María en el Designio de la Redención. La Mujer y la Promesa. Giulio Ferri

 

Marco Tosatti

Queridos amigos y enemigos de la Curia Stilum, Giulio Ferri, a quien expresamos nuestro más sincero agradecimiento, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre el rol de María en la Redención del género humano del pecado. Disfruten la lectura y la difusión.

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MARÍA EN EL DESIGNIO DE LA REDENCIÓN

 

Un recorrido bíblico, teológico y místico para descubrir el lugar de María en el designio de la Redención. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, atravesando las Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, seguiremos el misterio de la Mujer unida al Hijo en el cumplimiento de la salvación.

 

1. La Mujer y la promesa

Por Giulio Ferri

 

Hay páginas de las Escrituras que parecen abrir una puerta sin mostrarnos aún lo que hay más allá del umbral. Génesis 3, 15 es una de ellas. El hombre acaba de conocer la tragedia del pecado, la confianza se ha transformado en miedo, la comunión en vergüenza, la armonía en fractura. Y sin embargo, precisamente en esta primera noche de la historia humana, Dios pronuncia una frase que no es solamente un juicio. También es promesa: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia, y ella te aplastará la cabeza y tú le morderás su talón” (Gn 3, 15).

Es el primer gran anuncio de una victoria sobre el mal. La tradición cristiana lo ha llamado el Protoevangelio (1), el primer Evangelio: no porque ya contenga explícitamente toda la revelación cristiana, sino porque nos permite vislumbrar, en la forma aún germinal de la promesa, que el mal no tendrá la última palabra. La historia herida por el pecado no será abandonada a sí misma. Dios mismo abre un camino de regreso.

El texto pertenece naturalmente al relato de los orígenes y, leído en su contexto inmediato, presenta la enemistad establecida por Dios entre la serpiente y la mujer, entre sus descendientes y los de la mujer. No sería correcto transformarlo simplemente en una profecía ya completamente explicada sobre María y Jesús. Pero tampoco sería correcto detenerse en una lectura puramente literal, como si la historia de la salvación no hubiera recibido después, a partir de la Revelación posterior, la luz necesaria para comprender más profundamente sus primeras palabras (2).

Este es precisamente el principio con el que la Iglesia lee el Antiguo Testamento. El Concilio Vaticano II (3) enseña que los libros del Antiguo Testamento describen una historia en la que la venida de Cristo es preparada progresivamente y que, a la luz de la revelación cumplida, hace emerger cada vez más claramente la figura de la Madre del Redentor. Y es precisamente por esta razón que señala Génesis 3, 15 como el primer lugar en el que María es «proféticamente eclipsada» en la promesa de la victoria sobre la serpiente.

En consecuencia, las Escrituras no nos dan un conjunto de episodios aislados. Nos entregan una historia. Y en la historia de la salvación hay figuras, palabras, imágenes y promesas que adquieren su significado pleno solamente cuando Cristo viene a cumplir lo que había sido anunciado. El Antiguo Testamento no es un código en el que cada detalle esconde necesariamente una referencia mariana; más bien, es el gran vientre en el que Dios prepara la venida del Salvador.

Por esta razón, la pregunta sobre la Mujer de Génesis 3, 15 debe hacerse con prudencia y, al mismo tiempo, con valentía. ¿Quién es esta Mujer? Y sobre todo: ¿por qué Dios quiso que, en el mismo momento en que anuncia la futura derrota de la serpiente, la pusiera en una relación tan estrecha con la estirpe destinada a la victoria?

La primera respuesta cristiana proviene naturalmente de Cristo. El Nuevo Testamento proclama que la victoria le pertenece. San Pablo escribe a los Romanos: «El Dios de la paz pronto aplastará a Satanás bajo vuestros pies» (Rm 16, 20). A a la Iglesia de Corinto le recuerda que «así como en Adán mueren todos, así todos recibirán en Cristo la vida» (1Cor 15, 22). Y a los Gálatas les anuncia que, en la plenitud del tiempo, «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4).

