Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Giulio Ferri, a quien agradecemos sinceramente, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre el misterio de la virginidad de Nuestra Señora. Disfruten la lectura y la difusión.
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María, siempre Virgen (Parte I)
El misterio de la virginidad perpetua entre el Evangelio, la Tradición y la verdad de Cristo
por Giulio Ferri
Si el primer dogma mariano nos ha llevado al corazón de la pregunta «¿quién es Jesucristo?», el segundo nos sitúa ante una cuestión igualmente radical: ¿quién es verdaderamente María en el misterio de la Encarnación? La Iglesia la profesa como Αειπάρθενος, la «siempre Virgen»: virgen antes del parto, en el parto y después del parto. No se trata de una aportación devota a la fe en el nacimiento virginal de Jesús, sino de una verdad que la Iglesia ha meditado, preservado y aclarado progresivamente desde los primeros siglos.
Es bueno liberar inmediatamente a esta doctrina de un equívoco que corre el riesgo de hacerla incomprensible para el hombre moderno. La Iglesia no proclama la virginidad perpetua de María porque considere el matrimonio o la generación de hijos espiritualmente inferiores. Al contrario, el matrimonio ha sido querido por Dios y el cristianismo nunca ha considerado la maternidad conyugal como algo impuro o espiritualmente menos digno. María no es “más santa” porque la sexualidad sería mala. Por el contrario, su virginidad pertenece a la singularidad irrepetible de su misión: es la Virgen que recibió en su vientre al Hijo eterno de Dios hecho hombre.
Aquí ya estamos frente a una consecuencia del primer dogma. María es Madre de Dios porque el Hijo que nace de ella es el Verbo Encarnado; y es siempre virgen porque esa maternidad pertenece a un evento único en la historia de la salvación. No son dos privilegios marianos yuxtapuestos casualmente, sino que son dos aspectos de un único misterio: Dios viene al mundo de una manera que no se puede explicar solamente con las categorías ordinarias de la generación humana. La concepción virginal manifiesta la iniciativa absoluta de Dios; la virginidad perpetua indica que María permanece completamente marcada por esa consagración.
La propia Escritura nos conduce ante todo a la virginidad antes del parto. El ángel anuncia a María que concebirá y dará a luz a un hijo, y la respuesta de la Virgen —«¿Cómo será esto? No conozco a ningún hombre» (Lc 1, 34)— pertenece al corazón del relato de Lucas. Mateo, por su parte, vincula la concepción de Jesús con la acción del Espíritu Santo. La fe apostólica encuentra después una formulación esencial en Gálatas: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4). Por tanto, el cristianismo no contempla la Encarnación como un simple evento biológico, sino como el ingreso del Hijo al mundo por la iniciativa soberana de Dios.
La virginidad antes del parto es por eso, ante todo, una verdad cristológica. Dice algo sobre María, ciertamente, pero sobre todo dice algo sobre Jesús. Su ser Hijo no nace de la iniciativa de un hombre, mientras que su humanidad es recibida realmente de una mujer. Es eternamente Hijo del Padre según la divinidad y, en el tiempo, es verdaderamente Hijo de María según la humanidad. La virginidad de María manifiesta así que la salvación no es el resultado de la superación del hombre, sino un don que viene de lo alto.
Pero la Iglesia no se detuvo aquí. La meditación sobre la maternidad virginal ha llevado al reconocimiento de que María permaneció virgen también en el parto y después del parto. El Catecismo habla explícitamente de la «virginidad real y perpetua» y enseña que el nacimiento de Cristo no disminuyó su integridad virginal, sino que la consagró. La liturgia misma ha conservado a lo largo de los siglos el término Αειπάρθενος, “siempre Virgen “.
Aquí tocamos uno de los puntos más misteriosos del dogma. La Iglesia afirma una realidad que supera lo que podemos reconstruir con las categorías solas de la experiencia ordinaria, pero esto no significa que afirme algo irracional. La fe no sostiene que el parto de Cristo sea un fenómeno natural que pueda explicarse según las leyes biológicas habituales; confiesa que, en el nacimiento del Verbo encarnado, Dios actuó de manera singular. La tradición latina habla de un nacimiento salva virginitate, sin daño a la virginidad; el Concilio Vaticano II, retomando la tradición, afirma que el nacimiento del Hijo «no disminuyó, sino que consagró» la integridad de la Madre.
