Marco Tosatti
Muy estimados Stilum Curiales, ofrecemos a vuestra atención la homilía que el arzobispo Carlo Maria Viganò pronunció con motivo de Pentecostés. Disfruten la lectura y difundan.
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BEATA GENS
Homilía en el domingo de Pentecostés
Beata gens, cujus est Dominus Deus ejus.
[12¡Dichoso el pueblo que tiene por Dios a Yahvé, […]!]
Sal 32, 12
La Santa Iglesia se alegra al celebrar hoy el histórico suceso del descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y María Santísima, cincuenta días después de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. El grado de esta fiesta es igual al de la Santa Pascua, y en la víspera de este día bendito —según los ritos anteriores a la infausta reforma de la Semana Santa por obra de Annibale Bugnini— se celebra justamente una Vigilia, como en el Sábado Santo, con el canto de las Profecías y una liturgia bautismal idéntica. El Cirio Pascual reaparece durante esta noche de gracia, símbolo del Verbo Encarnado, la Luz del mundo (Jn 8, 12). Y en el florecer del mes de mayo, Pentecostés fue llamada la Pascua de las rosas, porque sus pétalos bermellón recuerdan las llamas que descendieron sobre cada uno de los ciento veinte discípulos reunidos en el Cenáculo.
Por lo tanto, celebremos al Espíritu Santo; al Paráclito, al divino Consejero del alma; al Señor Vivificador, que da la vida, el aliento vital – πνεῦμα, en griego. La Tercera Persona de la Santísima e Indivisa Trinidad: ese amor divino que respira entre el Padre y el Hijo de tal manera sublime que Él también es Dios, Qui ex Patre Filioque procedit, que procede del Padre y del Hijo. Este Amor, queridos hermanos, es Dios. Deus caritas est, dice San Juan (1Jn 4, 16). Dios es caridad, Dios es amor; y quien permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él. Un Amor que, al ser divino, no puede no querer comunicarse a sí mismo. No puede evitar querer dar la vida. No puede no crear, redimir y santificar. Porque en Dios, el Amor — la Caridad — es Su esencia misma. Una Caridad fundada en la Verdad, como en la llama, el calor y la luz son distintos pero provienen del mismo fuego.
Spiritus ubi vult spirat (Jn 3, 8), el Espíritu sopla donde quiere: estas son palabras del Evangelio, que Nuestro Señor dirigió a Nicodemo, que adquieren el significado correcto sólo si las lee después de la frase que las precede: Si no se nace del agua y del Espíritu, no se puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es el Espíritu (ibid., 5-6). Y, sin embargo, hay quienes —en una “Iglesia” que quiere inspirarse en un “nuevo Pentecostés”— que quisieran forzar al Espíritu Santo a soplar no donde Él quiere, sino donde los rebeldes y herejes quieren, para ratificar lo que nace de la carne. Presentan como obra del Paráclito sus fraudes, sus errores doctrinales, la primavera conciliar, el camino sinodal, las diaconisas y obispas, las bodas sodomíticas, el panteón ecuménico, el culto a la Madre Tierra. ¿Pero cómo podría el Espíritu Santo promover lo que contradice lo que dijo a través de los Profetas y mediante la voz infalible del perenne Magisterio Católico? ¿Cómo podría el Espíritu de la Verdad enseñar la mentira? ¿Cómo podría el Consolador sembrar confusión y división entre sus fieles?
La Iglesia conciliar y sinodal —grotesca falsificación de la verdadera Iglesia de Cristo— llega a plasmar para sí misma un dios para su propio uso y consumo, un dios ecuménico e inclusivo, un dios que no pide conversión ni penitencia, un dios que no se encarnó para redimirnos con su propia Pasión, sino que “abdica” de su propia divinidad, por así decirlo, para dejarse sustituir por un hombre que se hace dios y que deifica consigo mismo una Magnifica humanitas rebelde, una dignitas infinita hecha de orgullo y de rechazo a la Cruz.
