Homilía en la Fiesta de Todos los Santos. No deseen ser contados por el mundo. Monseñor Viganò

 

Marco Tosatti

Queridos StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención la homilía pronunciada por monseñor Carlo Maria Viganò con motivo de la Fiesta de Todos los Santos. Disfruten la lectura y la difusión.

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INTER SANCTOS SORS ILLORUM

Homilía en la Solemnidad de Todos los Santos

 

Post hæc vidi turbam magnam, quam dinumerare nemo poterat, 

ex omnibus gentibus, et tribubus, et populis, et linguis.

Después de esto vi una gran multitud, que nadie podía enumerar,

de cada nación, tribu, pueblo y lengua.

(Ap 7, 9) 

Gaudete autem quod nomina vestra scripta sunt in cælis.

Más bien, alégrense porque vuestros nombres están escritos en los cielos.

(Lc 10, 20)

 

El Censo de César y el Libro del Cordero

La noche en la que el Verbo se hizo carne, el mundo estaba ocupado contando: Exiit edictum a Cæsare Augusto, ut describeretur universus orbis —César Augusto emitió un edicto para hacer un censo de todo el mundo (Lc 2, 1). El que es el Nombre por encima de cada nombre fue inscrito, el primer día de su vida, entre los números del Imperio. El Imperio no sabía lo que estaba anotando, pero Dios sabía que, desde ese día, se había abierto otro registro.

Es de este registro que la Santa Iglesia nos habla hoy. San Juan, en sus visiones en Patmos, escucha primero una cifra, centum quadraginta quatuor millia signati —ciento cuarenta y cuatro mil marcados (Ap 7, 4); luego se da la vuelta y ve turbam magnam, quam dinumerare nemo poterat, una gran multitud que nadie podría contar (Ap 7, 9). Dios cuenta, pero no suma; cuenta llamando por el nombre: Qui numerat multitudinem stellarum, et omnibus eis nomina vocat —Él cuenta la multitud de las estrellas y les da un nombre a todas (Sal 146, 4). Por eso Nuestro Señor, al señalar a los discípulos la razón de su alegría, no dijo: alégrense porque son numerosos, sino Gaudete autem quod nomina vestra scripta sunt in cælis — más bien alégrense porque sus nombres están escritos en el cielo (Lc 10, 20).

Por lo tanto, me gustaría detenerme en una única antítesis, que abarca toda la historia: la que hay entre el Nombre y el Número. El Nombre es de Dios, el Número es de su adversario; y la santidad, que celebramos hoy, no es otra cosa que la fidelidad al primero contra la pretensión del segundo.

 

El número de la bestia

El Número tiene su propia lógica, y el Libro del Apocalipsis la describe con precisión: la Bestia impone a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, una marca, et ne quis possit emere aut vendere, nisi qui habet characterem, aut nomen bestiæ, aut numerum nominis ejus —y que nadie puede comprar ni vender salvo quienes tienen la marca, es decir, el nombre de la Bestia o el número de su nombre (Ap 13, 17). No pretendo interpretar los números, pero no podemos dejar de reconocer una lógica en ellos: el hombre reducido a un número, registrado e identificado, y el acceso al pan de cada día subordinado a la posesión de una marca. Es la lógica de un mundo de cartas y códigos, de identidades digitales y de crédito social, en el que la persona es solamente lo que es calculable en ella, por lo tanto controlable. El apóstol Juan no dice: escandalícense; dice: Qui habet intellectum, computet numerum bestiæ —el que tiene inteligencia, calcule el número de la Bestia (Ap 13, 18). Es decir, que discierna y que no sea contado ni señalado por la marca de la Bestia.

