Marco Tosatti
Queridos StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención la homilía pronunciada por el arzobispo Caro Maria Viganò con motivo de la fiesta de los santos Pedro y Pablo. Disfruten la lectura y compartan.
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DILIGIS ME?
En la Solemnidad de los santos Pedro y Pablo
Si diligis me, pasce oves meas.
Non enim pascit oves qui non diligit Christum.
Mercenarius est qui non diligit, sed suum quærit,
non quæ Jesu Christi.
Si me amas, alimenta mis ovejas.
Porque el que no ama a Cristo no alimenta a las ovejas.
Es un mercenario que no ama, sino que busca su propio interés,
no el de Jesucristo.
(San Agustín)
Con la solemnidad de hoy de los santos apóstoles Pedro y Pablo, la Santa Iglesia nos pone frente al tremendo misterio del mandato confiado por Nuestro Señor al Príncipe de los Apóstoles. En reparación por la triple negación en el pretorio, el Señor pide a Simón Pedro una triple profesión de amor, después de haberse aparecido a los discípulos en el lago Tiberíades. ¿Me amas? Alimenta a mis corderos, alimenta a mis ovejas (Jn 21, 15-19). Es sobre estas palabras del Maestro —junto con las pronunciadas en Cesarea de Filipos, Tú eres Pedro (Mt 16, 17-18)— que se funda el Papado católico.
El Señor edifica Su Iglesia sobre Pedro, ordenándole que pastoree a Su rebaño, que ame a su Cuerpo Místico y a Su Cabeza Divina con el mismo amor sobrenatural —la Caridad— que es incondicional y llega incluso a dar su vida por sus amigos (Jn 15, 13). Un mandatum intrínsecamente heroico, que convierte a Pedro y a sus Sucesores en los legítimos Vicarios de Cristo en la tierra; y que, debido a las implicaciones que conlleva respecto al gobierno de la Iglesia y la salvación de las almas, requiere, como condición imprescindible, la unión coherente de la Verdad y de la Caridad. Tanto es el poder que Dios le da a un hombre, tanta es la potestad real y sacerdotal que Cristo vierte en el Papado. Y cuanto más se destaca el Sumo Pontífice por su individualidad —el Papa bueno, el Papa de la sonrisa, el Papa trotamundos, el Papa teólogo, el Papa de las periferias— tanto menos resuena la voz del Maestro en sus palabras.
Hoy en día, el orden que el divino Legislador quiso dar al Papado romano y a Su Iglesia es subvertido precisamente por quienes ocupan la cima de la institución. La traición no se disimula, sino que se ostenta sin restricciones, en la loca convicción de haber logrado ahora el objetivo, de estar a poca distancia del miserable objetivo de la disolución de la Iglesia Católica, para reemplazarla por una entidad de matriz masónica subordinada al Anticristo. Ubi sedes beatissimi Petri, et Cathedra veritatis ad lumen gentium constituta est —escribió el papa León XIII en su Exorcismo— ibi thronum posuerunt abominationis et impietatis suæ; ut, percusso pastore, et gregem dispersi valeant. Donde el Señor ha colocado la sede del beatísimo Pedro y la Cátedra de la verdad para iluminar a los pueblos, allí sus enemigos han colocado el trono de la abominación y de su impiedad, para que, después de golpear al Pastor, puedan dispersar al rebaño.
Las palabras proféticas de la visión de León XIII quizá pueden haber dejado consternados e incrédulos a los contemporáneos del Papa, y así fue hasta Pío XII. Pero cien años después, esas palabras se revelan tan inquietantes como precisos, y completan la advertencia de la Santísima Virgen en La Salette: Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo. ¿Y qué es esto, sino la abominación de desolación de la que habla el profeta Daniel (Dan 9, 27; 11, 31; 12, 11) y el propio Evangelio (Mt 24, 15 y Mc 13, 14)? ¿Qué es, sino la desolación de la Ciudad Santa (Apocalipsis 11, 2) y la Gran Ramera (Apocalipsis 17, 1-18), sentados en las siete colinas, embriagados con la sangre de los Santos, que simboliza toda forma de apostasía y de falsa religión que se alía con el poder político contra la Iglesia?
¿Quién, si no la sede del Anticristo y el trono de la abominación, fulminaría la excomunión a aquellos obispos que no pretenden avalar la traición de Roma y que desde hace más sesenta años denuncian la revolución conciliar? ¿Podríamos alguna vez concebir, como católicos, que es un Papa, un Vicario de Cristo, quien impone sanciones canónicas a quienes impugnan las herejías del Vaticano II? ¿Y que todo el episcopado respalde y fomente desviaciones doctrinales y morales, en lugar de oponerse enérgicamente a ellas?
