Marco Tosatti
Estimados StilumCuriales, Giulio Ferri, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre un tema que siempre inquieta el corazón de los creyentes. Disfruten la lectura y la difusión.
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Cuando Dios calla: el hambre de su Palabra
por Giulio Ferri
Amós 8, 11 y el hambre más terrible del hombre contemporáneo
«He aquí, se acercan días, dice el Señor Dios, en los que enviaré hambruna al país, no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír las palabras del Señor» (Am 8, 11).
Hay versículos de la Sagrada Escritura que parecen pertenecer al pasado y que, en cambio, se vuelven terriblemente presentes cuando los releemos con los ojos de la fe. Amós 8, 11 es uno de ellos. De hecho, quizá es uno de los textos proféticos que describen con mayor precisión la crisis espiritual de nuestro tiempo. No porque hoy haya escasez de alimentos, al menos en gran parte del mundo occidental. No porque nos falten palabras, dado que vivimos inmersos en un océano incesante de informaciones, opiniones, imágenes, consignas, comentarios y mensajes. Pero precisamente por esta razón el juicio de Amós parece aún más inquietante: el hombre puede estar rodeado de palabras y, al mismo tiempo, morir de hambre de la Palabra, es decir, del verdadero sentido de la vida.
El profeta no está simplemente describiendo una temporada de silencio, sino que está anunciando una forma de castigo espiritual: llegará un momento en el cual el problema no será que Dios no tenga nada más que decir, sino que el hombre ya no logrará escucharle. Es una distinción decisiva: Dios sigue hablando, pero, en cambio, el hombre puede perder la capacidad de escuchar. En sentido absoluto, El silencio de Dios no existe, excepto en el infierno. La Sagrada Escritura afirma de hecho que Dios se deja encontrar por quienes le buscan con un corazón sincero (Jer 29, 13).
Aquí se abre una de las preguntas más dramáticas de la vida cristiana contemporánea. Podemos tener iglesias abiertas y numerosas comunidades, podemos producir documentos, organizar reuniones, multiplicar conferencias, publicar libros y llenar las redes sociales de contenido religioso. Y, sin embargo, puede darse lo que Amós ya había vislumbrado: el hambre por la Palabra de Dios.
Por tanto, el texto de Amós no debe leerse solamente como una página en la historia de la profecía judía. Es una palabra dirigida a la conciencia de la Iglesia. Y quizás precisamente por esta razón nos incomoda.
Amos no era un hombre de la corte, ni un teólogo profesional en el sentido moderno de la palabra. Era un pastor llamado por Dios a pronunciar una palabra incómoda contra un pueblo que aparentemente se había asentado en la prosperidad, la seguridad y la religión. El problema de Israel no era el ateísmo. Era algo mucho más sutil: una religiosidad que podía seguir funcionando externamente mientras el corazón se alejaba de Dios.
Esto es lo que hace que Amós sea extraordinariamente actual. La verdadera crisis de fe no comienza cuando el hombre deja de hablar de Dios. Comienza cuando sigue hablando de Dios, pero sin escucharlo.
La profecía del hambre de la Palabra está insertada en una sección del libro en la que el Señor denuncia la infidelidad de Israel. El pueblo incluso ha transformado el culto en un ambiente ajeno a la conversión. Las festividades religiosas se convierten en una molestia porque interrumpen los negocios; los pobres son aplastados; el dinero se convierte en la medida de todo; la injusticia se normaliza. Es entonces cuando la palabra profética pronuncia el juicio.
Y aquí surge una verdad teológica fundamental: la Palabra de Dios no puede estar separada de la verdad de la vida.
No se puede pretender escuchar a Dios manteniendo deliberadamente la injusticia. No se puede buscar consuelo espiritual al mismo tiempo que se rechaza la verdad moral. No se puede invocar el Evangelio y al mismo tiempo construir una vida en la que el Evangelio no tiene derecho a juzgar nuestras elecciones. Es por eso que Amós nos recuerda que la Palabra no es un sonido religioso. Es una palabra que llama, juzga, corrige, salva y convierte.
Por esta razón, el “hambre” de Amós es una categoría espiritual muy poderosa. El hambre surge cuando falta algo esencial. Y el ser humano puede sobrevivir sin muchas cosas; pero no puede vivir verdaderamente sin una palabra capaz de decirle quién es, de dónde viene, hacia qué camina y cuál es el significado último de su existencia.