Frente a la apostasía de los líderes de la Jerarquía, el Espíritu Santo sigue soplando donde Él quiere, es decir, donde siempre ha querido y donde siempre querrá, perpetuando mediante la efusión de Sus dones la obra de creación, redención y santificación de la Santísima Trinidad. Una obra que la Santa Iglesia está llamada a realizar principalmente a través de los sacramentos. A esto son llamados los Apóstoles que recibieron el Espíritu Santo en el Cenáculo, y a esto son llamados sus Sucesores, quienes han recibido la plenitud del Sacerdocio que perpetúa el Orden Sagrado y la Santa Misa, corazón palpitante de la Iglesia, en la línea ininterrumpida de la Sucesión apostólica. Es a ellos a quienes Nuestro Señor ha confiado la tarea de derramar el Espíritu Santo, incluso cuando la crisis golpea los niveles más altos del cuerpo eclesial, incluso cuando en el Trono del Príncipe de los Apóstoles se sienta un usurpador que, abusando de una autoridad subvertida, favorece activamente la disolución e impide que los buenos pastores lleven a cabo su ministerio. El Espíritu Santo sopla donde Él quiere, donde siempre ha querido, donde siempre querrá: porque actúa con absoluta soberanía, de manera invisible pero inequívoca, y sin seguir los tortuosos caminos dictados por quienes actúan según la carne. Los frutos del Paráclito —arrepentimiento, conversión, paz, caridad y santidad— no se planifican en asambleas sinodales, en grupos de discusión, ni adulterando la Verdad o corrompiendo la Moral, ni con manipulaciones y mentiras. Él es Spiritus sapientiae, et intellectus. Spiritus consilii, et fortitudinis. Spiritus scientiae, et pietatis. Lo contrario exacto a cómo actúan el Príncipe de este mundo y sus siervos, dentro y fuera de la Iglesia.
Así como en la antigüedad se bendecía la Pila bautismal también en Pentecostés, así hoy hemos administrado el Santo Bautismo y la Santa Confirmación a nuestra amada Mary Isabella Rhye, el mismo día en que el Paráclito desciende sobre los discípulos.
Con el Bautismo y la Confirmación de Mary Isabella Rhye, Marcello y Rhye —que ya están legítimamente casados— perfeccionan su unión nupcial, que Cristo eleva como un signo visible de Su amor por la Iglesia. La Gracia Santificante, a través de los Sacramentos, es don del Espíritu Santo: es la ayuda sobrenatural con la que la Santísima Trinidad nos permite hacer el bien y evitar el mal, complaciéndose en multiplicar Sus Bendiciones si tan sólo somos dóciles a Sus consejos. ¡Qué insondable abismo de magnificencia para nosotros! El Padre nos reconoce como Sus hijos, Sus herederos y coherederos en Cristo (Rm 8, 17), en el Espíritu Santo. Y nosotros, en nuestra nada, podemos responder a esta magnificencia no con nuestros propios medios, sino con los Dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor a Dios. Es gracias a estos Dones sobrenaturales que la Majestad divina se digna armarnos en el combate de esta peregrinación terrenal. Y estas poderosas defensas nos son imploradas por la Santísima Virgen, Esposa del Paráclito, Mediadora de todas las Gracias, que tuvo el privilegio de recibir el Espíritu Santo junto con los Apóstoles. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Es la oración del Cuerpo Místico, la oración de la Iglesia militante, la oración de quienes se preparan en el ascetismo y en el ayuno para el combate contra el enemigo del alma.
El Gradual de esta Misa exclama con el salmista: Bendita sea la nación cuyo Dios es el Señor. Verdaderamente bendecida esta nación: compuesta por ciudadanos del Cielo, en peregrinación en tierras hostiles, fortalecidos por la Gracia santificante, alimentados por el alimento sobrenatural de la Santísima Eucaristía. Esta nación, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, está hoy sitiada y eclipsada por usurpadores. Pero serán los corazones divinamente inflamados de Fe, de Esperanza y de Caridad los que prepararán el triunfo del Inmaculado Corazón de María, el regreso glorioso del Señor y la derrota definitiva del enemigo infernal.
Queridos hermanos, hagamos nuestra la Oración de Postcomunión de esta Misa: Sancti Spiritus, Domine, corda nostra mundet infusio: et sui roris intima aspersione fœcundet. Que la infusión del Espíritu Santo, oh Señor, purifique nuestros corazones y los haga fecundos con la íntima aspersión de su rocío. Y así sea.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Viterbo, 24 de mayo MMXXVI
Dominica Pentecostes
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 25 de mayo de 2026, en https://marcotosatti.com/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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