Marco Tosatti
Estimados StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención la primera parte de una entrevista concedida por monseñor Carlo Maria Viganò a LifeSiteNews. Disfruten la lectura y la difusión.
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ENTREVISTA CON GAETANO MASCIULLO PARA LifeSiteNews
Sobre el Concilio, el κατεχόν y el Cisma del Jefe – Prima Parte
Carlo Maria Viganò
Gaetano Masciullo: Excelencia, en su nuevo libro Usted sostiene que hoy el primer enemigo del Papado es el propio Papa. ¿Cómo se explica esta paradoja?
La paradoja sólo es aparente y se disuelve tan pronto se distingue lo que la teología católica ha distinguido siempre: el Papado como institución divina, querida por Nuestro Señor cuando dijo a Pedro Tu es Petrus, y la persona que en un momento determinado de la historia ocupa la Cátedra. El Papado es indefectible, porque pertenece a Cristo; la persona del Papa es un hombre, con su libre albedrío, que puede corresponder a la gracia de estado o rechazarla. Por otro lado, la Iglesia reza por el Sumo Pontífice pidiendo a la Majestad divina que preserve en la santa religión el Domnum Apostolicum, precisamente porque sabe que su perseverancia en la Fe no está garantizada automáticamente por el cargo. Si no fuera así, es decir, si el Papa estuviera exento de la posibilidad de fracasar en su mandato, rezar por él no tendría sentido.
Cuando un Pontífice utiliza la autoridad que se le ha conferido ad ædificationem para demoler lo que esa autoridad está llamada a proteger —la doctrina, la liturgia, la disciplina, la propia constitución monárquica y jerárquica de la Iglesia—, se pone en contradicción con su propio munus. Ya no es el siervo del Papado: es el primer adversario, porque ningún enemigo externo podría herir tanto a la Iglesia como aquel que la hiere desde dentro revestido con la túnica de Pedro.
He llamado a este fenómeno cisma capital en el sentido propio de la palabra: un cisma que parte del caput, desde la cabeza. El cisma clásico es en el cual una porción del cuerpo se separa de la cabeza, pero aquí somos testigos de lo contrario: es la cabeza la que se separa del cuerpo místico y de la Tradición que le precede, que se rebela contra lo que sus predecesores enseñaron y que tendría la obligación de transmitir intacta. San Pablo lo dice con palabras que no admiten réplica: sed licet nos aut angelus de cœlo evangelizet vobis præterquam quod evangelizavimus vobis, anathema sit (Gal 1, 8-9). Ni siquiera un ángel, ni siquiera un apóstol, ni siquiera el Sucesor del apóstol Pedro puede anunciar otro evangelio. El Papa es el custodio del Depositum, no su dueño; y todo aquel que como custodio se hace dueño, traiciona la razón misma por la que Nuestro Señor Jesucristo ha instituido el Papado en forma vicaria.
Gaetano Masciullo: ¿Usted compara la situación actual con la remoción del κατεχόν del que habla San Pablo (2Ts 2, 6-8). ¿Qué rol cumple la figura de León XIV en esta dramática eliminación del “freno” sobre la iniquidad?
Los Padres y los grandes comentaristas han visto en el κατεχόν, en «aquel que sostiene», tanto el Imperio Romano cristiano como -con él- la autoridad de la Iglesia y, de manera eminente, la autoridad del Papado, que durante siglos ha opuesto una barrera al mysterium iniquitatis. Ese freno comenzó a aflojarse desde el momento en que la jerarquía, con el Concilio Vaticano II, renunció a ejercer su autoridad en el sentido que Cristo quiso, para buscar la conciliación con el mundo, con el pensamiento moderno, con la Revolución. Desde entonces, quienes habrían tenido que sostener se pusieron a complacer.
León XIV entra en este proceso no como un innovador, sino como quien lo consolida y lo hace presentable. Bergoglio desestabilizó violentamente el Papado; Prevost da a esa desestabilización una forma institucional, “ordenada”, casi tranquilizadora. Su tarea —y creo que es perfectamente consciente de ello— es hacer irreversible la sinodalidad, es decir, esa «revolución permanente» que lleva al Concilio a sus consecuencias extremas, y asegurar que la Iglesia Católica deje de ser definitivamente un obstáculo para el proyecto masónico y globalista. Cuando el Papa no sea más un freno sino un acelerador, la eliminación del κατεχόν no será un acontecimiento futuro: es lo que está ocurriendo ante nuestros ojos. Y el Señor nos ha advertido: tunc revelabitur ille iniquus [Entonces se revelará la identidad de ese maligno]. No lo digo con complacencia apocalíptica, sino con el dolor de un obispo que ve a la Esposa de Cristo entregada a sus enemigos por quienes deberían defenderla.