Sin embargo, es importante no transformar esta afirmación en una curiosidad anatómica. El dogma no nace del deseo de saber cómo, fisiológicamente, tuvo lugar el nacimiento. Más bien, el dogma preserva el significado teológico de ese evento. El cuerpo de María no es asumido por la Iglesia como un objeto para ser diseccionado con la curiosidad del naturalista, sino como el lugar concreto en el que el Verbo se hizo carne. La virginidad en el parto pertenece al misterio de la singularidad total de la Encarnación.
Además, la Iglesia nunca ha pensado que el cuerpo humano fuera indigno de Dios. Es precisamente lo contrario. Si el Verbo se hizo carne, entonces el cuerpo ingresó en el misterio mismo de la salvación. La virginidad de María no devalúa la carne: la sustrae de la banalización. Nos dice que el cuerpo puede convertirse en el lugar de la presencia de Dios y que lo que es corpóreo no es necesariamente profano. En el vientre de la Virgen, el cuerpo humano se convierte, por gracia, en el lugar donde el Hijo eterno asume nuestra naturaleza.
Pero la dificultad más conocida llega con la virginidad después del parto. De hecho, los Evangelios hablan de los «hermanos» y de las «hermanas» de Jesús. San Mateo menciona a Santiago, José, Simón y Judas, y también habla de sus hermanas. Además, Lucas define a Jesús como «primogénito» de María. A lo largo de los siglos, una parte importante del debate sobre la virginidad perpetua se ha construido sobre estos textos.
La respuesta católica no consiste en negar lo que dice el texto, sino en preguntarse qué significaba el lenguaje bíblico. En las Escrituras y en el ambiente semítico, el término «hermano» tiene mayor amplitud que en el uso moderno: puede indicar parientes cercanos, miembros de la misma familia o del mismo grupo. El Catecismo recuerda que Santiago y José, llamados «hermanos de Jesús», están asociados a otra María, indicada por Mateo como «la otra María». En consecuencia, la lectura católica tradicional interpreta a esos «hermanos» como parientes cercanos y no como otros hijos de María.
Tampoco el término «primogénito» prueba en absoluto por sí solo la existencia de otros hijos. Indica el primer hijo nacido y, en el contexto de la legislación judía, implicaba obligaciones y consagraciones específicas. Un hijo único podía ser plenamente «primogénito», porque era el primero, y no necesariamente el primero de una larga serie. Juan Pablo II recordó precisamente este punto en su catequesis sobre la virginidad perpetua.
Hay además un elemento narrativo que la tradición cristiana siempre ha considerado significativo. En el Calvario, Jesús confía a su madre al discípulo amado: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» y luego al discípulo: «He aquí a tu madre» (Jn 19, 26-27). No es una demostración matemática de la virginidad perpetua, y sería incorrecto presentarla así. Pero en el interior de la Tradición se lee como un dato sumamente significativo: la situación descrita por el evangelista es difícilmente compatible con la idea de que María tuviera otros hijos propios. Juan Pablo II también recordó explícitamente este elemento.
Pero lo más interesante es que la fe en la siempre Virgen no nació ni en el siglo VI ni en el VII. Juan Pablo II recordó que el término griego Αειπάρθενος ya se usaba en el siglo IV y que San Epifanio, en 374 d.C., lo refirió a María. En 553 d.D,, el Segundo Concilio de Constantinopla definió al Verbo como aquel que se encarnó «de la santa y gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María». El Sínodo de Letrán de 649 d.C. formularía después la virginidad en forma particularmente explícita en tres momentos: antes, durante y después del nacimiento.
Y es importante distinguir estos pasajes. El 649 no es el momento en que la Iglesia “inventa” la virginidad perpetua de María. Es el momento en que una fe antigua recibe una formulación particularmente precisa en un sínodo romano presidido por el papa Martín I. La definición pertenece a una larga maduración de la fe, ya atestiguada en la tradición patrística y litúrgica. Históricamente, la discusión ya existía: la controversia tardoantigua sobre la virginidad de María, por ejemplo, llevó a San Jerónimo a escribir contra Helvidio precisamente sobre la cuestión de la virginidad perpetua.
