Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Americo Mascarucci, a quien agradecemos sinceramente, ofrece a vuestra atención una segunda serie de reflexiones sobre la llamada “Mafia de San Galo”. Disfruten la lectura y la difusión.
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Era inevitable que el último artículo sobre la llamada Mafia de San Galo publicado por Stilum Curiae suscitara muchos comentarios indignados. Desgraciadamente, una noticia falsa repetida al infinito se vuelve verdadera en la imaginación colectiva, aunque en el fondo siga siendo falsa. Así que afirmar que detrás de la dimisión de Benedicto XVI y la elección de Bergoglio hubo una conspiración urdida por la mafia de San Galo es considerado, por los teóricos de la sede impedida, una verdad irrefutable, aunque totalmente carente de pruebas. Como la hipótesis del ataque a Benedicto XVI en Cuba, creada sobre la base de suposiciones vinculadas a una caída nocturna en el baño, que no estuvo respaldada por ningún elemento concreto más allá de lo habitual entre bastidores, pero que para ellos es un hecho. En efecto, hablan del atentado como si hubiera ocurrido al nivel de las Torres Gemelas o del atentado a Juan Pablo II. ¿Sabes por qué? Porque nadie lo habría negado. ¡Bueno, así son las cosas!
Sin embargo, sobre el grupo de San Galo, apodado “Mafia de San Galo”, debe especificarse lo siguiente.
Nadie puede impedir que cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos de cualquier tendencia, ya sean tradicionalistas o progresistas, se reúnan y discutan, o incluso que planifiquen estrategias. Los miembros del grupo, vivos o fallecidos, no gozan de nuestra estima, empezando por Karl Lehmann, el ex arzobispo de Maguncia, alumno favorito de Rahner y gran propagador de los nefastos giros modernistas que promueve el sínodo alemán. Pero en esas reuniones no se habló de matar al Papa o al cardenal Ratzinger, ni de organizar el modelo de “Noche de San Bartolomé” para ajustar cuentas contra los conservadores, sino de reformas en la Iglesia y cómo impedir que Juan Pablo II fuese sucedido por Ratzinger o por un cardenal tradicionalista, construyendo una alternativa. Nos guste o no, fueron iniciativas legítimas, porque no existe ningún impedimento para la libre reunión de cardenales y prelados, ni para su derecho a desear un Papa distinto al que nos gusta.
Igualmente legítimo es, entonces, el intento de bloquear el camino hacia la elección de Ratzinger en el cónclave de 2005. ¿Dónde estaría el escándalo? ¿No fue quizá Juan Pablo II elegido Papa en el cónclave de 1978 precisamente por los intentos de los conservadores de impedir la elección de Giovanni Benelli, y de los progresistas por impedir la de Giuseppe Siri? Luego vimos cómo las estrategias del grupo chocaron con la dinámica misma del cónclave: la imposibilidad objetiva de apoyar la candidatura del cardenal Martini, la elección de Bergoglio que no fue bien recibida por todos y en particular por el propio Martini, la decisión del jesuita de votar por Ratzinger para bloquear acuerdos sobre otros nombres fuertes que no le gustaban, como el de Tettamanzi, que había “desmartinizado” la Curia ambrosiana reemplazando a muchos de los colaboradores cercanos de su predecesor.
Y aquí también es apropiado precisar algo: ¿dónde estaría el escándalo en el intento de Martini de elegir a Ratzinger y luego hacer pesar sus votos? Nos olvidamos que la Iglesia está compuesta por hombres y no por santos y que en cada cónclave, además de la asistencia del Espíritu Santo, también entra la política. Condicionar no significa necesariamente “chantajear”. ¿Por qué Juan Pablo II mantuvo durante más de diez años a un secretario de Estado como Agostino Casaroli, quien pensaba completamente diferente a él y se oponía al anticomunismo de Wojtyla y del cardenal Wyszyński? ¿Por qué era masoquista? Simplemente porque el nombramiento de Casaroli fue el “precio” pagado al “partido Montini” que gobernaba la Curia Romana, por la luz verde para la elección del primer Papa no italiano en siglos, después de que disminuyera la posibilidad de elegir a Giovanni Benelli. Acuerdos internos en el cónclave, los mismos que hace más de un año probablemente determinaron la permanencia del cardenal Parolin en la Secretaría de Estado, después que este último se retirara permitiendo elegir a León XIV. Repetimos que no hay ningún escándalo en el intento de hacer pesar los votos propios, tal como hizo Martini con Ratzinger, sino una dialéctica política normal dentro de las diversas almas de la Iglesia.
