Monseñor Viganò, Misa y peregrinación negadas: los fieles de la Tradición traicionados por sus mismos jefes

 

Marco Tosatti

 

Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, ofrecemos a vuestra atención este post publicado en X (antes Twitter) por el arzobispo Carlo Maria Viganò. Disfruten la lectura y la difusión.

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“Sus centinelas son todos ciegos, no entienden nada;

perros mudos que no pueden ladrar” (Is 56, 10)

 

Sus centinelas son todos ciegos, ninguno sabe nada; son perros mudos, incapaces de ladrar.

Los hechos ya se conocen; los resumo solamente porque la cronología es ya un veredicto.

El 7 de agosto, la Secretaría de Estado negó la Misa «usus antiquior».

El 30 de septiembre, en una carta que llegó a París el 12 de octubre, según el National Catholic Register, la Secretaría de Estado negó incluso la entrada en procesión a la Basílica Vaticana para rezar por el Papa y adorar el Santísimo Sacramento.

El 23 de octubre, veinticuatro horas antes de la peregrinación, los organizadores dieron la noticia.

El 24 de octubre, los peregrinos, que habían llegado de todo el mundo, fueron detenidos en los límites de la jurisdicción italiana.

No se dijo nada previamente: ni en la carta de agosto, ni en la de septiembre, ni en la que llegó once días antes.

A estas alturas, no me interesa el Palacio. El Palacio hizo lo que suele hacer: respondió en dos líneas, sin dar un motivo, con un número de protocolo.

Al menos, el Palacio es coherente consigo mismo.

Me interesan quienes deberían haber informado a los fieles de lo que sabían y que optaron por guardar silencio para no quedar mal. Los organizadores lo sabían, tenían las cartas en sus manos.

Schneider lo sabía, pues había solicitado la Misa durante la audiencia privada que le concedió el Palacio: ya conocía el rechazo.

Lo supieran o no los demás —los cardenales, catedráticos, monseñores y superiores: Burke, Schneider, Barthe, Wach, los Cristo Rey, los San Pedro, los De Mattei…— que prestaron su nombre y su autoridad a la peregrinación: no acompañaron a los peregrinos, sino que los abandonaron para no comprometer sus relaciones con el Palacio.

Lo sabían, y su culpa no radica solamente en su silencio, sino en la traición a sus propios fieles, sobre quienes recayó la humillación y el escándalo por la negación.

Y hay cosas peores.

Después de haber permitido la llegada de los peregrinos a Roma, hubo lamentos por la la confusión generada por los comentaristas y se reiteró que la peregrinación nació del amor al Papa que la rechazó.

Un portavoz del Vaticano llegó a afirmar que una solicitud más específica habría sido suficiente, pero el texto de la carta del 8 de septiembre lo desmiente palabra por palabra.

Alguien se apresuró entonces a explicar, a posteriori, que en última instancia se trató de un problema de procedimiento, de un malentendido, de una circunstancia desafortunada: es la vergüenza que se agrega a la vergüenza.

Y en Santa María la Mayor, donde no sólo se negó la Misa Pontifical, sino que tampoco se permitió la distribución de la Comunión porque se había excedido en ocho minutos el tiempo asignado para la Misa rezada, se agradeció por escrito al arcipreste de la Basílica e incluso al Maestro de ceremonias.

Tampoco olvidemos la patética retractación de otro exponente del conservadurismo tradicional, Peter Kwasniewski: quien justifica al funcionario que niega la oración frente al Altar de la Cátedra no está defendiendo a la Iglesia: está defendiendo una ficción burocrática contra la Fe, además de sus propios intereses.

Esto es indignante.

La vergüenza es otra, y más amarga. Es la vergüenza de ver a hombres que predican la Misa de siempre comportarse, al momento de “poner la cara”, como empleados administrativos: no se molestan, no se exponen, no dicen nada hasta que pueden decirlo sin consecuencias.

Los fieles viajaron, rezaron y fueron rechazados y humillados.

A sus pastores no se les pedía que conquistaran la Basílica: se les pedía que les advirtieran.

El Señor ha escrito: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Isaías 56, 7).

Todos los pueblos, entonces, excepto los católicos, que sólo piden profesar y orar.

Y nadie, entre los que lo sabían, tuvo el valor de decirlo en voz alta.

 

Publicado por Marco Tosatti en italiano el 30 de octubre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/10/30/mons-vigano-messa-e-pellegrinaggio-negati-i-fedeli-della-tradizione-traditi-dai-loro-stessi-capi/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

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