El centro, entonces, es Cristo. No podría ser de otra manera. El Cristianismo no conoce una lucha entre dos potencias equivalentes, como si Dios y Satanás fueran principios contrapuestos del mismo orden. La serpiente es criatura; Cristo es el Hijo eterno del Padre. El mal es una rebelión de la criatura; la salvación es la obra soberana de Dios. La victoria anunciada en el Génesis alcanza su cumplimiento en la Pascua de Cristo.

Sin embargo, la promesa no habla sólo del linaje. También habla de la Mujer

Este detalle no es secundario. Las Escrituras podrían haberse limitado a decir que Dios derrotaría a la serpiente a través de una descendencia. En cambio, conserva en la promesa la referencia a una mujer. Es como si, desde las primeras páginas de la historia sagrada, Dios quisiera sugerir que la victoria sobre el mal tendría una dimensión en la que también una criatura humana estaría involucrada de manera singular.

Aquí debemos dar un paso atrás y observar a Eva

La primera mujer aparece en el Génesis como quien, junto con el hombre, recibe el mandato de Dios, escucha la voz de la serpiente, toma el fruto y se lo ofrece al hombre. El pecado entra en la historia a través de una desobediencia en la que el hombre y la mujer están involucrados. Pero la promesa de Génesis 3, 15 no borra la figura femenina de la historia de la salvación. Al contrario, la sitúa de nuevo en el centro, precisamente en el momento en el que anuncia la victoria futura.

Por supuesto, aún no es María. Pero la Tradición cristiana verá en esta relación entre una mujer y la victoria sobre la serpiente el primer gran elemento de lo que se convertirá en la tipología Eva-María.

El paralelismo es sorprendente. Eva es virgen en el momento de su desobediencia; María es Virgen en el momento de su obediencia. Eva escucha una palabra que la distancia de Dios; María escucha la palabra del ángel y la acoge. Eva toma lo que no debe tomar; María recibe lo que Dios le da. Eva ofrece al hombre el fruto de la desobediencia; María ofrece al mundo el Hijo que ha recibido por gracia.

No es una cuestión de una simple simetría literaria. Es una de las grandes intuiciones a través de las cuales los Padres leyeron la economía de la salvación.

San Ireneo de Lyon expresaría en el siglo II esta relación con una fórmula destinada a ser fundamental: «El nudo de la desobediencia de Eva tuvo su solución a través de la obediencia de María». Para Ireneo no se trata de poner a María al mismo nivel que Cristo. Al contrario, toda su teología está centrada en Cristo, el nuevo Adán, que recapitula en sí mismo toda la historia humana. Pero es precisamente dentro de esta recapitulación que María aparece como la Virgen obediente, mientras que Eva había sido la virgen desobediente.

Es una distinción decisiva para nuestro recorrido. María no salva en lugar de Cristo. María es salvada por Cristo y, salvada por Él, coopera en su obra según la gracia recibida.

La diferencia entre estas dos afirmaciones es inmensa. La primera sería incompatible con el núcleo mismo del Cristianismo. La segunda, por el contrario, pertenece a la lógica de las Escrituras y de la Tradición: Dios, en su libertad, no completa la historia de la salvación ignorando a las criaturas, sino involucrándolas. Puede conceder a la criatura una verdadera participación en su propia obra sin por ello perder su propia soberanía.

Este principio atraviesa toda la Biblia. Dios libera a Israel, pero llama a Moisés. Dios promete la salvación, pero involucra a los profetas. Dios establece una alianza, pero pide la respuesta del hombre. Dios regla la gracia, pero no transforma al hombre en una piedra incapaz de responder.

