Marco Tosatti
Muy estimados StilumCuriales, Giulio Ferri, a quien damos nuestro agradecimiento, ofrece a vuestra atención la segunda parte de su ensayo sobre la virginidad de María. Disfruten la lectura y la difusión.
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María, siempre Virgen (Parte II)
por Giulio Ferri
La virginidad como pertenencia: el misterio de María y la fe de la Iglesia
Quizá el modo más pobre de comprender la virginidad perpetua de María es considerarla simplemente como una proposición biológica. Por supuesto, el dogma contiene una afirmación real sobre el cuerpo de la Virgen y sobre su condición después del nacimiento de Jesús. Pero detenerse aquí significaría no haber llegado aún al fondo del asunto. La Iglesia no contempla en María un cuerpo que deba preservarse como una rareza, sino una persona completamente orientada a Dios, en quien virginidad y maternidad se vuelven inseparables.
Esta es una de las paradojas más bellas de la fe cristiana. María es madre sin dejar de ser virgen y permanece virgen sin que su maternidad se vea disminuida. En ella, las dos realidades no se oponen, porque ambas fluyen de la misma fuente: su pertenencia total al plan de Dios. La maternidad no nace de la posesión, sino del don; la virginidad no nace de la cerrazón, sino de la disponibilidad. María es fecunda precisamente porque no retiene para sí misma lo que Dios le encomienda.
En este sentido, la virginidad de María es una realidad profundamente cristológica. Toda su existencia es relativa a Cristo. El Hijo es su único Hijo, pero no en el sentido de una simple estadística familiar: es a quien María fue totalmente consagrada en la misión recibida del Padre. Su virginidad perpetua proclama, entonces, la naturaleza radical de esa pertenencia. Su cuerpo, su maternidad, su fe, su libertad: todo está orientado hacia el Hijo.
No debería sorprender, entonces, que la Tradición haya visto en María también la imagen de la Iglesia. El Concilio Vaticano II afirma que María es Virgen y Madre a la vez y que la propia Iglesia se convierte en madre aceptando la Palabra de Dios con fe, generando en la fe mediante la predicación y el Bautismo. La Iglesia es virgen porque preserva íntegra la fe recibida del Esposo; es madre porque genera nueva vida a quienes acogen a Cristo.
Esta analogía es todo menos ornamental. Significa que el misterio de María contiene una ley espiritual que se refiere a todo el cristianismo: para ser fecundos delante de Dios debemos primero aprender a acoger. Habitualmente, la cultura contemporánea piensa en la fecundidad como la capacidad de producir, planificar, construir, imponerse. El Evangelio propone otra lógica: la criatura se vuelve fecunda cuando se deja visitar por la gracia.
María no produce a Dios. No “fabrica” la salvación. Recibe. Y es precisamente recibiendo que se convierte en Madre.
Es un pensamiento que podría parecer pasivo, pero no lo es en absoluto. María no es un instrumento inerte en las manos de Dios. El Vaticano II lo dirá con toda claridad: los Padres de la Iglesia la consideran no un mero instrumento pasivo, sino una criatura que coopera libremente con la fe y la obediencia en la obra de salvación. Por lo tanto, su virginidad es inseparable de la libertad. Ella pertenece a Dios porque le dijo sí a Dios con toda libertad.
La virginidad perpetua adquiere así también un significado filosófico. El hombre moderno ha interpretado a menudo la libertad como autonomía absoluta: soy libre cuando nada me ata, cuando nadie puede pedirme cuentas por mi vida, cuando puedo reinventarme indefinidamente. María muestra una concepción radicalmente diferente. La libertad no consiste en no pertenecer a nadie: consiste en poder entregarse sin reservas a la Verdad.
Es una libertad que no disminuye el yo, sino que lo plenifica. María no se convierte en menos persona por pertenecer a Dios; se convierte plenamente en sí misma precisamente porque su ser encuentra su propio principio y fin en Dios. La virginidad perpetua, leída en esta perspectiva, se convierte en un testimonio contra la idea de que la identidad humana se realiza necesariamente mediante la autodeterminación absoluta. El hombre no se salva construyéndose solo a sí mismo.
