¿Destrucción o autodestrucción? Suicidio espiritual y físico de Europa. Julio Loredo

 

Marco Tosatti

 

Estimados StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención este artículo de Julio Loredo, a quien agradecemos por la cortesía. Feliz lectura y difusión.

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¿Destrucción o autodestrucción?  

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por Julio Loredo

 

Recientemente, se publicó en Washington el documento programático titulado “Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de América“, en el que la presidencia de Trump traza un panorama de la situación internacional desde el punto de vista de la seguridad de Estados Unidos. Hablando de Europa, el documento afirma: “Los funcionarios estadounidenses tienden a pensar en los problemas de Europa en términos de gasto militar insuficiente y estancamiento económico. Esto es en parte cierto, pero los verdaderos problemas son más profundos. (…) El declive económico queda eclipsado por la perspectiva real y resonante de la aniquilación de la civilización” (p. 25).

Por la reacción de muchos grandes medios de información y de conocidos intelectuales europeos, parece claro que el documento de la administración Trump ha tocado una fibra sensible. ¿Fue una advertencia amistosa o más bien una señal de distanciamiento e incluso abandono de la otra costa atlántica, que ridiculiza un guiño simétrico opuesto a China y Rusia?

El tiempo aclarará las cosas, y tendremos que tener en cuenta en particular la imprevisibilidad del presidente estadounidense.

Unos días antes, firmado por Milena Gabanelli y Claudio Gatti, el Corriere della Sera había publicado un artículo a página completa titulado “Eje oculto Estados Unidos-Rusia. ¿Quién conspira contra la UE?”. Los autores denuncian una conspiración internacional para “desintegrar” la Unión Europea, encabezada, según ellos, por Vladimir Putin y Donald Trump.

Mientras tanto, un análisis desapasionado del documento de Donald Trump, al menos en algunos pasajes relacionados con Europa, puede concluir que, dejando la geopolítica a un lado, contiene una advertencia saludable para Europa: si continúas por este camino, corres el riesgo de destruir tu civilización”. “Si las tendencias actuales continúan -se lee en el documento- el continente será irreconocible dentro de 20 años” (p. 25). El documento es quizás contradictorio, pero no parece querer esta tendencia cuando afirma claramente: “Queremos apoyar a nuestros aliados en la preservación de la libertad y seguridad de Europa, mientras restauramos su confianza en sí misma, en su civilización y en su identidad occidental” (p. 5). El mismo título del capítulo que contiene las palabras consideradas “ofensivas” es: “Para promover la grandeza europea”. En resumen, una especie de Haz a Europa Grande de Nuevo.

Sin estar de acuerdo con todo el documento (especialmente si pretendía desprender los dos pulmones de Occidente), parece que la intervención de Trump en este pasaje nos lleva a una reflexión cada vez más urgente: ¿A dónde nos está llevando esta Unión Europea? ¿Es esta la Europa que queremos? ¿Cuál es la tarea de los católicos en este momento?

Un primer malentendido es identificar esta Unión Europea con Europa. Europa existe desde que Carlomagno unificó gran parte de Europa Occidental y Central en el siglo VIII, creando un vasto imperio, promoviendo el cristianismo y un renacimiento cultural, lo que le valió el título de “Padre de Europa” y “Rex Europae”. En todo caso, en realidad, esta Unión Europea es la antítesis del Imperio Carolingio.

Si queremos profundizar aún más, podemos llegar hasta San Benito, también llamado “Padre de Europa” porque forjó el espíritu que es su fundamento, precisamente la espiritualidad benedictina, la cual se difundió luego por todo nuestro continente a través de la vida monástica. En todo caso, esta Unión Europea es la antítesis del espíritu benedictino.

Europa alcanzó un punto histórico en la civilización cristiana medieval, es decir, la Cristiandad, una era, en palabras del papa León XIII, “en la que la filosofía del Evangelio gobernaba la sociedad. (…). La sociedad extrajo de ese ordenamiento frutos inimaginables, cuya memoria perdura y perdurará, transmitidos a innumerables monumentos históricos que ningún mal arte de los enemigos puede falsificar u oscurecer” (Encíclica Inmortal Dei). Esta civilización cristiana se extendió luego por todo el mundo. En realidad, esta Unión Europea es la antítesis de la civilización cristiana y de su obra evangelizadora y civilizadora.

En consecuencia, dejemos de dividir a las personas entre “pro-europeos” y “anti-europeos”. Los católicos no quieren destruir Europa. Al contrario, quieren hacerla resurgir en todo su esplendor. Y el camino para esto es diametralmente opuesto al que ha tomado esta Unión Europea.

