Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Giulio Ferri, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre María, la Θεοτόκος [Theotokos]. Disfruten la lectura y la difusión.
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María, Madre de Dios (Parte II)
por Giulio Ferri
De la definición de Éfeso hasta la contemplación de la Maternidad divina
Cuando el Concilio de Éfeso proclamó solemnemente Θεοτόκος a María no se encontró frente a un título inventado por teólogos para elevar la devoción mariana. La devoción a la Madre de Jesús se había desarrollado mucho antes del 431 d.C. y los cristianos de los primeros siglos ya la habían llamado Madre de Dios. Uno de los testimonios más antiguos es la oración Sub tuum praesidium, en la que se invoca a María con este título. La solemne definición conciliar llegó así a la culminación de una fe ya profundamente arraigada, precisamente en el momento en que esa fe necesitaba ser reafirmada frente a una controversia cristológica.
Este hecho histórico es importante porque muestra cómo en la Iglesia auténtica la doctrina y la oración no son dos realidades ajenas. El pueblo cristiano reza lo que cree y cuando se cuestiona una verdad la Iglesia está llamada a formularla con mayor precisión. Por lo tanto, el dogma no es una construcción artificial superpuesta a la fe vivida, por el contrario, es la forma rigurosa que la Iglesia da a una verdad que ya ha sido aceptada, para que esa verdad pueda ser preservada sin ambigüedades.
Éfeso representa así uno de los momentos en los cuales el cristianismo entendió que ciertas palabras, aparentemente devotas, tienen un significado enorme. Llamar Θεοτόκος a María significa tomar en serio cada palabra del Evangelio de la Encarnación. Significa creer que el Hijo de Dios no apareció simplemente dentro de la humanidad, sino que asumió realmente nuestra naturaleza. Significa creer que el Dios eterno tuvo una historia humana, un cuerpo humano, una genealogía humana y una madre humana.
En este sentido, el dogma posee una fuerza filosófica que no siempre se percibe. Afirma algo radical sobre el ser humano: la materia no es un envoltorio insignificante del alma y la carne no es algo ajeno a la salvación. Si el Verbo se hizo carne en el vientre de una mujer, entonces el cuerpo humano pertenece realmente al drama de la redención. La corporalidad no es una prisión de la que el hombre deba liberarse para encontrarse con Dios: es una realidad que Dios mismo ha asumido.
Esto no es un detalle secundario. Una enorme parte de la crisis antropológica moderna nace precisamente de la dificultad de comprender que el hombre es alma y cuerpo en su totalidad, libertad y naturaleza, espíritu y carne. El cristianismo no resuelve esta tensión negando uno de sus términos, sino que la supera en la persona de Cristo. Y María, como Madre del Verbo Encarnado, se encuentra en el centro de este misterio: a través de ella el Hijo eterno recibe una humanidad verdadera.
La maternidad, entonces, asume una dignidad que la cultura contemporánea a veces corre el riesgo de comprender solamente en un sentido biológico o sociológico. En la maternidad de María la Iglesia ve algo infinitamente más grande: una relación personal en la que una criatura está involucrada, sin ser divinizada, en el ingreso del Hijo de Dios en la historia. María no es simplemente aquella a través de quien pasa un evento. Es la Madre de Aquel que nace.
Y es precisamente el concepto de maternidad el que nos obliga a volver a la cuestión de la persona. Una madre no es la madre de una “naturaleza”, es madre de una persona. No decimos que una mujer es la madre de un cuerpo humano concebido dentro de ella, como si ese cuerpo fuera un objeto separable del sujeto personal. Decimos que ella es madre de su hijo. En el caso de María, el hijo que ella concibe y engendra según la carne es la Persona divina del Verbo Encarnado. No porque la divinidad haya comenzado por ella, sino porque quien nace de ella es verdaderamente Dios.
Este es el motivo por el cual el Concilio de Éfeso fue, en sentido eminente, un Concilio cristológico. La cuestión mariana no podía resolverse aisladamente de la cuestión de Cristo. Juan Pablo II lo recordó explícitamente: Éfeso tuvo sobre todo un valor cristológico, porque, al defender la unidad personal de Cristo, proclamó también la verdad de la maternidad divina de María.
La Iglesia especificaría más tarde, en Calcedonia en 451 d.C., que Cristo es uno y el mismo Hijo, perfecto en su divinidad y perfecto en su humanidad. María es situada así exactamente en el centro de la afirmación cristiana sobre el Verbo Encarnado: nació del Padre según la divinidad y, en los últimos tiempos, nació de la Virgen María según la humanidad. La distinción de las naturalezas no destruye la unidad de la Persona; la unidad de la Persona no anula la distinción de las naturalezas.
Esta precisión puede parecer alejada de la vida espiritual. En realidad, es exactamente lo contrario. Si Cristo no es uno, ni siquiera es verdaderamente el Salvador. Si en Jesús el hombre y Dios estuvieran simplemente unidos, nuestra humanidad no habría sido realmente asumida por el Hijo. Y si la naturaleza humana de Cristo hubiera sido absorbida por la divinidad, entonces lo que somos no se habría asumido verdaderamente. La fe de la Iglesia defiende entonces la maternidad de María porque, al mismo tiempo, defiende la realidad de nuestra redención.
Hay una expresión antigua de la teología cristiana que resume bien esta intuición: lo que no es asumido asume no es salvado. El Hijo asume la naturaleza humana en su totalidad, excepto el pecado. Nace, crece, sufre, llora, trabaja, tiene hambre, tiene sed, es herido y muere en la carne. Y esa carne viene de María.