Esta es una de las razones por las que el dogma, aunque refiriéndose a un acontecimiento del pasado, sigue poseyendo una sorprendente capacidad para cuestionar el presente. Vivimos en una época en la que el cuerpo es simultáneamente idolatrado y vaciado. Se le atribuye una importancia enorme y, al mismo tiempo, se lo trata como material que se puede modificar según la voluntad individual. La fe cristiana introduce una tercera vía: el cuerpo es don, lenguaje de la persona y lugar de la vocación.
María es el caso supremo de esta verdad. Su cuerpo no es simplemente “suyo” en el sentido moderno de apropiación absoluta. Es el cuerpo de una criatura llamada a una misión en la historia de la salvación. El útero en el que el Verbo se hace carne se convierte así en uno de los lugares donde el cristianismo manifiesta con más fuerza que la corporeidad no es un detalle marginal del hombre.
Pero sería un error grave transformar todo esto en una espiritualidad de rechazo del cuerpo. El cristianismo no enseña que ser virgen sea moralmente superior a estar casado como si el matrimonio fuera una concesión a la debilidad humana. San Pablo mismo considera el matrimonio una vocación auténtica y la tradición católica reconoce en él su dignidad sacramental. La virginidad consagrada y el matrimonio cristiano son dos vocaciones diferentes, ambas orientadas al don de sí mismo, ambas comprensibles solamente a la luz del amor.
Por lo tanto, María no condena el matrimonio. Lo ilumina indirectamente mostrando que toda vocación auténtica nace del don. Este es el punto decisivo. El problema no es estar casado o no estarlo; es vivir según lo que Dios quiere de ti.
Aquí la dimensión mística se vuelve inevitable.
La mística cristiana no consiste en buscar experiencias extraordinarias. Es, ante todo, la experiencia radical de pertenencia a Dios. Y María, siempre Virgen, aparece como una criatura en la que esta pertenencia ha asumido una forma total. No hay espacio en ella para una vida construida en paralelo a la voluntad divina. Su ser está recogido en torno a una sola dirección: Cristo.
Es por esto que el título Eiparthenos posee algo más profundo que una descripción. Es casi una confesión de esa totalidad. María no es simplemente “también virgen” luego del nacimiento de su Hijo: es la Virgen que sigue viviendo en la lógica de su fiat. El sí de la Anunciación no es un instante concluido. Es una forma de existencia.
Esta continuidad aparece de forma dramática bajo la Cruz. La Madre que recibió a su Hijo en el silencio de la Encarnación permanece con él en la hora de su Pasión. La virginidad de María, entonces, no puede ser separada de su fidelidad. Ella recibió a su Hijo cuando todo parecía comenzar y permanece con él cuando humanamente parece que todo ha concluido. En el lenguaje de la fe, su virginidad es también tutela de la fidelidad.
Y esta fidelidad llega hasta la Iglesia. El Vaticano II ve en la Virgen una figura eminente de la Iglesia precisamente porque ella acoge la Palabra en la fe y se convierte en madre. La Iglesia está llamada a vivir la misma dinámica: recibir, guardar, generar. No a inventar un nuevo Evangelio, sino a acoger lo recibido; no a acomodar la Palabra a los deseos del tiempo, sino a dejarse convertir por la Palabra para poder transmitirla.
Aquí surge una cuestión extremadamente actual. Una Iglesia puede ser muy activa y, sin embargo, no muy fructífera si deja de ser contemplativa. Puede multiplicar iniciativas, lenguajes, estrategias y programas, pero perder la fuente de su propia vida. María sugiere exactamente lo contrario: la verdadera fecundidad eclesial nace de la capacidad de preservar una presencia.
Antes de hablar, María escucha.
Antes de actuar, María recibe.
Antes de convertirse en madre, María cree.
No es un modelo de pasividad. Es el modelo de una actividad que nace de la contemplación.
Y quizá es aquí donde el segundo dogma vuelve a encontrar la pregunta planteada por “Il Matto” (un lector de este blog que firma así) en nuestro artículo anterior sobre Amós 8, 11. La teología debe hablar de la verdad; la mística debe encontrar el Misterio. Pero el Misterio cristiano no es un lugar en el que todo lo que se ha revelado se vuelve irrelevante. María nos muestra que la contemplación más profunda es precisamente aquella que nace de la obediencia a una Palabra recibida.
Su virginidad no es una fuga de la realidad. Es una inmersión.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 6 de octubre de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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