de todas las Gracias ante la Majestad divina. El tránsito de la Antigua a la Nueva y Eterna Alianza está bañado por la sangre de tantas vidas, antes y después del supremo Lavado del Gólgota por parte del Verbo Encarnado. Una sangre derramada por las manos de hijos corruptos, presentes entonces como ahora bajo las bóvedas del Templo de Dios.

Cuando leemos en el libro de Ezequiel la visión de las abominaciones de Israel –con las habitaciones secretas del templo en Jerusalén usadas por los setenta ancianos de la casa de Israel para celebrar cultos infernales, y el lugar más sagrado entre el vestíbulo y el altar usado para la adoración del sol– surge espontáneamente el paralelismo con las abominaciones que hemos presenciado en las últimas décadas:  desde la adoración de Buda en el tabernáculo de la iglesia de Santa Clara en Asís, en la época del  panteón de Juan Pablo II, hasta la entronización del inmundo ídolo de la Pachamama en la Basílica Vaticana. Es difícil no reconocer en esta mezcla de cultos cananeos y babilónicos, practicados por una parte del pueblo de Israel, una referencia al culto a la Madre Tierra, a la “conversión” verde, a los objetivos sostenibles de la Agenda 2030.

Pero si estas abominaciones llevaron a los judíos de la Antigua Ley al exilio, ¿qué castigo espera a quienes las realizan bajo la Nueva Ley? Si el Señor se ofendió por las contaminaciones de los ritos paganos en la liturgia del Templo deseadas por la jerarquía sacerdotal judía, ¿cómo no podría ofenderse más todavía por contaminaciones similares y peores introducidas en la liturgia por la Jerarquía de la Iglesia conciliar y sinodal? “Quomodo facta est meretrix civitas fidelis” (Is 1, 21) ¡Cómo se ha convertido en prostituta la ciudad fiel! exclama el profeta Isaías. “Vuestra tierra está desolada, vuestras ciudades están consumidas por el fuego, vuestros campos son devorados por extranjeros, ante vuestros ojos; todo está devastado, como si fuera una subversión de bárbaros (ibid., 7). ¿No es esto lo que vemos en nuestras propias naciones, rebeldes a los Mandamientos de Dios y a Su santa Ley? ¿No nos parece que la jerarquía de la Iglesia –la civitas fidelis– se prostituye al nuevo culto del sol, en lugar de reconocer en Cristo al Sol Justitiæ que ilumina a todos con la Verdad divina? ¿Por qué esta vil esclavitud a las exigencias de los enemigos de Dios, de la Iglesia y de la humanidad?

Cuando, en el silencio de la Noche Santa, la Palabra Eterna del Padre vio la luz en la carne del Emmanuel, las antiguas profecías mesiánicas aparecieron en toda su evidencia, mostrando en el Dios-Hombre el cumplimiento de las Escrituras. Fue una revelación. Fue la Revelación. Pero otra revelación —en el sentido propio del término griego ἀποκάλυψιςque significa quitar el velo— tendrá lugar al final de los tiempos, cuando no será la realidad la que cambie, sino nuestra forma de verla, sin esos impedimentos que ocultaban nuestra mirada. También entonces veremos que se cumple la Escritura: la traición de la autoridad civil y religiosa, la apostasía de la Jerarquía eclesiástica, la disolución del cuerpo social en guerras, hambrunas, pestilencias, cataclismos. Y así como hubo quienes, a pesar de las evidencias, negaron que Cristo fuera el Desideratus cunctis gentibus, el Deseado de todos los pueblos, así hay y habrá quienes, frente a los acontecimientos predichos por el Profeta Daniel y por San Juan Apóstol, hablarán –como el cardenal Zuppi– de καιρός, obstinándose en creer y haciéndonos creer que la crisis es un bien, y que por tanto no hay ninguna necesidad de restaurar el orden divino por parte del único portador de la Autoridad, Cristo Rey y Pontífice. De hecho, negar el mal, además de constituir una forma de cooperación con él, también implica negar la necesidad del triunfo del bien, y acaba siendo una forma de complicidad con el mal mismo, una especie de resignación inducida, un derrotismo peligroso, un fatalismo que impide que el individuo y la sociedad despierten, reaccionen, para contrarrestar la acción enemiga. Y esto vale tanto para la Iglesia como para la sociedad civil, porque el Señorío de Cristo es negado y rechazado en ambos ámbitos, y precisamente por los líderes de aquellas instituciones que derivan su legitimidad de ser vicarios de la suprema Autoridad del Verbo Encarnado.