María representará la cima de esta lógica. Pero estamos todavía en el Génesis

Y es precisamente aquí donde debemos evitar una tentación frecuente en la teología mariana: leer todo a posteriori y transformar cada detalle del Antiguo Testamento en una profecía explícita de María. La lectura cristiana de las Escrituras es ciertamente cristológica y, a la luz de Cristo, también mariológica. Pero esto no significa que el significado original de los textos deba ser eliminado. La riqueza de la Revelación no consiste en sustituir un significado por otro, sino en reconocer cómo se desarrolla progresivamente el plan de Dios.

La promesa de Génesis 3, 15 es, entonces, como una semilla

Una semilla aún no es el árbol. Sin embargo, el árbol ya está realmente contenido en la semilla, de una manera que no podemos confundir con su manifestación final. Así, la promesa de victoria sobre la serpiente aún no es el Evangelio de Pascua; pero el Evangelio de Pascua es el cumplimiento de esa promesa.

Y cuando la Iglesia, después de la muerte y resurrección de Cristo, vuelve a leer el Génesis, descubre que esa palabra antigua adquiere una profundidad nueva. La victoria sobre la serpiente se logró en la Cruz y en la Resurrección; la semilla de la mujer se manifestó en Cristo; y la Mujer de la promesa es reconocida, a la luz de toda la Revelación, en la Virgen María.

San Juan Pablo II (4) lo afirmó explícitamente en 1996: a la luz del Nuevo Testamento y de la Tradición, la «mujer nueva» anunciada en el Protoevangelio es María, y su descendencia es Cristo, el vencedor de Satanás en el Misterio Pascual. El Papa vincula además esta figura con la Inmaculada Concepción y con la participación de María en la obra salvadora de su Hijo.

Aquí aparece por primera vez, en nuestro camino, una palabra que deberemos tratar con gran atención: participación.

María participa. ¿Pero qué significa participar?

La palabra puede ser entendida en forma muy diferente. Si significa añadir algo a lo que falta en la Redención de Cristo, se vuelve teológicamente inaceptable. La Redención de Cristo no es incompleta. El sacrificio de la Cruz no necesita ser perfeccionado por otra víctima. «Se ha cumplido» (Jn 19, 30), dice Jesús en el momento culminante de la Pasión.

Si, por el contrario, participar significa recibir de Dios una gracia que hace que la criatura sea verdaderamente cooperadora en su obra, entonces nos enfrentamos a una lógica profundamente bíblica.

El mismo San Pablo, en un pasaje al que deberemos retomar más adelante, puede decir a los cristianos: «Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). Ningún católico interpreta estas palabras como si la Cruz fuera insuficiente. Pablo participa en el sufrimiento de Cristo porque Cristo, en su libertad, asocia a su apóstol a la difusión de los frutos de la Redención.

La causalidad de la criatura es, en consecuencia, real, pero participada.

Esta distinción será una de las piedras angulares de toda nuestra investigación. No podremos comprender la cuestión de la cooperación de María si no comprendemos primero que Dios, aunque es la causa primera de toda salvación, ama hacer uso de causas segundas, es decir, de criaturas verdaderamente llamadas a actuar. La gracia no elimina a la criatura: le hace capaz de cooperar.

Y María es la criatura en la que esta cooperación adquiere una forma singular

Pero Génesis 3, 15 nos dice algo más. Dice que Dios pondrá la enemistad.

Es Dios quien la establece. No nace de la iniciativa de la mujer. Es una gracia preventiva. Incluso antes de que María pueda pronunciar su «fiat», Dios ya la ha preparado. Antes de su respuesta hay un llamado; antes de su cooperación hay una gracia.

Aquí nuestro primer artículo encuentra naturalmente el dogma de la Inmaculada Concepción que ya hemos estudiado. La Iglesia ha visto en la Inmaculada Concepción no a una mujer que se salva por sí misma, sino a la criatura preservada del pecado en vista de los méritos de Cristo. Su victoria sobre la serpiente es, por lo tanto y ante todo, una victoria recibida.