Gaetano Masciullo: Frente a las sanciones canónicas, Usted invoca el estado de necesidad, como hizo además la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X para sus nuevas consagraciones episcopales. ¿Cómo responde a los numerosos conservadores que le acusan de desobediencia formal al Papa?
Respondo que la obediencia es una virtud, no un ídolo. Tiene como objeto un mandato legítimo dado por una autoridad legítima para la finalidad para la cual esa autoridad existe. Cuando el mandato es contrario a la Fe, a la ley divina o al bien de las almas, no sólo no obliga, sino que nos obliga a no obedecer: obœdire oportet Deo magis quam hominibus (Hch 5, 29). Esto no es una invención de los tradicionalistas: es San Pedro, es Santo Tomás, es el Magisterio de todos los tiempos, es la conducta de los Santos que resistieron a los Pontífices cuando éstos se equivocaron, desde San Pablo que resistió a Pedro en faciem, hasta San Atanasio, hasta Santa Catalina de Siena.
El estado de necesidad no es una invención para sustraerse a la ley: es un principio del Derecho mismo, según el cual el salus animarum -que es la ley suprema- prevalece sobre las normas positivas cuando, aplicadas al pie de la letra, producirían un daño irreparable a las almas. La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, al consagrar a sus obispos, ha hecho exactamente lo que hizo el arzobispo Lefebvre en 1988, y por el mismo motivo: Roma no da a la Tradición los obispos que necesita, y sin obispos no hay sacerdotes, y sin sacerdotes no hay Sacramentos. Y es significativo que, al amenazar a la Fraternidad, Provost haya dejado caer el pretexto de las Consagraciones para confesar que la verdadera culpa es el rechazo del Concilio. Con esto reveló —quizá sin querer— el fraude: las sanciones canónicas son un instrumento político, utilizada contra quienes siguen siendo católicos y nunca contra quienes niegan abiertamente la Fe.
A los conservadores que me critican les digo con cariño: ustedes obedecen a un hombre que les pide que desobedezcan a Nuestro Señor, y llaman «fidelidad» a esta contradicción. Nunca he tenido la intención de separarme de la Comunión Apostólica; he pedido y pido a León XIV que me diga en qué contradigo el Depositum Fidei. No he recibido respuesta. ¿Cuál de los dos está en estado de cisma?
Gaetano Masciullo: En un discurso ya lejano de 1999 a los obispos europeos pronunciado por el cardenal Carlo Maria Martini, pionero de la Mafia de San Galo y —como él mismo le gustaba llamarse— no antipapa, sino antepapa (el que prepararía el camino para el “nuevo” Papa), para “actualizarse” la Iglesia debe desatar urgentemente una serie de nudos. Y señaló como primer nudo la “escasez de ministros ordenados”, que se desataría aboliendo el celibato, o al menos haciéndolo opcional. Recientemente, el obispo Johan Bonny en Amberes anunció que para 2028 ordenará a hombres casados. Para no hablar del nombramiento como arzobispo de Viena de Josef Grünwidl, ex exponente del movimiento disidente “Llamado a la desobediencia”, que pedía precisamente la abolición del celibato eclesiástico. Roma observa todo esto en silencio y, a diferencia de otras situaciones, no amenaza con sanciones a pesar de que el Derecho canónico es pisoteado puntualmente. Casi parece que Roma favorece todo esto… ¿Qué piensa Usted de ello?