La modernidad ha producido una cantidad impresionante de conocimiento, pero el conocimiento no coincide con la sabiduría. Hemos aprendido a comunicarnos instantáneamente con todo el planeta, pero no necesariamente a escuchar. Tenemos instrumentos extraordinarios para hablar, pero hemos ido perdiendo progresivamente el gusto por el silencio. Y sin silencio se vuelve casi imposible escuchar una palabra que no sea nuestra.
Este es el punto en que el teólogo debe dejar espacio para lo místico. Porque la Palabra de Dios no es solamente una serie de contenidos que hay que comprender. Es, ante todo, Alguien a quien encontrar. El cristianismo, de hecho, lleva esta profecía de Amós a una plenitud que el profeta aún no podía contemplar. La Palabra de Dios tiene un rostro. «La Palabra se hizo carne» (Jn 1, 14).
La Palabra que Israel escuchó en la historia, que los profetas recibieron y transmitieron, que la Escritura conserva y custodia, en el Nuevo Testamento se convierte en el Hijo eterno del Padre, Jesucristo. Desde este punto de vista, Amós 8, 11 adquiere una profundidad casi vertiginosa. El hambre de escuchar la Palabra no es, en última instancia, sólo la nostalgia de una enseñanza divina: es hambre de Cristo. Y es precisamente aquí donde la dimensión mística se vuelve inseparable de la teología.
El alma cristiana puede, de hecho, encontrarse en una situación paradójica: tener muchísima información religiosa y muy poca intimidad con Dios. Puede conocer fórmulas, discusiones, controversias, apariciones, interpretaciones, disputas teológicas e incluso citas de la Sagrada Escritura, sin haber aprendido realmente a escuchar la voz del Señor. La mística cristiana comienza cuando la Palabra deja de ser sólo un texto que estudio y se convierte en una presencia ante la cual me sitúo.
Es el paso del conocimiento a la adoración.
Y es un pasaje delicado, porque nos obliga a reconocer algo que el hombre contemporáneo apenas puede soportar: no somos nosotros quienes determinamos lo que Dios debe decirnos. La Palabra de Dios no es un material que podamos acomodar a nuestros deseos. No es una materia prima para adaptar a las ideologías del momento. No es una confirmación religiosa de nuestras convicciones personales. Es Dios quien habla, y en consecuencia, es el hombre quien debe aprender a escuchar.
Esto no significa, por supuesto, que toda interpretación subjetiva de la Biblia deba ser aceptada como la voz de Dios. Al contrario. Precisamente porque la Palabra es divina, requiere una Iglesia que la custodie, una Tradición que preserve su significado, un Magisterio que la interprete auténticamente y una vida sacramental en la que esa Palabra pueda convertirse en vida.
Aquí el dato teológico y el dato místico se encuentran una vez más. La Palabra escuchada en la Iglesia conduce a los Sacramentos. Los Sacramentos hacen presente la gracia de Cristo. La gracia transforma la vida. Y una vida transformada se convierte a su vez en un testimonio de la Palabra.
Cuando este circuito se rompe, la fe se empobrece. Por un lado, podemos tener una religión reducida a una experiencia emocional: mucha intensidad, poca verdad. Por otro lado, podemos tener una religión reducida a un sistema intelectual: mucha precisión conceptual, poca oración. El catolicismo auténtico no acepta ninguna de estas dos reducciones. La verdad debe convertirse en vida, y la vida debe ser iluminada por la verdad.
En consecuencia, Amós nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿seguimos hambrientos de la Palabra de Dios? No es lo mismo que preguntarnos si asistimos a la Iglesia, si leemos algún texto religioso o si a menudo discutimos problemas eclesiales. El hambre de la Palabra es algo más profundo: es ese deseo interior por el que el alma siente que no puede vivir sin Dios.
San Agustín lo expresó en términos memorables cuando confesó que el corazón humano permanece inquieto hasta que descansa en Dios. En el fondo, esa inquietud es una forma de hambre. Y la mística cristiana conoce bien esta experiencia: cuanto más el alma encuentra a Dios, más descubre su propia incapacidad para poseerlo completamente y más crece el deseo en ella.
Paradójicamente, la verdadera experiencia de Dios no elimina el hambre espiritual: la purifica y la hace más profunda. Por esta razón, existe también una “noche” espiritual en la que el alma ya no escucha claramente la voz del Señor. Pero aquí debemos ser prudentes. La noche mística de los santos no coincide con la indiferencia religiosa del hombre contemporáneo. En el primer caso, el alma sigue buscando a Dios incluso cuando no lo percibe; en el segundo, el hombre a menudo ya ni siquiera siente la necesidad de buscarle.
Son dos situaciones radicalmente diferentes.