El Adviento es un campo de entrenamiento espiritual en preparación para la Santísima Natividad del Único que, nacido secundum carnem en vista de la Redención, ha recapitulado todas las cosas en Sí mismo, sanando en el orden de la Gracia al vulnus infligido por el χάος de Satanás. Este entrenamiento espiritual debe ser también para nosotros un adiestramiento para el combate de la buena batalla diaria –la que enfrenta al mundo, a la carne y al diablo – y de la batalla épica del fin de los tiempos, cuando el Anticristo usurpará toda autoridad terrenal para establecer su reino infernal.

Si sabemos comprender la inevitabilidad del triunfo de Nuestro Señor Jesucristo, preparado con la Encarnación y logrado en el Gólgota en obediencia al Padre, seremos capaces de leer sub specie æternitatis también los acontecimientos presentes y futuros, preservando la paz del corazón en las tribulaciones y en las pruebas más difíciles. Por eso, al celebrar espiritualmente el Nacimiento del Salvador con una verdadera conversión interior y haciendo crecer en nosotros la vida de la Gracia, también nos preparamos para seguir a nuestro Rey y Señor en el camino de la Cruz, el trono desde el que Él reina sobre todos nosotros con la púrpura de Su preciosísima Sangre. Esta milicia es el verdadero καιρός, la única oportunidad que nos permitirá participar en la victoria final si sabemos alinearnos bajo la bandera de Cristo Rey y de María Reina. Hora est jam nos de somno surgere (Rm 13, 11), como nos exhorta el Apóstol en la Epístola. No olvidemos que la Divina Providencia ha establecido que será Ella, la Corredentora, la Regina Crucis, quien aplastará la cabeza de la antigua Serpiente.

Escuchemos el oráculo de Ezequiel con esta disposición anímica: “Así dice el Señor DIOS: Os reuniré de entre los gentiles y os recogeré de las tierras a las que fuisteis dispersos, y os daré la tierra de Israel. Entrarán en ella y eliminarán todos sus ídolos y todas sus abominaciones. Les daré un corazón nuevo y un espíritu nuevo que pondré en ellos; arrancaré el corazón de piedra de sus pechos y les daré un corazón de carne, para que sigan mis decretos, guarden mis leyes y las pongan en práctica; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Pero sobre los que siguen con el corazón a sus ídolos y sus maldades haré caer sus obras, dice el Señor Dios (Ez 11, 17-21).

Y así sea.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

30 de noviembre de MMXXV

Domingo I de Adviento

 

Publicado en italiano por Marco Tosatti el 1 de diciembre de 2025, en https://marcotosatti.com/2025/12/01/cristianita-finita-ma-chi-sono-i-responsabili-mons-carlo-maria-vigano-omelia-davvento/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

 

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1 commento su “Cristianismo terminado. ¿Pero quiénes son los responsables? Monseñor Carlo Maria Viganò, Homilía de Adviento”

  1. Il cristianesimo non è “finito”.

    Gesù lo dissea Maria Valtorta, che l’Europa avrebbe progressivamente abbandonato la retta via e che si sarebbero trovati migliori cristiani in Paesi lontanissimi rispetto a quanti veri cristiani siano in Europa.

    Fa tutto parte del disegno di Dio: era stato detto che così sarebbe stato, e difatti così sta andando.

    Perché stupirsi, dal momento che Cristo lo aveva detto?

    E Gesù non dice mai cose che non abbiano un profondo significato.

I commenti sono chiusi.

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