Marco Tosatti
Muy estimados StilumCuriales, Cinzia Notaro, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre la práctica del aborto legalizado. Disfruten la lectura y difundan.
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El derecho inviolable a la vida del niño no nacido
¿Qué ocurre cuando el hombre se rebela contra el orden natural y moral que el Señor ha grabado en su corazón?
Separado de la verdad, de la ley natural y de Dios, su conciencia perdida se vuelve incapaz de distinguir el bien del mal. La sabiduría se pierde progresivamente: ya no llama más al mal por su nombre, el pecado se justifica y ya no se lo considera una herida del alma, el llamado moral se convierte en opresión, el bien en un obstáculo para la libertad que no debe tener límites… de tal manera que se vuelve cada vez más inquieto y hostil.
San Pablo describe esta condición en la Carta a los Romanos: “Ellos cambiaron la verdad de Dios por la mentira” (Rm 1, 25).
Y también: “aun cuando conocieron a Dios y no lo glorificaron como Dios, … sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su mente insensata se oscureció” (Rm 1, 21).
Negar la existencia de una verdad objetiva, según el principio aristotélico de no contradicción, en nombre del nihilismo y del relativismo, hace al hombre esclavo de las pasiones, del egoísmo, del orgullo y de la codicia de poder, hasta el punto de hacerle perder el sentido de la justicia y de la sacralidad de la vida. Rechazar este principio significa hacer imposible el pensamiento racional, el diálogo y la justicia. Si todo es relativo, entonces nada puede ser realmente justo o erróneo.
El ser humano no puede vivir solo de materia, consumo y placer. En el corazón del hombre hay una sed de infinito que ninguna ideología puede saciar: “El corazón del hombre está inquieto hasta que descansa en Ti” – “El pecado es el amor de sí mismo hasta el punto despreciar a Dios” (San Agustín).
Al sustituir a Dios y ponerse en su lugar, el ser humano pierde su humanidad hasta llegar incluso a contradecirse. De hecho, ¿cómo concilia el “derecho a la vida” con el “aborto”?
Mientras varios movimientos ideológicos se proclaman defensores de los débiles, de los indefensos y de las minorías, olvidan al más inocente e indefenso de todos: el niño todavía no nacido.
¿Quién da al hombre el derecho a decidir quién puede vivir y quién no? ¿Quién puede arrogarse el poder de interrumpir una vida que ya lleva dentro de sí una identidad única e irrepetible, un alma y un futuro?
¿El niño no nacido no es quizás también un ser humano? ¿No tiene quizás un corazón que late, una herencia genética distinta, una dignidad propia?
¿Deberíamos quizás admitir que ningún derecho puede llamarse universal si el derecho a la vida no pertenece también al niño no nacido? Defender toda forma de derecho a la vida y negar el de los más frágiles equivale a contradecirse moralmente.
¿El derecho a la vida depende quizás de la voluntad de los demás? ¿La vida es un derecho sólo cuando es acogida en el vientre materno? ¿Puede quizás reducirse a un capricho? ¿Qué pasó con los principios innegociables? El niño en el vientre materno no tiene voz, no puede protestar, no puede luchar por su vida y, por esta razón, debería ser el primero en ser protegido. Es una sentencia de muerte para un inocente. Es la supresión de una vida humana de valor infinito.
La Sagrada Escritura afirma: “Antes de formarte en el vientre materno, te conocí” (Jer 1, 5)
Y también: “Me tejiste en el seno de mi madre” (Salmo 139, 13).
Desde los primeros siglos, el cristianismo defendió la sacralidad de la vida por nacer. La Didache enseña: «No matarás al niño con el aborto, y no harás morir al recién nacido».
San Juan Pablo II escribió: “El aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender que sean legítimos“.
La Madre Teresa de Calcuta pronunció palabras durísimas pero proféticas: “Si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué me impide matarte a ti y tú a mí?“.
¿Se sigue considerando al ser humano una criatura con un alma con la que debe rendir cuentas a Dios en el día del juicio o se le considera un simple consumidor que sigue sus propios placeres?
Cuando la libertad se separa de la verdad, la tolerancia se convierte en indiferencia, el amor es reemplazado por la gratificación momentánea, los defensores de la vida y de la familia son acusados de fanatismo, estamos en total oscuridad.
Fiódor Dostoievski había comprendido trágicamente esta consecuencia: “Si Dios no existe, entonces todo está permitido“.
Es difícil comprender que sin la verdad no hay libertad; sin una moral objetiva, ¿los más fuertes prevalecerán sobre los más débiles?
Cristo dijo: “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32).
En un mundo que relativiza todo, defender la verdad se ha convertido en un acto revolucionario.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 30 de mayo de 2026, en https://marcotosatti.com/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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