Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Antonello Canna Rozzo, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre el aborto. Disfruten la lectura y difundan.
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Manifiesto contra el aborto. Los católicos frente el misterio del nacimiento y al grave pecado de impedirlo
Hoy en día son muchos los factores que facilitan la anticoncepción incluso entre los católicos, o autodenominados tales, entre ellos la ignorancia de la Doctrina y las sirenas de un mundo hedonista, hambriento de éxito mundano y de la ilusoria necesidad de vivir en plena libertad. Sólo después de que estas pseudo necesidades se satisfacen se puede pensar en traer un hijo al mundo, pero con frecuencia la naturaleza nos advierte que ya es demasiado tarde.
Antonello Cannarozzo
Hace tiempo, una periodista que se define católica, hablando en un programa sobre los logros de las mujeres, no expresó, como cabría esperar, la importancia de la emancipación femenina en el trabajo, el estudio o la política, sino que por logros se refería a la liberación de las mujeres de la obligación, escuchen bien, de la maternidad, y de hecho, no contenta con ello, afirmó que tampoco la Iglesia recomienda ya a los esposos la procreación como el fin principal de los cónyuges, Pero el amor y la solidaridad recíprocos y, por último, el aborto, su bondad, es ciertamente una tragedia, pero también tiene sus justificaciones.
Esta intervención nos hizo reflexionar sobre cuántos católicos, o presuntos católicos, viven en la más completa ignorancia, no solamente de la Doctrina en su conjunto, sino también de la finalidad, como en este caso, del matrimonio por el cual uno se casa ante Dios, el único sacramento celebrado por los cónyuges mismos.
Sin embargo, la mayor culpa está en los representantes de la Iglesia en todos los niveles que ya no educan a los futuros cónyuges sobre el valor del acto que se lleva a cabo en el cual la obligación de procrear -“crecer y multiplicarse“- no es una simple invitación o un deseo, sino un Mandamiento, aunque ahora vivimos en una realidad moral desgarrada por el egoísmo del mundo moderno.
Un católico debe saber lo que la Iglesia de todos los tiempos (ciertamente no la postconciliar, nde.) enseña, donde el valor de los hijos es la base para la vida de toda unión cristiana pero, a pesar de las buenas intenciones, a menudo se deja engañar por los “mandamientos” de moda actualmente respecto a los eventuales niños que puedan llegar, se dice en este caso que primero el trabajo y luego la tranquilidad económica juntos, para quienes pueden hacer experiencia de cualquier tipo y sólo por último, si hay todavía tiempo y deseo, se puede traer un niño al mundo, olvidando que para un católico es un grave error no confiar en la Providencia, como hicieron nuestros abuelos, la cual nunca abandona a quienes siguen el camino correcto y, como enseña San Pablo, “no estamos llamados a la inmundicia de la fornicación, sino a la santidad“.
Un concepto, nos damos cuenta, muy impensable hoy en día.
A esto se agrega que muy a menudo los católicos, generalmente por falta de información, piensan que, al estar legítimamente casados se puede hacer lo que se quiere en la relación con su cónyuge, incluso para dificultar el proceso natural de tener hijos mediante instrumentos cada vez más refinados de las que también las farmacias están llenas, o pensando en hacer lo correcto y honesto, confiando en métodos naturales.
Un caso interesante es el famoso método Ogino-Knaus, que pareció útil para resolver este problema, especialmente para quienes no querían usar métodos artificiales.
Nacida del estudio sobre la fertilidad femenina en 1924 por el médico japonés Kyusaku Ogino y el alemán Hermann Knaus, se descubrió con los años que era muy ineficaz, según sus propios inventores, y, además, este sistema “natural” era considerado por muchos teólogos, obviamente en la Iglesia preconciliar, todavía un obstáculo para la procreación que contradecía en los hechos el pensamiento católico sobre el tema.
Según la visión católica, el acto reproductivo para los creyentes no tiene sentido fuera del matrimonio sólido e indisoluble, el cual -citamos un texto breve, leído hace muchos años en una Filotea, en la que se podía leer: «El fin último del matrimonio cristiano es llenar el Paraíso de santos y elegidos trayéndolos al mundo y educándolos cristianamente, de lo contrario, quien cierra voluntariamente su matrimonio a este fin se cierra por sí mismo a la vida eterna».
Palabras poéticas, pero muy claras y severas, aunque imposibles hoy en día donde ya no se cree en nada.
San Agustín escribió en su De nuptiis et concupiscetia (libro I), al referirse a la voluntad de no procrear para ser libres, y añade: “A veces esta crueldad voluptuosa llega tan lejos para conseguir venenos esterilizantes, y si estos venenos son ineficaces, llega al punto de asfixiar y destruir de una u otra forma el feto concebido en el vientre materno que es asesinado antes de nacer”.
¡Qué triste la actualidad de estas palabras!