Entonces, me pregunto: ¿cuál es la necesidad de una conspiración para destruir la Unión Europea si se está autodestruyendo?

La Unión Europea se autodestruye cuando se niega a incluir las raíces cristianas de Europa en su Constitución, negando así la identidad misma de nuestro continente. Un árbol sin raíces es una realidad sin identidad, destinada tarde o temprano a morir. “La identidad europea es incomprensible sin el Cristianismo”, enseña Juan Pablo II. “Es precisamente en él donde encontramos esas raíces comunes de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria” (Acto europeo en Santiago de Compostela, 9 de noviembre de 1982).

La Unión Europea se autodestruye cuando, al mismo tiempo que se abre a todo tipo de manifestaciones religiosas foráneas, intenta inhibir el uso de los símbolos cristianos. Recordemos la sentencia del Tribunal Europeo que, en 2009, advirtió a Italia sobre la exhibición de crucifijos en lugares públicos, ya que “viola la libertad de pensamiento y religión de los no creyentes”. O la presentadora británica, despedida porque llevaba una cruz colgada al cuello.

La Unión Europea se autodestruye cuando da la espalda a su propia civilización, en nombre de un “multiculturalismo” que acepta todas las culturas… excepto la europea. Tenía razón el cardenal Ratzinger cuando escribió: “Aquí hay un odio de sí mismo por parte de Occidente que es extraño y que sólo puede considerarse algo patológico; Occidente ya no se ama a sí mismo; de su historia ahora sólo ve lo deplorable y destructivo, mientras que ya no es capaz de percibir lo que es grande y puro” (Lectio magistralis sobre la crisis de Occidente, Roma, 1 de mayo de 2004, Universidad Pontificia de Letrán).

La Unión Europea se autodestruye cuando exige a los Estados miembros matar a niños inocentes en el vientre materno mediante abortos, llegando incluso a amenazar con sanciones contra quienes no aceptan este suicidio demográfico.

La Unión Europea se autodestruye cuando emprende una verdadera guerra contra la célula fundamental de la sociedad: la familia. “Nos encontramos en una Europa en la que la desintegración de la familia se está haciendo cada vez más fuerte”, advirtió Juan Pablo II en 1981. Y también en este caso, amenaza con sanciones contra los Estados miembros que no acepten las políticas anti-familiares, ante todo la agenda LGBTQ. Recordemos, por ejemplo, cómo en 2015 el Tribunal Europeo condenó a Italia por la falta de una ley que permitiera el “matrimonio” entre personas del mismo sexo.

La Unión Europea se autodestruye cuando, mientras promueve políticas de bajas tasas de natalidad para los europeos, favorece la inmigración descontrolada, especialmente la que proviene de países musulmanes, alterando profundamente la estructura religiosa del continente. En Inglaterra, el Estado ya acepta tribunales islámicos, que siguen la Sharia en lugar del British Common Law. Mientras que en Francia la Gendarmería se ve obligada a publicar cada año la lista de las Zonas Urbanas Sensibles, un eufemismo para designar los barrios dominados por musulmanes donde ni siquiera la policía puede entrar.

La Unión Europea se autodestruye cuando, movida por una codicia ideológica por la agenda “verde”, impone regulaciones medioambientales tan estrictas que, en la práctica, asfixian la industria europea, que por ello se ve obligada a trasladarse, por ejemplo, a China, contribuyendo así al desarrollo de ese país comunista mientras nuestro continente se consume.

La Unión Europea se autodestruye cuando impone un manto tan grueso de regulaciones en todos los ámbitos (desde los coches eléctricos hasta los tapones de botella) que ahoga la libertad de los ciudadanos, creando en la práctica lo que Vladimir Bukowski llamó, en 2005, la Unión de Repúblicas Soviéticas Europeas.

Podríamos seguir páginas y páginas. La inversión de esta realidad es la única forma de que los hechos demuestren que el documento de la administración estadounidense es correcto cuando dice que Europa se encamina hacia la destrucción de su civilización.

Todavía es momento de reaccionar, especialmente si contamos con la ayuda de la gracia divina. En lugar de llorar por nuestro destino, o peor aún, desear el fin de nuestra civilización, debemos recordar las palabras de Juan Pablo II en Santiago de Compostela en 1982: “Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. ¡Reconstruye tu unidad espiritual!”.

 

Publicado en italiano por Marco Tosatti el 19 de diciembre de 2025, en https://marcotosatti.com/2025/12/19/distruzione-o-autodistruzione-suicidio-spirituale-e-fisico-delleuropa-julio-loredo/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

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