De hecho, el Número es el arte propio de quienes no saben crear ni amar. Todo lo que viene de Dios es irrepetible y gratuito: no una hoja es igual a otra, ni un rostro igual a otro rostro, ni siquiera las estrellas, porque stella enim a stella differ in claritate —una estrella difiere de la otra en esplendor (1Cor 15, 41). El Creador no conoce ni el molde ni la imitación. El diablo, que no tiene nada propio para dar, sólo puede imitar y multiplicar falsificaciones grotescas. La marca de la Bestia es idéntica para todos, in dextera manu sua, aut in frontibus suis (Apocalipses 13, 16). ¿Cómo podemos no reconocer en él nuestro mundo de simulacros: identidades fabricadas, comunidades sin cuerpos y cuerpos desfigurados, voces artificiales sin alma? Quienes viven de simulacros se convierten en simulacros: pierden su nombre y siguen siendo un número entre muchos, con la miserable ilusión de que su anonimato garantiza que pertenecen al consorcio social sin ser excluidos de él. No se os escapará, queridos fieles, que tanto en la sociedad civil como en la religiosa nos encontramos hoy experimentando las mismas dinámicas de segregación, ostracismo y “excomunión”.

Tampoco existe un tercer registro. Los habitantes de la tierra adoran a la Bestia, quorum non sunt scripta nomina in libro vitæ Agni, qui occisus est ab origine mundi —cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, que fue asesinado desde el principio del mundo (Ap 13, 8). O bien uno está registrado por la Bestia, o se inscribe en el libro de la vida del Cordero.

 

III. El Nombre del santo

Pero el Apocalipsis conoce también otro sello. En el monte Sion aparece el Cordero con quienes han nomen ejus, et nomen Patris ejus scriptum in frontibus suis —llevan su nombre y el nombre del Padre escrito en sus frentes (Ap 14, 1). Dos frentes: una marcado con un número y otra marcada con un Nombre. Y sabemos cuándo fue marcada nuestra frente: en la pila bautismal, cuando el sacerdote, después de haber preguntado nuestro nombre, trazó la cruz en ella: Accipe signum crucis tam in fronte, quam in corde recibe el signo de la cruz, tanto en tu frente como en tu corazón.

El mundo subordina la individualidad del individuo al anonimato de las masas sin nombre: por esta razón no tolera el Santo Nombre de Jesús, sabiendo perfectamente que no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en el que debamos ser salvos (Hch 4, 12). Eusebio de Cesarea, recordando al mártir San Santo, diácono de Vienne, en la persecución de 177, relata cómo este último, atormentado e interrogado sobre su nombre, sobre la ciudad, sobre su condición, respondió sólo una cosa a cada pregunta, en el lenguaje de Roma: Christianus sum (Hist. Eccl., V, 1). Aquí está el santo: el hombre que, interrogado por el mundo sobre sus datos personales, responde identificándose con Aquel del cual lleva la Cruz en la frente.

El santo, entonces, no es un filántropo, un pacifista ni un testimonial de causas promovidas por el mundo, como una noción vacía de santidad querría darnos a entender. El Concilio de Trento enseña que los santos, reinando junto con Cristo, ofrecen sus oraciones a Dios por los hombres (Sesión XXV): nos han precedido en la eternidad y desde allí continúan —en la Comunión de Santos— intercediendo por nosotros que aún estamos en peregrinación en la tierra. El Evangelio de hoy nos traza el retrato de él: ninguno de los bendecidos figura entre los vencedores del mundo, y Nuestro Señor promete la bienaventuranza a quienes sean perseguidos por Su causa (Mt 5, 11). No por una causa, no por una ideología: por Su causa.

 

La tentación de estar entre los contados

El mayor peligro, hoy, no es que el mundo cuente con nosotros, sino que nosotros queramos ser contados; es decir, que aceptemos identificarnos no en la pertenencia a Nuestro Señor, por quien hemos sido redimidos, sino estar registrados en una base de datos; no por llevar el sello del Bautismo, sino por llevar un microchip bajo la piel; no por ser reconocidos por nuestro comportamiento como buenos cristianos, sino por vernos identificados por las cámaras de vigilancia. En un mundo que borra la imagen de Dios en el hombre, el peligro es que el cristiano acepte transformarse en máquina, mecanizar sus acciones, ser un híbrido sin memoria, intelecto y voluntad: la memoria, con la cancelación de la cultura; el intelecto, con la virtualización de la realidad y la inteligencia artificial; la voluntad, con la imposición, por parte del Leviatán globalista, de reglas tan irracionales como tiránicas.