El 29 de octubre de 1951, en un famoso discurso dirigido a la Unión Católica Italiana de Obstetras, Pío XII valoró públicamente la bondad de la abstinencia periódica con fines anticonceptivos, enunciando que “la observancia de tiempos infértiles puede ser lícita desde el punto de vista moral“, pero hay que tener cuidado; un acto conyugal debe llevarse a cabo siempre según la naturaleza, tanto que los cónyuges que lo utilizan en periodos que no son fértiles para la mujer “pecarían siempre –según Pío XII– contra el sentido mismo de la vida conyugal.” Además, el mero hecho de que los cónyuges no perviertan el acto natural y que “estén dispuestos a aceptar al hijo que llegaría al mundo a pesar de sus precauciones no es suficiente para legitimar su forma de hacer las cosas”, y además, “para practicar este método sin pecado y con seguridad de conciencia, los cónyuges deben estar autorizados por motivos graves más allá de su voluntad, como problemas médicos, económicos y sociales“.
El concepto de anticoncepción tiene una larga historia a lo largo de los siglos, pero como acto de liberación para la humanidad (sic), nació a finales del siglo XIX, inspirado por las ideas socialistas y masónicas. Quienes llevaron adelante estas ideas, entre otros en la vieja Europa, fueron los círculos de cultura laica y atea, pero también las mujeres tuvieron su espacio político.
Las famosas sufragistas feministas, por ejemplo, que en Londres a finales del siglo XIX promocionaron los métodos anticonceptivos con gran escándalo de los bien pensantes, hoy estas ideas son las dueñas; de hecho, no existe ningún partido político, ni siquiera los autodenominados derechistas y católicos que, aunque estigmatizan el aborto, afirman que la legislación sobre la interrupción del embarazo -nos referimos para Italia a la Ley 194-, a pesar de sus contradicciones, no se toca.
Por lo tanto, abortar es ahora un dogma que no se puede discutir, salvo que uno quiera ser puesto en el Index de esta sociedad.
Como dijo el alcalde de Cremona, Andrea Virgilio, quien hizo quitar en los últimos meses los carteles antiaborto puestos legalmente frente al Hospital Cívico, leemos en los periódicos, que el manifiesto provida puede ser percibido como un juicio por quienes se enfrentan a una decisión personal y difícil —y añade el alcalde— “el deber de un alcalde es equilibrar los intereses, y en ese caso el interés que prevalece es proteger la tranquilidad de quienes entran para recibir tratamiento”.
No, señor alcalde, dicho sin rodeos nos permitimos recordar que el aborto no cura, sino que quita la vida a un futuro niño no nacido, esto es un hecho, ciertamente se pueden encontrar una serie de explicaciones o justificaciones de carácter social, cultural, médico e incluso político, pero el acto del aborto ciertamente no cambia de valor.
Volvamos al concepto de matrimonio católico. Una consideración especial merece, en nuestra opinión, la cuestión de la encíclica Humanae Vitae publicada por Pablo VI, el último breve susto de valentía en la defensa de los valores de la procreación por parte de una Iglesia ahora derrotada en su propio entorno clerical, tanto que el documento papal, en lugar de ser recibido con obediencia dócil por los católicos y sobre todo por el clero, suscitó en muchos episcopados, especialmente de Europa del norte, una verdadera y auténtica revuelta, agravada por la falta de intervención decisiva del Papa frente a esta disputa que generó una serie de confusiones entre los fieles.
Si el Concilio y la mencionada encíclica se esfumaron, aunque reafirmando la importancia del fin primario de la procreación y educación de los hijos y sólo secundariamente el amor y la ayuda mutua entre los cónyuges, el nuevo Código de Derecho Canónico aclaró la cuestión, pero para peor, en 1983 fue el nuevo Código de Derecho Canónico el que aclara que la finalidad del matrimonio ya no es explícita al privilegiar directa o indirectamente la finalidad productivo (introducción al Libro I, p. 533). En este punto, nos tomamos la libertad de subrayar la contradicción de Juan Pablo II al invitar a los sacerdotes a ser más severos frente este pecado que revocó la finalidad del matrimonio, cuando él mismo había aprobado el cambio del nuevo Código, y aquí, por respeto, no avanzaremos más.
Por último, leamos en este sentido lo que afirma el Santo Concilio de Trento en el capítulo “El Sacramento del Matrimonio” en el párrafo 13º: “Tener hijos para educarlos a ser fervientes servidores de la Fe y la Religión […] Este es el único motivo por el cual Dios instituyó el matrimonio; para lo cual es un gran crimen usar del matrimonio utilizando medios médicos para impedir la concepción y para obtener un aborto, estas cosas deben ser consideradas una conspiración impía de asesinato”.
Palabras lejanas ahora a años luz de la visión “profética” de la nueva Iglesia sinodal, que Dios no quiera, está naciendo, lamentablemente en el silencio de quienes deberían defender la Verdad y la verdadera Doctrina redimensionando, entre otras cosas, si es que aún existe, el concepto de matrimonio.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 11 de agosto de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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