Una sólida miopía induce a muchos conservadores a refugiarse en la casuística de manuales escritos y pensados en tiempos de normalidad, buscando la solución a una crisis única, bíblica, apocalíptica y escatológica, y excluyen categóricamente que un hereje pueda devenir del Papado, y que a lo sumo se le puede ofrecer resistencia, reconociéndole autoridad y poder. No entienden que la promesa del divino Redentor a San Pedro —Portæ inferi non prævalebunt— presupone un tremendo conflicto en el que la Sinagoga de Satanás parecerá prevalecer y la Iglesia Católica será dada por muerta. Presupone una apostasía general que no sólo afecta a los corderos —es decir, a los neófitos y a los católicos frágiles e inseguros— sino a todo el rebaño, con sus pastores reemplazados maliciosamente por mercenarios y lobos feroces. Y es tremendamente cierto: los poderes del infierno ciertamente no prevalecerán contra la Iglesia de Cristo, pero demuestran que ya han conquistado otra iglesia –de hecho otra religión– que quiere fundarse no en Pedro, sino en una reinterpretación ecuménica y sinodal del Papado a la luz del documento bergogliano “El obispo de Roma. Primacía y sinodalidad en los diálogos ecuménicos y en respuestas a la encíclica Ut unum sint“.
Cuando Simón hizo su profesión de fe –Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo (Mt 16, 16)– el Señor le respondió inmediatamente después: Bendito eres, Simón hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos (ibid., 17). La Verdad pertenece a Dios, y sólo quienes piensan y actúan según Dios hablan con las palabras de la Verdad. Por eso Pedro es bendecido. Pero también es homo peccator según él mismo admite (Lc 5, 8), merecedor de ser tratado por el Señor como el tentador en el desierto: ¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Tú eres un tropiezo para mí, porque no piensas según Dios, sino según los hombres! (Mt 16, 23). Y la primera forma de pensar según los hombres es rechazar la Cruz: ¡Señor, que jamás te suceda algo así! (ibid., 22).
¿Pero no es precisamente “pensar como los hombres” y contradecir la Cruz y el Sacrificio redentor de Nuestro Señor afirmar que todas las religiones son senderos que conducen a Dios? ¿No es “pensar como los hombres” afirmar con Amoris Laetitia que la moral debe adaptarse a los deseos de los hombres, y con Fiducia Supplicans decir que la Iglesia debe ratificar los vicios más impuros, en lugar de señalar a las almas el camino estrecho que conduce al Cielo? ¿No es anular la Pasión de Nuestro Señor apoyar una hermandad universal que prescinde de la paternidad divina en Cristo?
La Iglesia es santa y sin defecto alguno, sin duda. Santa y sin defecto es la Cátedra del beatísimo Pedro. Pero la indefectibilidad de quien es investido por el Pontificado Supremo no es una especie de “piloto automático” que obliga al Pontífice a hacer y decir lo que Nuestro Señor quiere. El libre albedrío le permite responder y acompañar la acción de la Gracia de estado, pero también de sustraerse a ella, negándose a cumplir la voluntad de Dios y usurpando Su sagrada autoridad para un propósito opuesto al establecido por Jesucristo. Esto hace odiosa la autoridad de los obispos que pretenden de los fieles una obediencia que es buena y legítima sólo si quien la exige está a su vez sumiso y obediente a la Cabeza del Cuerpo Místico: Jesucristo Nuestro Señor.
Hacer de la obediencia un ídolo —es decir, transformar un medio ordenado en un fin— representa un abuso intolerable por parte de quienes exigen un asentimiento acrítico y servil de sus súbditos, precisamente en el momento en que se sustraen a la suprema autoridad de Dios y se arrogan a sí mismos el derecho a decidir qué parte del Depositum Fidei merece ser preservada y qué parte puede ser modificada. La sinodalidad —tal como la ha formulado Prevost en numerosas intervenciones— crea la base doctrinal para la revolución permanente que llevará al Vaticano II a sus consecuencias extremas, es decir, a la disolución del edificio católico tal y como lo conocemos —otra batalla más ganada por las puertas del Infierno, en una guerra en la que al final no prevalecerán, en la que al final triunfará el Inmaculado Corazón, en la que al final el Anticristo será ultimado por San Miguel Arcángel, en la que al final Nuestro Señor arrojará a Satanás al abismo. Al final. Y mientras tanto, mientras los cobardes entregan sus armas y se rinden al enemigo, otros logran la victoria final bajo la bandera de Cristo Rey.