Frente a esta triple mutilación del hombre -en su memoria, en su intelecto y en su voluntad- la Sagrada Escritura no nos deja sin imagen ni modelo. Mientras la Bestia marca y cuenta, el Cielo también marca y cuenta, y lo hace primero: Nolite nocere terræ, et mari, neque arboribus, quoadusque signemus servos Dei nostri in frontibus eorum —no dañar la tierra, ni el mar, ni los árboles, hasta que hayamos marcado en la frente a los siervos de nuestro Dios (Ap 7, 3). Antes de que se desencadene la tribulación, es Dios quien imprime su sello; y sólo entonces Juan oye el número de los marcados: ciento cuarenta y cuatro mil. Sin embargo, este número no debe confundirse con el número de la Bestia. Es decir, numerus hominis —el número del hombre (Ap 13, 18): seis, seis, seis, imperfección que se repite sin alcanzar nunca la plenitud del séptimo día, la plenitud de la perfección divina. Ciento cuarenta y cuatro mil, en cambio, según la exégesis tradicional, es la cifra de la plenitud: doce por doce por mil, es decir, la totalidad del pueblo elegido reunido bajo el sello de su Señor. El número 6-6-6 es impuesto desde abajo a quienes lo sufren por la Bestia; la cifra ciento cuarenta y cuatro mil viene de lo alto a quienes reciben el sello del Cordero. Uno borra el nombre en el anonimato, el otro lo custodia: y de hecho esos ciento cuarenta y cuatro mil llevan escrito en la frente no un código, sino el Nombre del Cordero y el de su Padre.

¿Y quiénes son ellos? Lo pregunta uno de los Ancianos al Vidente Juan, quien humildemente le remite a él la respuesta: Hi sunt, qui venerunt de tribulatione magna, et laverunt stolas suas, et dealbaverunt eas in sanguine Agni —estos son los que vienen de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, blanqueándolas con la sangre del Cordero (Ap 7, 14). En consecuencia, no vienen del compromiso con el mundo, sino de la tribulación; no han esquivado la persecución, han pasado por ella. Y su túnica blanca no es fruto de una virtud ostentada, sino de la Sangre de Cristo, extraída de los Sacramentos: en el lavado del Bautismo, en el tribunal de Penitencia, en el Cáliz del Sacrificio. Por eso la visión del cielo muestra eos qui vicerunt bestiam, et imaginem ejus, et numerum nominis ejus —a los que han vencido a la Bestia, su estatua y el número de su nombre (Ap 15, 2). No la vencieron con la fuerza ni con la astucia, sino como nos revela el Libro: ipsi vicerunt illum propter sanguinem Agni, et propter verbum testimonii sui, et non dilexerunt animas suas usque ad mortem— la vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio, menospreciando sus vidas hasta morir (Ap 12, 11).

He aquí, hijos amadísimos, el modelo de nuestra santidad en los tiempos escatológicos que estamos viviendo: el sello recibido en el Bautismo y conservado intacto; las prendas lavadas con la Sangre del Cordero y nunca más manchadas; el testimonio dado incluso hasta el martirio de aquellos en cuyos labios non est inventum mendacium -no se encontró mentira (Ap 14, 5), mientras todo a nuestro alrededor se convierte en simulacro y engaño. No se nos pide ser muchos ni poderosos: se nos pide ser marcados, ser sinceros, ser fieles. El mundo exigirá de nosotros un número; Dios nos llama por el nombre, y quienes responden a su propio nombre no pueden ser reducidos a números. La Bestia puede imponer su número a quienes se lo permiten; pero nada puede impresionar —la Bestia— a quienes ya llevan en su frente el Nombre del Cordero. El vencedor será, vestido así, con vestiduras blancas, y no borraré su nombre del libro de la vida; y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles (Ap 3, 5). Y así sea.

 

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

1 de Noviembre MMXXVI

Omnium Sanctorum

 

Publicado por Marco Tosatti en italiano el 2 de noviembre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/11/02/omelia-nella-festa-di-tutti-i-santi-non-desiderate-essere-contati-dal-mondo-mons-vigano/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

 

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