Cuando se comprende esto, la figura de la Virgen adquiere una profundidad nueva. María no es una figura ornamental situada en los márgenes del Evangelio. Es allí donde el Evangelio se hace carne. Es allí donde la promesa de Dios entra concretamente en la historia. Es allí donde el “sí” humano y la acción soberana de gracia se encuentran sin confundirse.
Sin embargo, la maternidad divina no es solo un acontecimiento del pasado. Tiene una dimensión espiritual permanente. María es la Madre del Hijo de Dios, pero precisamente porque es la Madre de Cristo está íntimamente asociada también a la obra de la salvación. La Iglesia ha contemplado este misterio sobre todo mirando la Cruz: ella que dio la carne al Redentor permanece frente a la Cruz cuando esa carne se ofrece para la salvación del mundo. Juan Pablo II enfatizó cómo la maternidad de María, vivida en unión con el sacrificio de su Hijo, asume también una nueva dimensión respecto a los discípulos.
Y es aquí donde el primer dogma mariano comienza a abrir el camino para todo lo que vendrá después. Si María es Madre de Dios, si es Madre del Verbo Encarnado, entonces toda su existencia debe ser considerada a la luz de su relación con Cristo. La Iglesia comenzará gradualmente a contemplar lo que implica esta relación: su santidad singular, su virginidad, su preservación del pecado, su participación en el misterio de la redención y, finalmente, su glorificación.
No es casualidad que los dogmas marianos, observados en su desarrollo, parezcan formar casi una espiral que vuelve continuamente al centro. Y el centro es Cristo.
Es por esto que también hoy el título Madre de Dios tiene una fuerza crítica. Cada vez que Cristo es reducido, María es reducida inevitablemente también. Un Cristo solamente moral produce una María que solamente ejemplar. Un Cristo solamente simbólico produce una María solamente simbólica. Un Cristo privado de la carne produce una María privada de su maternidad real. Una fe que pierde la divinidad del Hijo ya no puede comprender verdaderamente la dignidad de la Madre.
Pero sucede también lo contrario: cuando Cristo es confesado en la plenitud de su ser, María regresa a su verdadera luz.
Esto explica por qué la devoción mariana auténticamente católica nunca compite con Cristo. María no es un segundo centro de la fe. Es la criatura en la que la centralidad de Cristo se hace visible con una claridad particular. Su “magnificat” no la proclama a ella misma, sino a la grandeza del Señor. Su alegría nace de Dios. Su maternidad pertenece a la economía de la Encarnación. Su presencia frente a la Cruz pertenece a la hora del Hijo.
Y aquí podemos volver a la dimensión mística.
La maternidad divina nos muestra que la relación con Dios no consiste simplemente en poseer un conocimiento correcto de Él. María no recibe primero un concepto para elaborar. Recibe un llamado al que confía toda su existencia. Su fe no elimina la oscuridad: la atraviesa. No posee anticipadamente todas las explicaciones de la Encarnación, sino que posee a Aquel que se confía a ella.
Esta es una lección mística de enorme profundidad. A menudo nos gustaría comprender antes de abandonarnos; María muestra que en el orden de la fe el abandono auténtico no es un salto hacia lo irracional, sino una entrega de la propia razón y de la propia libertad a una Palabra reconocida como verdadera. La fe no renuncia a la verdad: se abre a ella más allá de su propia posesión.
Quizá por eso también la maternidad de María es tan difícil de comprender para una mentalidad puramente racionalista. El racionalismo pregunta cómo una criatura puede ser madre de Dios y, al constatar la paradoja, piensa que ha encontrado una contradicción. La fe, en cambio, distingue: María no genera divinidad; genera según la carne al Hijo encarnado eterno. La paradoja permanece, pero no es una contradicción: es la paradoja de la Encarnación.
Y aquí el místico no destruye al teólogo, sino que lo conduce a su límite. La teología puede explicar rigurosamente por qué Theotokos es verdadera; no puede transformar la Encarnación en algo no misterioso. Puede preservar el significado de las palabras; no puede reemplazar la adoración del Verbo Encarnado.
En consecuencia, frente a María, Madre de Dios, la Iglesia no es invitada a dejar de pensar. Es invitada a pensar hasta el punto en que el pensamiento reconoce su propio origen y su propio límite: Dios se hizo hombre.
Y quizá la palabra más sencilla sigue siendo la más impactante: María es su Madre.
No la madre de un símbolo. No la madre sólo de un hombre excepcional. No la madre de una naturaleza humana separada del Hijo eterno. Es la Madre del Hijo de Dios hecho carne.
Por esta razón, cuando la Iglesia pronuncia Theotokos, no está simplemente ofreciendo a María los más altos honores. Está confesando que el niño de Belén es verdaderamente Dios; que el Crucificado es verdaderamente el Señor; que el Resucitado es verdaderamente aquel que María engendró según la carne.
Y entonces esa simple oración que millones de cristianos han pronunciado durante siglos —«Santa María, Madre de Dios» — se convierte casi en un pequeño Credo.
En el nombre de María, la Iglesia proclama una vez más quién es Jesús.
Y al contemplar a María, Madre de Dios, también descubre algo sobre el hombre: que la gracia no destruye a la criatura, sino que puede elevarla hasta hacerla partícipe, de manera gratuita e incomparable, de la obra misma de la salvación.
Por lo tanto, el primer dogma mariano nos deja frente a una verdad que es a la vez cristológica, antropológica y espiritual. Pero precisamente por esta razón se abre una pregunta aún mayor: ¿qué significa, para la Iglesia y para todo cristiano, tener ante nuestros ojos a una mujer llamada a convertirse en la Madre de Dios mismo?
La respuesta nos llevará del misterio de la maternidad a la santidad singular de María, y nos permitirá comprender por qué, en la historia de la fe católica, la veneración de la Madre nunca pudo ser separada de la confesión del Hijo.
Fin
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 29 de setiembre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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