Esta historia debería bastar para disipar otro equívoco contemporáneo: pensar que el dogma es una construcción tardía de una institución que habría añadido progresivamente elementos ajenos al Evangelio. Por supuesto, la formulación dogmática se vuelve más precisa con el tiempo. Pero esto es precisamente lo que ocurre cuando una comunidad de fe reflexiona sobre lo que ha recibido: no cambia necesariamente el objeto de fe; aclara las palabras con las que la protege. La fórmula dogmática arriba con frecu8encia cuando una verdad es cuestionada y es precisamente la controversia la que obliga a la Iglesia a decir con mayor precisión lo que ya creía.
Esto es lo que también hemos visto con la Θεοτόκος. La dificultad cristológica hizo necesario aclarar el significado de la maternidad divina. Aquí ocurre algo análogo. La pregunta ya no es solamente: «¿María concibió virginalmente a Jesús?” sino también ¿qué significa que esa Virgen siga siendo Virgen? Y la respuesta de la Tradición conduce a una concepción mucho más profunda de la virginidad de lo que la mentalidad moderna pueda imaginar.
Para nosotros, de hecho, la palabra «virginidad» corre el riesgo de convertirse inmediatamente en una categoría puramente biológica. Sin embargo, en las Escrituras y en la Tradición cristiana, es también una categoría espiritual y conyugal. La virginidad bíblica no es simplemente la ausencia de relaciones sexuales. Es una forma de pertenencia indivisa a Dios. Por esta razón, María, siendo siempre Virgen, se manifiesta de la manera más radical de que su persona entera pertenece al Señor.
No significa que María sea una mujer “incompleta”, privada de algo que debería haber poseído. Significa exactamente lo contrario: su feminidad, su maternidad y su virginidad alcanzan una forma absolutamente singular en su vocación. María no renuncia a la maternidad para llegar a ser santa; se convierte en Madre precisamente por permanecer Virgen, porque su maternidad proviene de una iniciativa divina que no comienza en la unión conyugal.
Esta es una verdad que contiene una fuerza casi escandalosa para nuestra época: hay una fecundidad que no puede reducirse a la producción, y una maternidad que no se puede reducir a la biología. María genera porque da la bienvenida. Lleva la Vida porque primero da la bienvenida a la Palabra. Su fecundidad nace de la obediencia. Esto es precisamente lo que San Agustín intuyó cuando distinguió, sin separarlas nunca, la maternidad del cuerpo y la de la fe: María es madre porque acogió a Cristo en su vientre, pero también porque le acogió en la fe. El Catecismo adopta esta perspectiva colocando a María junta como Virgen y Madre, figura y consumación ejemplar de la Iglesia.
En este punto, el dogma empieza a volverse más profundo que una simple pregunta sobre la familia de Jesús. Se convierte en una pregunta sobre el hombre y sobre su relación con Dios. ¿Qué ocurre cuando una criatura pertenece realmente a Dios? La respuesta de María es radical: no se pierde a sí misma. Se convierte plenamente en lo que es. La gracia no destruye a la criatura; la conduce a la perfección de su vocación.
Esta es, en mi opinión, el umbral en el que la teología debe comenzar a dar paso a la contemplación. Porque puedo explicar el significado de las palabras ante partum, in partu, post partum. Puedo seguir el desarrollo histórico de la doctrina. Puedo leer a los Padres, a los Concilios, al Catecismo. Pero queda una pregunta que ninguna definición puede agotar: ¿qué significa, ante Dios, ser una criatura cuyo ser entero ha sido confiado al misterio del Hijo?
Marí no posee solo una virginidad que defender. Vive como pertenencia.
Y es aquí donde el segundo dogma mariano comienza a revelar su rostro más propiamente místico. La Virgen no es simplemente aquella que “no tuvo otros hijos”. Es aquella que no ha dejado de estar completamente disponible para el Señor. La perpetuidad de su virginidad se convierte así en el signo externo de una interioridad indivisa.
Pero, ¿por qué la Iglesia consideró tan importante preservar esta verdad? ¿Y qué nos dice hoy un dogma que parezca referirse a una condición irrepetible de la vida de María?
La respuesta nos lleva mucho más lejos de lo que imaginamos: dentro del misterio de la consagración, de la fe, de la Iglesia y de la posibilidad misma de pertenecer completamente a Dios.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 5 de octubre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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