Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, ofrecemos a vuestra atención este artículo del padre Francesco D’Erasmo, a quien agradecemos su cortesía. Disfruten la lectura y la meditación.
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El Gran Exorcismo
¿Por qué se odia tanto a la Misa Apostólica?
Esta pregunta no deja de ser actual y nos muestra cómo todo lo que Dios permite coopera para el bien de quienes aman a Dios y que han sido llamados según su designio” (Rom 8, 28). De hecho, también este odio feroz y obstinado es un don del bien, porque atrae nuestra atención y nos obliga a reconocer el poder beneficioso del Rito Romano en su forma auténtica transmitido a lo largo de la vida de la Iglesia.
Cuando el demonio ve un alma que ya va camino al infierno, o una secta que arrastra las almas lejos de Dios, no pierde tiempo en declarar la guerra contra ellas; al contrario, en la medida de su poder les rodea con beneficios, para que no les venga a la mente cambiar de rumbo.
Cuando el demonio ve una realidad que adora a Dios o, peor aún, que desenmascara sus artes destructivas, es allí donde usa todas sus armas para provocar una guerra sin ahorrar golpes.
En la Iglesia Católica estamos llenos de malos pastores que no cumplen con su deber, se aprovechan de la fe del pueblo para sus propios intereses, venden sus propias opiniones como doctrina de la Iglesia, a menudo incluso condenadas por la misma Iglesia. El demonio protege a todos ellos y se sirve de sus infiltrados en la jerarquía para multiplicar este tipo de abusos. Contra estas violaciones de doctrina y de la moral, así como del Derecho canónico, en la mayoría de los casos no hay ningún tipo de guerra. No es raro que la gente denuncie abusos y sufra represalias: el abuso continúa y el denunciante es perseguido. Se piensa en los abusos más escandalosos (los recientes casos de Lute o Rupnik), pero también en prácticas pseudo litúrgicas universalizadas de facto (las formas extremas de celebración de nuevos movimientos eclesiásticos, judaizantes, ecuménicos o carismáticos).
Estas realidades -fuente de escándalo, polémica, división, alejamiento de la Iglesia e incluso descrédito, con evidentes consecuencias económicas- son toleradas y protegidas, permitiendo que continúen envenenando impunemente a la Santa Iglesia.
Pero ante quienes simplemente piden la posibilidad de perseverar en lo que la Santa Iglesia siempre ha considerado santo y santificante se desencadena la violencia verbal y práctica de teólogos y jerarquía.
Quienes defienden el uso del Rito Apostólico son tratados como desobedientes que no respetan la autoridad magisterial de la Iglesia, causa de división y un sinfín de otras acusaciones mucho más viles y de mal gusto.
Quiero enfatizar aquí otro aspecto clave por el que los enemigos de Dios, especialmente aquellos que ahora se han infiltrado en la Iglesia misma, no pueden soportar que se siga celebrando el Rito Apostólico.
Se trata de la conclusión de la Santa Misa: el último Evangelio.
Este Evangelio, el Prólogo del Evangelio de San Juan (Jn 1, 1-14), constituye en realidad una denuncia clara y contundente de la rebelión satánica que nos da la clave de lectura de toda la historia, desde la creación hasta el triunfo final del Inmaculado Corazón de María.
Lo que había anunciado el Protoevangelio (Génesis 3) se realiza plenamente en lo que es proclamado por San Juan Apóstol y Evangelista al comienzo de su Evangelio.
La enemistad entre la estipe satánica de la serpiente y la de los hijos de Dios generados por María, la Mujer del Génesis y del Apocalipsis, se desencadena en el conflicto definitivo con la Encarnación del Verbo.
Este momento se convierte en el crisol de la historia, que separa el oro de la paja, donde se manifiestan los secretos de los corazones (Lc 2, 34-35) en el dolor del Corazón de la Virgen Madre de Dios.
“Él vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron les dio de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1, 11-12).
La gran batalla es entre la humildad de quienes reconocen la soberanía de Dios, sometiéndose en obediencia a Su mandato, como acto de adhesión y permanencia en la Comunión con Él, y la soberbia orgullosa que desobedece, desligándose de Dios convirtiéndose en estirpe de Satanás, el enemigo, el diablo, el que divide, que debía llevar la luz, Lucifer, pero que en su negativa a servir (“non serviam”) trae la oscuridad.
En esta oscuridad no puede ocultarse el esplendor del Verbo Encarnado.
Se lo puede rechazar, o se puede dejarse iluminar y recibirlo.
A quienes lo reciben Dios les da participación en su naturaleza, se convierten en hijos de Dios.
Aquí está el anuncio de esta luz dirigida por el sacerdote, en la persona de Cristo, hacia el norte, lugar de las tinieblas, el gran exorcismo sobre este mundo que pasa, que anuncia la victoria de Dios sobre el reino del maligno.
Este rasgo permanente del Rito Apostólico resulta especialmente indigesto para quienes abusan de la autoridad de la Iglesia para promover un descuento en el pecado, una salvación universal sin castigo, una Iglesia desde abajo en la que la voluntad popular debe imponerse a quienes representan a Dios en la sinodalidad.
“Si el mundo les odia, saben bien que me odió a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo amaría lo que es suyo; como no son del mundo, sino que yo les he elegido en medio del mundo, por eso el mundo les odia. Recuerden la palabra que les dije: ‘El siervo no es más grande que su señor’. ¡Si me han perseguido a mí, también les perseguirán a ustedes; si han cumplido mi palabra, también cumplirán la de ustedes”! (Jn 15, 18-20).
Francesco d’Erasmo, sacerdote católico
Fátima, 1 de setiembre de 2026, San Egidio confesor.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 10 de setiembre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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