Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, ofrecemos a vuestra atención este post publicado en Facebook por Lavinia Marchetti, a quien agradecemos su cortesía. Disfruten la lectura y compartan.
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TRUMP CREE QUE DECIDE, PERO QUIENES ESTÁN AL MANDO SON UN PUÑADO DE FANÁTICOS SUPREMACISTAS MESIÁNICOS, TAMBIÉN LLAMADOS: ISRAEL
por Lavinia Marchetti
También podría decirlo en pocas palabras: en el día cien de la guerra, los misiles de Teherán cayeron sobre Tel Aviv en respuesta al bombardeo sobre Beirut, que fue atacada para hundir el acuerdo de Estados Unidos con Irán, y, de hecho, la potencia estadounidense descubre que es rehén del gobierno al que arma.
Y de hecho, para el Financial Times, unas horas antes de que las sirenas sonaran de nuevo sobre la Galilea, Donald Trump había pronunciado la habitual frase épica y, como siempre, convertida en un bumerán: “Yo tomo las decisiones”, todas, y “Netanyahu no toma ninguna”. Después llegó la noche. La fuerza aérea israelí atacó los suburbios del sur de Beirut, y Teherán respondió con una docena de misiles balísticos sobre el norte de Israel. En Tel Aviv, un hombre murió mientras custodiaba el lugar de un bombardeo anterior. Al mismo tiempo, la Casa Blanca hacía saber, por boca de sus funcionarios, que no había dado luz verde y que había permanecido ajena a lo sucedido. Cien días después del ataque conjunto del 28 de febrero, la guerra ha revelado a quién pertenece la iniciativa, y el nombre es el de Jerusalén.
Durante semanas, Washington y Teherán han estado negociando un acuerdo que el presidente estadounidense declara inminente, un acuerdo capaz de detener misiles y reabrir los flujos de crudo. Israel eligió el momento en que ese pacto parecía más cercano para devolver la guerra en Beirut, atacando Dahiyeh, el suburbio chií que la doctrina militar israelí tiene como objetivo desde el verano de 2006. Un diputado de Teherán había prometido represalias dolorosas y había invitado a mirar al cielo. El cielo respondió.
Un presidente que reivindica su mando y descubre, por la noche, que su aliado bombardea a voluntad, revive la condición descrita por Hegel en la dialéctica del señor y el siervo. El amo se cree soberano y depende del reconocimiento de aquél a quien tiene sometido. Trump había llamado a Netanyahu con la certeza de que lo había detenido, sus hombres habían anunciado que habían ganado algo de tiempo, y el primer ministro israelí había fingido su consentimiento antes de dejar despegar los aviones. La Casa Blanca ha sabido y ha querido ignorar, en resumen, la definición exacta de la negación freudiana. Sabía que Jerusalén atacaría, y siguió repitiendo que mantenía el puño cerrado en una guerra que se le escapa.
Que quede claro: la elección israelí tiene una lógica y se la debe considerar sin sentimentalismo. El acuerdo entre Washington y Teherán amenaza a Netanyahu más que cualquier misil, porque un acuerdo que estabiliza a Irán priva a su coalición de su propia razón de existir, la guerra permanente que pospone el enfrentamiento judicial y político.
Sabotear las negociaciones bombardeando Beirut sirve para obligar a Teherán a reaccionar, y una reacción iraní sobre Tel Aviv beneficia al gobierno israelí.
Se convierte en la prueba comprobada de que es imposible negociar con Irán.
El frente, mientras tanto, se ensancha y desmiente a quienes lo querían circunscripto. Desde Yemen, los hutíes lanzaron sus misiles en el centro de Israel. Teherán ha reivindicado ataques contra las bases estadounidenses en Kuwait y Baréin, mientras que Estados Unidos a su vez atacó posiciones de radar iraníes a lo largo del Estrecho de Ormuz, que sigue cerrado y al mismo tiempo negociable.
Es suficiente una chispa como la de esta noche para que el barril retome su ascenso, y Europa, que observa en silencio, encuentre en la factura el precio de su irrelevancia.
Queda por imaginar lo que viene después. El acuerdo estadounidense-iraní podría sobrevivir a la provocación, con Teherán absorbiendo el golpe para salvar la liberación de fondos y el levantamiento de sanciones al petróleo crudo, mientras que Netanyahu habrá de todos modos envenenado el clima y obtenido el aplazamiento que buscaba.
Más insidiosa parece la hipótesis opuesta, la de una Casa Blanca imponiendo el pacto sobre la cabeza de Jerusalén, y en tal caso el gobierno israelí seguiría subiendo la apuesta con algún acto irreparable para impedir un acuerdo que lo lleve a la paz y, por tanto, a los tribunales.
Sobre todas ellas se yergue la hipótesis del juego. Hace falta muy poco para que un accidente se convierta en un casus belli, y un misil que impacte en una base estadounidense matando a soldados de Washington arrastraría incluso a un presidente reacio a la guerra que él proclama querer que termine. Los israelíes siempre han sido maestros en esto. Como en armar al enemigo. Un poco como Estados Unidos.
Una cosa dejó clara el día cien. El poder que dice gobernar ha entregado su credibilidad a un gobierno que lo utiliza y lo expone, y el hombre en la Casa Blanca actúa el rol del amo mientras el vasallo le escribe las líneas.
La frase sobre el mando absoluto permanecerá como el epitafio de esta temporada, desmentida en el transcurso de las mismas horas en las que era pronunciada. Sería la figura clásica de m… a, si no fuera porque Trump hace una al día y ya no le prestamos atención.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 8 de junio de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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