No es necesario recurrir a teorías conspirativas sobre la dimisión de Benedicto XVI, basta con confiar en las noticias de los últimos meses de su pontificado, el escándalo de Vatileaks y la guerra de poder bien descrita por Gianluigi Nuzzi en sus investigaciones periodísticas y relatada por los documentos secretos robados de las salas papales. Es creíble, según varios informados, que en el último encuentro entre Benedicto XVI y Martini, que tuvo lugar en Milán poco antes de la muerte del cardenal jesuita, este último sugirió firmemente al pontífice que reformara drásticamente la Curia Romana o dejara esta tarea a otros, apartándose si no tenía las fuerzas.
Por tanto, es muy probable que Ratzinger, agobiado por los problemas de salud que él mismo declaró y privado de las fuerzas necesarias para tomar decisiones tan disruptivas (parece que se había formado en torno a su secretario personal George Ganswein un verdadero partido anti-Bertone), decidiera retirarse y poner fin al clima de guerra civil dentro del Vaticano, además de los repetidos ataques internacionales contra la Iglesia por parte de sus enemigos de siempre, los clubes modernistas y secularistas.
Pero que la dimisión de Benedicto fuera libre y voluntaria ha sido admitido repetidamente por monseñor Ganswein de manera clara, confirmando también que el Papa emérito siempre reconoció a Bergoglio como su legítimo sucesor, sin contar las interpretaciones sugestivas que se atribuyen a sus palabras para ponerle en boca lo contrario de lo que afirma (por cierto, pero cuando él publicó el libro Nada más que la verdad pocos días después de la muerte de Ratzinger, ¿no fue calificado de poco fiable y mentiroso precisamente por quienes hoy lo usan como mensajero en código de la sede impedida?).
Sostener que la elección de Bergoglio fue determinada por las maniobras de la Mafia de San Galo choca con la realidad de los hechos: la de un grupo que ahora está de facto desmovilizado, compuesto por unos pocos veteranos y ciertamente incapaz de determinar la elección del Papa, en un cónclave que se determinó mayormente por las fracturas en el frente conservador entre los herederos de Wojtyla (Sodano), el partido de Ruini, Bagnasco y Scola, el grupo de Bertone, los ratzingerianos progresistas como Schoenborn decididos a renovar la Iglesia luego del escándalo de Vatileaks. En este contexto, el cardenal Kasper ciertamente tuvo un buen juego tejiendo los acuerdos y favoreciendo la elección de Bergoglio, reuniendo un amplio consenso transversal, bloqueando también la elección de Angelo Scola con la contribución decisiva de Bertone (de ahí la indemnización garantizada al exsecretario de Estado).
Que el pontificado de Francisco tradujera muchas de las orientaciones del grupo de San Galo está a la vista de todos, pero esto fue ciertamente determinado por la fuerte influencia ejercida sobre el ex pontífice por el cardenal Kasper, y antes de su muerte también por Lehmann, que fueron protagonistas del grupo.
Pero está decididamente fuera de lugar una narrativa que se obstina en representar la historia de la Iglesia en los últimos trece años como el resultado de una gran conspiración orquestada por esta “poderosa organización”, una especie de P2 en salsa católica capaz de organizar golpes de Estado y pilotar la elección de Papas y nombramientos cardenalicios, una narrativa especular y preparatoria para mantener en pie la de la sede impedida de Benedicto XVI. Sin la Mafia de San Galo, se derrumbaría toda la teoría del golpe modernista que Ratzinger evitó fingiendo dimitir e impidiendo de hecho que los “mafiosos” pudieran conquistar la Iglesia.
Americo Mascarucci
Publicado en italiano por Marco Tosatti el 12 de setiembre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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