No «parece»: es así. Roma no es una espectadora distraída de un proceso que se le escapa; es su director. El método es el que puso a prueba la Revolución Conciliar: se permite que la desobediencia empiece desde la periferia, se consolide como un «hecho consumado» y luego el centro interviene, no para reprimirla sino para «acompañarla», invocando la sinodalidad, la escucha y las necesidades pastorales. El caso Bonny es emblemático: un obispo anuncia públicamente que violará la ley de la Iglesia, y ningún Dicasterio lo denuncia. El caso Grünwidl es aún más elocuente, porque no se trata de tolerar a un disidente, sino de promoverlo a una de las sedes más importantes de Europa. Quienes han sido militantes en un movimiento que se llama literalmente Llamado a la Desobediencia son recompensados por un Pontífice que excomulga a quienes piden poder obedecer a la Iglesia de todos los tiempos.
Pero la cuestión es más profunda que el celibato. La «escasez de ministros ordenados» es el fruto envenenado de sesenta años de vaciamiento del Sacerdocio. Cuando dejó de creerse que el sacerdote es alter Christus, que sube al altar para renovar el Sacrificio de la Cruz, el celibato dejó de tener sentido, porque sólo tiene sentido como configuración total en Cristo Sumo Sacerdote. El cardenal Martini lo sabía bien: la lista de sus «nudos» no es una lista de problemas a resolver, sino un programa de demolición, en el que cada punto es funcional al siguiente. Primero se suprime el celibato, luego se abre a las mujeres, luego se reescribe la moral, después se disuelve el matrimonio… Es un plan, y sus ejecutores son llamados ahora por otros nombres pero persiguen el mismo propósito. Que Martini se definiera a sí mismo como antepapa dice mucho sobre la conciencia con la que la Mafia de San Galo preparó lo que vemos hoy.
Gaetano Masciullo: El segundo nudo identificado por Martini se refería al rol de la mujer y a la cuestión de la ordenación femenina. Los obispos promovidos por León XIV —pienso en Mackinlay, Grögli, Satué, Grünwidl y muchos otros— se han expresado abiertamente a favor del diaconado femenino. La Comisión Vaticana sobre el tema ha reiterado el “no” a la ordenación sacramental de mujeres, pero ha definido este juicio de “no definitivo”. En consecuencia, muchos obispos hoy evitan abordar directamente la cuestión, prefiriendo valorizar la presencia femenina en la gobernanza de las diócesis o proponer reformas litúrgicas “inclusivas”. En su opinión, ¿esta estrategia pretende desplazar progresivamente la Ventana de Overton sobre el tema de la ordenación femenina?
Es exactamente la técnica de la Ventana de Overton, y ni siquiera tan disimulada. Juan Pablo II, con la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis, no definió una novedad: declaró que esa doctrina pertenece al Depositum Fidei y ha sido enseñada infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal —como confirmó la Congregación para la Doctrina de la Fe en el Responsum de 1995. Decir hoy que ese juicio “no es definitivo” significa entonces no reabrir una cuestión disciplinaria, sino negar la infalibilidad misma del Magisterio ordinario y universal.
El diaconado femenino es el gancho, porque el Sacramento del Orden Sagrado es solamente uno de sus tres grados: admitir a una mujer en el diaconado significa admitir que ella es capaz de recibir el Orden Sagrado, y en ese punto la exclusión del sacerdocio parecería una pura discriminación que debía ser eliminada. No es casualidad que la admisión de las mujeres al Orden Sagrado sea promovida por movimientos anticatólicos en nombre de la igualdad de género que la Iglesia sinodal acoge y hace suya. Los neomodernistas lo saben perfectamente, y por eso no piden inmediatamente la ordenación sacerdotal: piden roles de gobierno, presencia en las Curias, «ministerios» instituidos, liturgias «inclusivas». Cada paso prepara el siguiente, y cada paso es presentado como inofensivo. Los obispos nombrados por Prevost no fueron elegidos a pesar de sus definiciones sobre el diaconado femenino, sino precisamente en razón de ellas: quienes nombran a un obispo conocen sus ideas, y quienes nombran a muchos con las mismas ideas están construyendo un episcopado que, en el momento adecuado, pedirá «desde abajo» lo que el Papa desea conceder «desde arriba». Esto es la sinodalidad: la puesta en escena de una cuestión cuya respuesta ya está decidida.