¿Quién no desaprobaría a un general que, teniendo las armas y las tropas para derrotar al adversario, impidiera deliberadamente su uso, abandonara a los soldados a su suerte y permitiera que la fortaleza sea saqueada y devastada después de haber abierto de par en par sus puertas inviolables? ¿Cómo podría considerarse legítimo representante de un soberano a quien ha traicionado en todo y al que le niega títulos reales para complacer a sus enemigos?
Reconocer legitimidad a quien usurpa el Papado para demolerlo y destruir con ello a la Iglesia transforma el Pontificado en un monstrum autorreferencial, y según las palabras de León XIII lo transforma en el trono de la abominación y toda impiedad. Y contradice las Sagradas Escrituras, desde el momento que Nuestro Señor mismo, para readmitir a Pedro en el rol que había perdido con su negación, le pidió una triple profesión de Fe y de Caridad. Si la apostasía de los lapsi en tiempos de persecución pudiera resultar en su exclusión del cuerpo eclesial y en una severa penitencia de por vida, ¿qué penitencia debería imponerse a los Papas y obispos que traicionan el Mandato recibido y apostatan de la Fe católica?
La Fraternidad Sacerdotal de San Pío X hace bien en apelar al estado de necesidad para conferir las consagraciones episcopales sin el mandato papal. Y si su venerable Fundador estuviera aún hoy entre nosotros, seguramente consideraría estas Consagraciones como indispensables no solo para la supervivencia de la Fraternidad, sino también y sobre todo para la defensa – para toda la Iglesia– del Depositum Fidei, del Sacerdocio y de la Misa Católica, garantizando una Sucesión Apostólica no infectada por ritos dudosos y por doctrinas heréticas. De hecho, sería muy poco católico preocuparse más por el propio Instituto que por todo el cuerpo eclesial, y el estado de necesidad invocado para el bien de las almas perdería legitimidad si solamente se tratara de la salus Fraternitatis.
Si ya en tiempos de Juan Pablo II el arzobispo Lefebvre denunciaba las desviaciones conciliares, hoy no podía dejar de denunciar con mayor fuerza la apostasía sinodal. Ceder ante las amenazas o a los halagos de Roma ya demostró ser una decisión ruinosa y perdedora: lo saben bien los desertores de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, para quienes las promesas hechas antes de abandonar Ecône han sido en gran medida incumplidas.
Luego de la entrada en vigor de Traditionis Custodes —todavía vigente— sería aún más desconsiderado seguir la invitación que el cardenal Müller lanzó estos días en el Consistorio: replicar el mecanismo de chantaje del Motu Proprio Ecclesia Dei, que concede libertad litúrgica a cambio de la domesticación doctrinal y moral al Vaticano II y a su versión sinodal.
Una vez más, la quinta columna del neomodernismo, representada por el conservadurismo ratzingeriano de algunos cardenales de renombre, impone la aceptación del Concilio y de la Misa montiniana como conditio sine qua non de la comunión eclesiástica, haciéndose eco de León XIV, quien hace apenas unos días reconoció que la amenaza de excomunión a la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X no responde a una cuestión canónica, sino a una razón doctrinal no negociable: la aceptación del Vaticano II y del camino sinodal. Todo esto te daré si te postras y aceptas el Vaticano II y el Novus Ordo.
San Agustín comenta así las palabras del Evangelio: Si diligis me, pasce oves meas. Non dixit: Pasce tuas, sed meas. Pasce ergo meas, si me diligis: non sicut tuas, sed sicut meas. Quære in eis gloriam meam, non tuam; dominium meum non tuum; lucra mea, non tua. Si me amas, apacienta mis ovejas. No dijo: Apacienta las tuyas, sino las mías. Apacienta, entonces las mías, si me amas: no como si las consideraras tuyas, sino mías. Busca en ellas mi gloria, no la tuya; mi señorío, no tu dominio; las almas que he redimido, no tu beneficio personal.
Oremos, muy queridos hermanos, por la Santa Iglesia. Oremos y preparémonos para luchar por ella, enfrentando a los enemigos que la han infiltrado y que hoy la dirigen, llevando la barca de Pedro hacia las rocas. Apoyemos públicamente a quienes valientemente libran esta batalla, a menudo perseguidos y marginados. No dejemos de proclamar el Evangelio en su totalidad, porque el silencio de tantos, demasiados temerosos termina siendo complicidad y suena muy parecido a la negación de Pedro: “No lo conozco”. Que nos acompañen en este tiempo de prueba y revelación los Príncipes de los Apóstoles, en cuyo honor ofrecemos la Inmaculada Víctima a la Majestad divina. Sancti Apostoli Petrus et Paulus, de quorum potestate et auctoritate confidimus, ipsi intercedant pro nobis ad Dominum. Amén.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Viterbo, 29 de junio de MMXXVI
Ss.rum Petri et Pauli Apostolorum
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 30 de junio de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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