Este punto es esencial. María no es la antítesis de Eva porque posea una fuerza autónoma capaz de oponerse al demonio. Es la antítesis de Eva porque la gracia de Dios encuentra en ella una respuesta plenamente libre y totalmente obediente.

La enemistad con la serpiente no surge del orgullo de una criatura que se proclama autosuficiente. Surge de la humildad de una criatura que pertenece enteramente a Dios.

Por esta razón, cuando el ángel Gabriel entre en la casa de Nazaret, la historia de Lucas parecerá retomar, siglos después, el hilo suspendido en el Jardín del Edén. Allí la serpiente pronunció una palabra engañosa a la mujer, aquí Dios envía a su mensajero. Allí la palabra genera desobediencia, aquí la Palabra es recibida. Allí la mujer toma, aquí la Virgen recibe.

Todavía no hemos llegado a la Anunciación. Pero el Génesis ya nos ha enseñado a reconocer la forma del misterio.

El designio de la Redención no comienza cuando Cristo entra en la historia visible. Comienza en el corazón eterno de Dios y se manifiesta progresivamente en la historia. La Cruz no es una solución improvisada al pecado del hombre; es el cumplimiento de un designio en el que Dios quiso guiar a la criatura desde la caída hasta la redención, desde la desobediencia a la obediencia, desde la muerte a la vida.

Y dentro de este designio aparece una Mujer. Su identidad no es pronunciada todavía. Su misión no está explicada todavía. Su rol aún no está definido. Pero el texto ya nos da una relación: Mujer, linaje, serpiente, enemistad, victoria. Es una relación que atravesará toda la Sagrada Escritura.

La Mujer regresará en la promesa mesiánica. Aparecerá en la hija de Sion, en la Virgen anunciada por Isaías: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz a un hijo, al que llamará Emmanuel” (Is 7, 14). Emergerá en la esperanza de Israel, en la figura de la madre que da a luz al Mesías. Llegará a Nazaret, donde una joven escuchará el anuncio del ángel. Y finalmente, de manera dramática y luminosa, regresará al pie de la Cruz.

Pero la Biblia tampoco se detendrá ahí

En el Libro del Apocalipsis, Juan verá «una gran señal en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza» (Ap 12, 1). La Mujer tendrá delante de ella un enorme dragón rojo, «la vieja serpiente que se llama diablo y Satanás» (Ap 12, 9). El lenguaje del Génesis regresa al final de la historia.

La serpiente sigue presente. La Mujer sigue presente. La descendencia sigue presente. Pero ahora la historia ha llegado a su plenitud.

No es posible resolver la identidad de la Mujer del Apocalipsis de forma simplista: el texto posee una evidente dimensión eclesial y simbólica, y la Mujer representa también al Pueblo de Dios. Pero es precisamente esta riqueza la que no impide que la tradición cristiana reconozca en ella también una imagen de María. La Escritura parece así encerrar la historia de la salvación entre dos imágenes femeninas: la Mujer del principio, frente a la serpiente, y la Mujer gloriosa que aparece al final, mientras la serpiente es definitivamente derrotada.

Entre estas dos imágenes se encuentra Cristo. Y este es precisamente el punto decisivo

María no es el centro autónomo de la historia de la salvación. Cristo es el centro. María está dentro del misterio de Cristo, completamente orientada hacia él. Si la consideramos separada de su Hijo, su grandeza se vuelve incomprensible; si la consideramos unida a Él, entonces su lugar en el plan divino comienza a manifestarse lentamente.

El Concilio Vaticano II expresa esto con gran equilibrio: los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, junto con la Tradición, muestran progresivamente la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación. María es contemplada en relación a Cristo y a su obra, no como una figura independiente.

Esta perspectiva nos permite también entender por qué el tema de la Mujer es tan importante para nuestro recorrido.

