Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Giulio Ferri, a quien agradecemos de corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre la “sinodalidad”. Disfruten la lectura y difundan.
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Sinodalidad permanente: ¿hacia qué Iglesia estamos yendo?
Nota introductoria:
La “sinodalidad”, como demuestra el reciente documento vaticano a las diócesis, es el caballo de Troya para la protestantización y secularización del Catolicismo. Una mutación genética de desestructuración de la Iglesia que es inaceptable para un verdadero católico. La sinodalidad es como un veneno que parte del centro, es decir, del Vaticano, para infectar todo el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. El resultado final ya es visible en lo que está ocurriendo en la Iglesia alemana. Será un proceso más o menos largo, pero inexorable. ¡No hay escapatoria!
por Giulio Ferri
El Vaticano ha publicado las nuevas directrices para la fase de evaluación del Sínodo sobre la Sinodalidad, prevista en el transcurso de 2027. Cada diócesis deberá organizar asambleas locales para verificar cómo se ha recibido el Documento Final del Sínodo, redactar un informe para ser enviado a Roma y describir las transformaciones que se han producido en los procesos de toma de decisiones, en los órganos participativos y en las estructuras eclesiales.
Hasta aquí se podría pensar en un ejercicio normal de verificación pastoral. Pero al leer detenidamente el documento, surge una perspectiva mucho más amplia. La sinodalidad no se presenta como una experiencia circunscrita en el tiempo, sino como un principio destinado a moldear permanentemente la identidad de las Iglesias locales, su modo de gobernar, de decidir e incluso de concebirse a sí mismas. Este es el hecho que considero que merece una reflexión seria.
El primer elemento que llama la atención es la naturaleza permanente del proceso. Las directrices hablan de una identidad eclesial que debe ser moldeada progresivamente a través de “elecciones, dinámicas, prácticas y estructuras sinodales”. El lenguaje no describe simplemente un método pastoral, sino un paradigma destinado a influir en la forma misma de la vida eclesial.
Aquí surge una primera pregunta. Si la Iglesia ya posee una constitución divina recibida de Cristo, ¿hasta qué punto pueden replantearse continuamente sus estructuras fundamentales? En la tradición católica, el gobierno de la Iglesia no es el resultado de una evolución sociológica, sino que pertenece, al menos en sus elementos esenciales, a la voluntad del Señor. Sin duda existe un desarrollo histórico de las formas concretas, pero este desarrollo está llamado a preservar la naturaleza jerárquica y sacramental de la Iglesia, no a redefinirla.
Un segundo aspecto se refiere al método de la llamada “conversación en el Espíritu”, que debería caracterizar a las asambleas diocesanas. Ningún católico puede oponerse a la escucha mutua o al discernimiento comunitario, ya que pertenecen a la vida de la Iglesia desde sus orígenes. Sin embargo, en la tradición católica el discernimiento espiritual no nace simplemente del diálogo entre los participantes. Nace ante todo de la escucha de la Palabra de Dios, de la fidelidad a la Tradición, de la oración, de la vida sacramental y de la docilidad al Magisterio. Cuando el método corre el riesgo de sustituir al contenido, el peligro es que el proceso sea percibido como fuente de la verdad, en lugar de un instrumento para reconocerla.
Un tercer punto se refiere a la invitación a involucrar, como observadores, a representantes de otras denominaciones cristianas e incluso de otras religiones. Comprendo el valor del diálogo y del conocimiento recíproco. La Iglesia siempre ha distinguido el respeto que se debe a cada persona de la renuncia a su propia identidad. Sin embargo, me pregunto cuál es el significado eclesiológico de una evaluación de la vida interna de la Iglesia Católica en presencia de observadores pertenecientes a tradiciones religiosas que no comparten su fe. El riesgo no es tanto escuchar otras voces, sino atenuar la conciencia de que la Iglesia recibe su identidad de Cristo y no del consenso de las culturas religiosas.
Especial atención merecen también las referencias al acceso de los fieles laicos a roles de liderazgo que no requieren el sacramento del Orden Sagrado. Es bueno recordar que los laicos siempre han llevado a cabo una misión insustituible en la Iglesia. El Concilio Vaticano II ilustró con gran claridad la dignidad de la vocación laica. El problema no es, por tanto, valorar a los laicos. El problema surge cuando se corre el riesgo de leer la Iglesia a través de categorías predominantemente organizativas, en las que el tema central se convierte en la distribución de responsabilidades y poderes. La Iglesia no es una democracia representativa, es una comunión jerárquica fundada en los Sacramentos.
Hay además un elemento que considero especialmente significativo. Las mismas directrices citan a León XIV, según quien la sinodalidad “no es una serie de reuniones ni un método de trabajo.” Sin embargo, el documento está constituido casi en su totalidad de procedimientos, cronogramas, modelos organizativos, plazos, informes y comprobaciones. Es difícil no percibir cierta tensión entre la declaración de principios y el enfoque concreto del texto.
Sin embargo, mi preocupación no se refiere simplemente a algunos aspectos organizativos. Es más profunda. Tengo la impresión de que el término “sinodalidad” está asumiendo progresivamente el rol de categoría interpretativa general de la vida eclesial. Durante siglos, el centro de la reflexión católica ha sido Cristo. De Él derivan la Iglesia, los sacramentos, el Magisterio y la misión evangelizadora. Pero hoy en día el léxico eclesial parece girar cada vez más en torno a la sinodalidad. Cuando una categoría pastoral tiende a convertirse en la clave a través de la cual releer cada dimensión de la vida de la Iglesia, es legítimo preguntarse sobre la correcta relación con el Depósito de la Fe.
No creo que haya que rechazar necesariamente cada propuesta relacionada con el Sínodo. Eso sería una simplificación injusta. Existen aspectos positivos, como el deseo de una mayor corresponsabilidad, una escucha más auténtica y una participación más consciente de los fieles. Sin embargo, toda reforma debe ser evaluada a la luz de la Tradición apostólica. No es la Tradición la que debe ser reinterpretada según el paradigma sinodal; es el paradigma sinodal el que debe ser verificado continuamente a la luz de la Tradición.
La historia de la Iglesia enseña que las crisis más profundas no han surgido de la ausencia de reformas, sino de reformas que han perdido su fundamento teológico. Cada renovación católica auténtica, desde San Benito hasta San Francisco de Asís, desde Santa Teresa de Ávila hasta San Pío X, comenzó con un regreso más radical a Cristo, no con una redefinición de la naturaleza de la Iglesia.
Es por este motivo que considero que el debate sobre la sinodalidad no puede limitarse a cuestiones de procedimientos. La pregunta decisiva es otra: ¿las transformaciones propuestas ayudan a la Iglesia a custodiar y transmitir con mayor fidelidad el Depósito de la Fe recibido de los Apóstoles? Si la respuesta es positiva, darán fruto. Si, por el contrario, el proceso llegara a oscurecer, aunque sea involuntariamente, la centralidad de la Tradición apostólica y de la constitución sacramental de la Iglesia, entonces el riesgo sería el de un cambio profundo de la autoconciencia eclesial.
La Iglesia siempre ha sabido renovarse. Pero lo hizo sin dejar de ser ella misma. Este es el desafío que todas las épocas, incluida la nuestra, están llamadas a afrontar.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 3 de agosto de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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