A todo esto se suma un aspecto que considero aún más grave, y sobre el cual hay silencio culpable: la promoción de las mujeres a la cabeza de los Dicasterios romanos. Contamos con dos religiosas, la hermana Simona Brambilla[1] y la hermana Tiziana Merletti, prefecta y secretaria del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada respectivamente, que dirigen a cardenales, obispos, abades y sacerdotes; otra religiosa, la hermana Raffaella Petrini, presidente de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano y presidente de la Gobernación; una laica, María Montserrat Alvarado, a la cabeza del Dicasterio para la Comunicación, que coordina y reorganiza todo el sistema de comunicación de la Santa Sede; mujeres nombradas como miembros y consultoras de varios Dicasterios, incluido el de los Obispos[2], es decir, llamadas para decidir sobre ascensos al Episcopado. Ahora bien, el poder de gobierno en la Iglesia no es una función administrativa que pueda atribuirse a cualquiera por decreto: por su naturaleza está vinculado a la sacra potestas, que fluye del Sacramento del Orden Sagrado, porque en la Iglesia —que es una sociedad sobrenatural y no una empresa— se gobierna en la medida en que está configurado en Cristo Rey y Sumo Sacerdote. Separar la jurisdicción del Orden Sagrado, conferir a quienes no pueden recibir las Sagradas Órdenes el poder de gobernar a quienes las han recibido, significa revocar la constitución jerárquica que Nuestro Señor ha dado a Su Iglesia. Por eso digo que Bergoglio, y ahora Prevost, hacen mucho más y mucho peor que conferir Órdenes Sagradas a estas mujeres. Una ordenación inválida sería un sacrilegio, pero seguiría siendo un acto nulo. Aquí, en cambio, se desmonta pieza a pieza el orden sacramental, la sacra potestas se convierte en un accesorio superfluo y el clero se acostumbra a obedecer a quienes no tienen título divino para dirigirlo. Es un atentado mortal a la constitución divina de la Iglesia, llevado a cabo de hecho, sin necesidad de tocar un solo dogma.
Gaetano Masciullo: El tercer y cuarto nudo identificados por Martini fueron respectivamente el de la moral sexual y el de la disciplina del matrimonio. En su libro-entrevista oficial con Elise Ann Allen, León XIV ha declarado que se deben «cambiar las actitudes» de las personas incluso antes de cambiar la doctrina. En su opinión, ¿qué medios quieren usar los neo-modernistas en el poder para lograr este cambio?
Esa frase merece ser sopesada, porque es una confesión. «Cambiar las actitudes antes de cambiar la doctrina» significa que la doctrina cambia, pero no antes: cambia al final, cuando nadie la cree y su abrogación formal aparece como un mero acto notarial. Es el método modernista descrito por San Pío X en la Pascendi: no se ataca frontalmente al dogma, se transforma la mentalidad que lo sostiene, la Fe se separa de la vida y se deja que la vida, así separada, arrastre consigo la fe. En realidad, ni siquiera es necesario cambiar el dogma: éste se vuelve irrelevante a través de la práctica pastoral.
Y este método hoy tiene su propia carta teórica, que casi nadie quiso leer por lo que es. En Evangelii Gaudium Bergoglio enunció cuatro principios, y el primero de ellos —«el tiempo es superior l espacio»— es la llave que abre todos los demás: «dar prioridad al tiempo significa preocuparse por iniciar procesos más que poseer espacios». En otras palabras: no definir, sino iniciar; no fijar un resultado, sino desencadenar una dinámica que nadie podrá detener. El espacio es el territorio delimitado; la frontera, la definición dogmática, el canon que dice hasta dónde es lícito avanzar; el tiempo es el proceso que erosiona esa frontera sin declarar jamás que quiere derribarla. Y nótese la astucia: quien preside un espacio deben defender una posición, y una posición puede ser sitiada, discutida, refutada; quien inicia un proceso no tienen posiciones que defender, y por eso no es atacable. No se le puede oponer nada, porque aún no ha afirmado nada.