No estamos buscando un título para atribuirle a María. Estamos intentando comprender una relación que Dios ha querido

Si María es la Mujer de la promesa, si es la nueva Eva, si su Hijo es el nuevo Adán, si su obediencia está realmente asociada con la entrada del Redentor al mundo, entonces la teología tendrá necesariamente que plantearse una pregunta: ¿Qué tipo de cooperación está contenida en esta relación?

La pregunta sigue abierta. Y es bueno que siga abierta

Porque una búsqueda seria no debe comenzar con la palabra que quiere demostrar, sino con la realidad que quiere comprender. Primero viene el misterio, luego la reflexión teológica; primero lo que Dios ha hecho, después las palabras con las que la Iglesia intenta decirlo.

Génesis 3, 15 no nos autoriza entonces, por sí solo, a pronunciar ya la última palabra sobre la Corredención. Pero nos da algo más valioso para empezar: la promesa de una Mujer íntimamente colocada, por voluntad divina, dentro de la lucha entre el linaje y la serpiente.

Y esta Mujer no será una figura ornamental de la historia de la salvación

Ella será la Virgen. Ella será la Madre. Ella será la creyente. Ella será la que dirá: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Y también será quien, muchos años después, estará junto a la Cruz.

Entre estos dos momentos —el fiat de Nazaret y el silencio del Calvario— se despliega uno de los más grandes misterios de la fe cristiana: cómo una criatura puede estar tan profundamente involucrada en la obra de su Redentor sin dejar de ser criatura, sin ocupar nunca su lugar, sin oscurecer nunca su mediación única y perfecta.

Este es el hilo que tendremos que seguir. Porque quizá la pregunta decisiva aún no sea: «¿María es Corredentora?». La pregunta desde la que debemos partir es más radical: ¿qué quiso Dios que fuera María, junto a su Hijo, en el designio de la Redención?

La respuesta comienza en el Jardín del Edén. Pero para que se entienda plenamente, tendrá que atravesar toda la Escritura. Y el siguiente paso nos guiará desde la promesa hasta la Nueva Eva.

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[1] El término “Protoevangelio” (Protoevangelium) es una expresión de la tradición cristiana que se refiere sobre todo a Génesis 3, 15. El texto hebreo plantea una compleja cuestión filológica respecto al pronombre que se refiere al “linaje” y a la posterior tradición textual griega y latina. Sin embargo, la lectura mariana no depende de una única variante gramatical, sino de la interpretación general de las Escrituras a la luz de Cristo.

[2] El paralelismo Eva-María ya está atestiguado en la teología cristiana más antigua. San Justino, Dialogus cum Tryphone, n. 100, y especialmente San Ireneo, Adversus Haereses, III, 22, 4, desarrollan el contraste entre la desobediencia de Eva y la obediencia de María. El Magisterio reciente reconoce en este paralelismo uno de los primeros grandes pasajes de la reflexión patrística sobre la cooperación de la Virgen en la obra salvífica de Cristo.

[3] El Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 55-56, lee Génesis 3, 15 a la luz de la revelación realizada y presenta a María como proféticamente anticipada en la promesa de la victoria sobre la serpiente. El nº 56 desarrolla entonces el paralelismo Eva-María y afirma que el Padre quiso que la aceptación de la Madre predestinada precediera a la Encarnación, «así como una mujer contribuyó a la muerte, así una mujer debe contribuir a la vida».

[4] San Juan Pablo II, en su audiencia del 24 de enero de 1996, identificó explícitamente a la luz del Nuevo Testamento y la Tradición a la «nueva mujer» del Protoevangelio con María y su «linaje» con Cristo. En el mismo contexto, vinculó la Inmaculada Concepción y la participación de María en la obra salvífica de su Hijo.

 

Publicado por Marco Tosatti en italiano el 23 de octubre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/10/23/maria-nel-disegno-della-redenzione-la-donna-e-la-promessa-giulio-ferri/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

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