En el lenguaje de Amós, la carencia de la Palabra podría entonces ser el momento en el que Dios permite al hombre experimentar las consecuencias de su sordera. No se dice que Dios haya dejado de hablar. Es posible que el hombre haya perdido progresivamente el gusto de su voz.
Y esto nos preocupa profundamente. Vivimos en una época en la que el ruido se ha convertido en una condición casi permanente de existencia. El smartphone nos acompaña en la cama, en el coche, en la mesa, mientras esperamos, incluso en lugares sagrados. Las notificaciones interrumpen el pensamiento. La información anticipa la reflexión. La reacción inmediata reemplaza al discernimiento. Todo debe ser rápido, visible, comentable.
Pero la Palabra de Dios no se impone con el ruido. Dios puede hablar en una liturgia solemne, ciertamente, mediante una predicación, a través de un versículo de la Sagrada Escritura o por medio de un sacramento. Pero a menudo la voz de Dios se reconoce solamente cuando el corazón se ha vuelto suficientemente silencioso.
El problema, entonces, no es sólo que el mundo no escuche a Dios. El problema es que también el cristiano corre el riesgo de no tener ya el silencio interior necesario para reconocerle. Y aquí Amós se convierte casi en una profecía sobre la Iglesia. Podríamos ser la generación con mayor disponibilidad material hacia la Biblia y, al mismo tiempo, una de las generaciones menos capaces de asimilar verdaderamente su palabra. La Escritura está disponible en todas partes. ¿Pero cuánto entra realmente en la vida?
Podemos poseer la Palabra sin dejarnos poseer por la Palabra. Es una diferencia enorme. Un cristiano puede leer el Evangelio para saber qué pensar; el discípulo lo lee para permitir que Cristo transforme lo que él es. La diferencia entre ambas cosas es precisamente la diferencia entre el estudio y la conversión.
Esto no significa en absoluto que el estudio teológico sea secundario. Al contrario. La fe católica no teme a la razón. La teología es necesaria para que la fe pueda ser pensada rigurosamente, defendida de las deformaciones y transmitida fielmente. Pero la teología que no conduce a la contemplación corre el riesgo de convertirse en una ciencia sin adoración.
En este sentido, el verdadero teólogo debe ser también un hombre de oración. Y el verdadero místico nunca debe ser un hombre carente de verdad. La Iglesia no necesita ni una teología desencarnada ni una espiritualidad sin dogma. Necesita hombres y mujeres en quienes la verdad creída se convierta en vida contemplada y la vida contemplada se refiera continuamente a la verdad.
Y quizás es precisamente aquí donde la profecía de Amós toca el punto más profundo. La pregunta no es solamente si en nuestro tiempo todavía hay predicaciones, Biblias, homilías o discursos religiosos. La pregunta es si hay todavía corazones dispuestos a dejarse juzgar y convertir por la Palabra. Porque la Palabra de Dios, cuando se la escucha realmente, no nos deja como nos encontró.
Entra en la conciencia, ilumina lo que preferiríamos ocultar, pone orden en nuestros deseos y devuelve un nombre a las cosas. Quienes la escuchan realmente no reciben simplemente información sobre Dios: empiezan a verse a sí mismos a la luz de Dios. Y es aquí donde el teólogo y el místico acaban encontrándose. El teólogo sabe que esa Palabra es verdadera. El místico descubre que esa Palabra está viva. El teólogo intenta comprender el misterio. El místico se deja transformar por ese misterio.
El primero ejerce la razón ante la Revelación; el segundo entrega a Dios todo lo que ha comprendido. Pero ambos, si son auténticos, alcanzan el mismo umbral: la adoración., porque esa Palabra no ha permanecido como una voz lejana. «La Palabra se hizo carne».
El hambre anunciado por Amós encuentra así su cumplimiento en Cristo. No sólo necesitamos que Dios nos hable: necesitamos encontrarnos con el Dios que ha elegido hablar al hombre haciéndose hombre. Quizá por esta razón, en una civilización hambrienta de sentido, el gesto más contracorriente no es añadir otra voz al ruido. Es volver al Evangelio con la humildad de quien sabe que no posee ya la respuesta.
Abrir la Sagrada Escritura. Entrar en el silencio. Escuchar. Y dejar que sea Cristo, no nosotros, quien tenga la última palabra. Porque la hambruna más terrible no es la de quienes no tienen palabras. Es la de quienes han olvidado que tienen hambre de la Verdad. Y la buena noticia, a pesar de todo, es que esta hambre aún puede ser despertada. Solamente es suficiente con un corazón que empiece a escuchar de nuevo.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 7 de setiembre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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