Pero se objetará que esto no es Hegel sino Romano Guardini, sobre quien Bergoglio trabajó sin haber concluido nunca su tesis doctoral. La polaridad guardiniana —el Gegensatz— se concibe precisamente en contra de la contradicción dialéctica, ya que las tensiones deben mantenerse unidas y no resolverse en una síntesis superior. Ya sea llamada síntesis hegeliana o proceso que nunca se ha concluido, el resultado es que ninguna verdad permanece como punto firme, sino que se convierte en el momento de un devenir. Y lo que en Hegel era la filosofía de la historia y en Marx se convirtió en la praxis revolucionaria (la praxis que precede al principio, lo juzga y lo subvierte) en la Iglesia sinodal se llama pastoral. Y aquí está la obra ante nuestros ojos: Amoris Laetitia no deroga la indisolubilidad del matrimonio, abre un proceso; Fiducia Supplicans no declara lícita la unión irregular, bendice a quienes están en ella; el camino sinodal no decide nada, y precisamente por eso decide todo. La doctrina nunca se toca formalmente, y precisamente por eso nunca puede ser formalmente impugnada. No hay proposición que censurar, no hay herejía que condenar, no hay nada sobre lo cual pronunciar una anatema. A los fieles le queda la letra intacta de un dogma que ya no rige más en la vida de la Iglesia. Pero es precisamente esto lo que el Concilio Vaticano I condenó como anatema, prohibiendo que a los dogmas propuestos por la Iglesia se les atribuya algún día un significado distinto al que ella ha entendido y entiende: eodem sensu eademque sententia [en el mismo sentido y con el mismo concepto].
Los medios son los que hemos visto en acción desde hace décadas. El primero es el lenguaje: «pecado» se sustituye con «fragilidad», «conversión» con «camino», «verdad» con «discernimiento», «ley de Dios» con «ideal». El segundo es la práctica pastoral, deliberadamente ambigua: Amoris Laetitia con sus notas a pie de página, Fiducia Supplicans con sus bendiciones que bendicen sin bendecir; y ahora la estrategia de Prevost, que no ha retirado nada de esto sino que lo deja actuar «con calma». El tercero es la formación: seminarios, facultades teológicas, catequesis, en los que desde hace sesenta años se enseña que la moral católica es un residuo histórico que hay que superar. La cuarta es la elección de los pastores: se promueve a quienes practican la ambigüedad y el error, y se margina a quienes alzan la voz.
Y bajo todo esto hay una alianza que nunca he dudado en denunciar: la que existe entre la Iglesia sinodal y la agenda globalista. No se trata de una ideología entre otras, sino de la síntesis de todas las ideologías de derecha y de izquierda, que durante dos siglos han fingido combatirse mientras llevan a los hombres al mismo desembarco; una síntesis de matriz neomalthusiana, que ya no ve en el hombre la imagen de Dios sino un excedente que se debe administrar, y que por eso es antihumana incluso antes de ser anticrística. Conocemos sus articulaciones, y cada una golpea un aspecto preciso del orden querido por el Creador: la disolución de la familia natural; el pansexualismo y la ideología de género, que niegan al hombre creado masculum et feminam; el vacunarismo, que hace del cuerpo una propiedad del Estado; el ecologismo, que reemplaza el culto al Creador por el de la criatura; el inmigracionismo, que disuelve las naciones y con ellas a los pueblos cristianos; y en la cima, el transhumanismo, que promete al hombre la divinización sin Dios, ya prometida en el Edén por la serpiente: eritis sicut dii [seréis como dioses].
La Iglesia conciliar no pasa por este proceso: participa en él. Ha renunciado a juzgar al mundo y ha aceptado ser juzgada por él; ha dejado de convertirlo y se ha dejado convertir por él. Por eso el tercer y cuarto nudo de Martini no son en absoluto nudos que se deben desatar: el matrimonio indisoluble y la moral sexual no son la cáscara histórica de una época pasada, sino la carne misma del Evangelio, y son las palabras de Nuestro Señor — quod ergo Deus coniunxit, homo non separet. Quien pretende —como Papa— cambiarlas no reforma la Iglesia: funda otra religión, y la funda sobre las ruinas de la que había recibido bajo custodia.
[1] La hermana Brambilla cuenta con un Pro-Prefecto a su lado, el cardenal Ángel Fernández Artime, nombrado con ella el 6 de enero de 2025 y reconfirmado por León XIV. La invención misma de la figura del Pro-Prefecto es la confesión implícita de que ese cargo exige la sacra potestas — un expediente que admite el problema mientras finge resolverlo.
[2] Las tres mujeres en el Dicasterio para los Obispos son Petrini, Brambilla y Reungoat, nombradas miembros en julio de 2022.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
11 de setiembre de 2026
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 12 de setiembre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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