Cuando se sirve al Dios dinero… Cinzia Notaro

 

Marco Tosatti

Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Cinzia Notaro, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre el dinero y su poder. Disfruten la lectura y la meditación.

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Los peligros a los que uno se expone cuando se sirve al Dios dinero

 

Partiendo de la Sagrada Escritura: «Nadie puede servir a dos señores, porque odiará a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y a la riqueza» (Mt 6, 24), nos preguntamos a qué consecuencias y peligros nos exponemos cuando el dinero se convierte en nuestro amo, el llamado Dios- dinero.

Ciertamente, podríamos satisfacer todos nuestros deseos, pero Jesús nos plantea una pregunta fundamental: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su propia alma?» (Mc 8, 36).

El Señor nos recuerda que el valor del hombre no depende de lo que posee: «La vida no depende de las posesiones, aunque uno tenga abundancia» (Lc 12, 15).

El dinero puede satisfacer muchos deseos, pero no puede dar lo que verdaderamente hace feliz al corazón humano.

Por eso Jesús dice también: «No acumulen tesoros para ustedes en la tierra, donde la polilla y el óxido los consumen y donde los ladrones entran y roban; en su lugar, acumulen tesoros en el cielo… Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 19-21).

¿Cuántas vidas se ha llevado el dinero? ¡Y cuántos se han convertido en santos renunciando a todo lo que el dinero les podía ofrecer!

San Pablo nos advierte con palabras muy contundentes: «Los que quieren ser ricos caen en la tentación y en la trampa [del diablo] y en muchos deseos insensatos y dañinos, que precipitan a los hombres en la ruina y en la perdición» (1Tim 6, 9).

El amor al dinero es la raíz de muchos males: «Porque el apego al dinero es la raíz de todos los males; por desearlo, algunos se desviaron de la fe y se han procurado muchos tormentos» (1Tim 6, 10).

Nos convertimos en esclavos de él, perdemos nuestra meta principal, que es la salvación de nuestras almas.

San Pablo llega a definir la codicia como una verdadera idolatría: «Hagan morir lo que pertenece a la tierra: impureza, pasiones, malos deseos y esa codicia que es idolatría» (Col 3, 5).

Por dinero se mata, se jura falsamente, se traicionan amistades, nos apropiamos de los bienes de otros con astucia, nos convertimos en ladrones y estafadores, nos volvemos indiferentes a las necesidades de los demás y el egoísmo crece. En una palabra, se da espacio a los deseos de la carne de los que habla San Pablo: «Las obras de la carne son bien conocidas: fornicación, impureza, idolatría, enemistad, discordia, celos, ira, rivalidad, divisiones, facciones, envidia…» (Gal 5, 19-21).

Hablando del corazón humano, San Agustín escribe: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti» (San Agustín, Confesiones, Libro I, capítulo 1).

Ninguna riqueza, ninguna posesión ni ningún éxito podrán llenar ese vacío que solamente Dios puede llenar.

El mundo no quiere adorar a Dios, no quiere que su Señor sea Dios, sino que persigue el éxito, el poder, el sexo y el dinero, lucrando con la podredumbre más sórdida que existe: con la prostitución, con el narcotráfico, con el tráfico de niños, el tráfico de órganos, las guerras y toda forma de explotación humana.

La Sagrada Escritura nos recuerda: «No amen al mundo ni a las cosas del mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1Jn 2, 15).

San Pablo nos advierte: «¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero pero perdiendo su propia alma?» (Mt 16, 26).

¿Cuántos se venden o venden a una persona por dinero?

Esto es lo que se hizo con Jesús:  «¿Qué quieren darme y se los entregaré?». Y le pusieron treinta monedas de plata» (Mt 26, 15).

Judas vendió al Maestro por treinta monedas. Ese dinero, que parecía riqueza, se convirtió para él en la causa de una tragedia espiritual. Prefirió el dinero al Señor.

El hombre, aunque acumule riquezas, debe aceptar una realidad de la que no puede sustraerse: «Nadie puede redimirse a sí mismo ni pagar a Dios su precio. Es demasiado caro el rescate de una vida: nunca será suficiente para vivir para siempre y no ver la muerte» (Sal 49, 8-10).

El dinero no puede comprar la vida eterna, borrar el pecado, dar la salvación. El hombre no puede salvarse a sí mismo con sus propias fuerzas. Por eso San Pedro nos recuerda: «Fuisteis rescatados, no al precio de cosas corruptibles, como la plata y el oro, sino con la sangre preciosa de Cristo» (1Pe 1, 18-19).

El ídolo de todos los tiempos ha sido siempre el dios-dinero.

Pero el Evangelio nos muestra también que cuando el hombre encuentra a Cristo todo cambia: lo vemos con Zaqueo, un hombre rico, jefe de publicanos, acostumbrado a vivir acumulando bienes: «Zaqueo, baja rápido, porque hoy debo quedarme en tu casa» (Lc 19, 5) y él, al recibir a Jesús, dijo: «He aquí, Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y,  si he engañado a alguien, le devolveré cuatro veces más» (Lc 19, 8). Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19, 9).

El verdadero pecado no es poseer bienes, sino convertirlos en ídolos. Como enseña San Juan Crisóstomo: «Las riquezas no son malas, sino que se vuelven malas cuando el corazón humano se convierte en esclavo de ellas». Y también: «El hombre rico no es el que posee mucho, sino quien da mucho».

San Francisco vendió todos sus bienes para no ser esclavo y prefirió la hermana pobreza. Hizo esto para demostrar que vivimos para amar, adorar y dar testimonio de Dios, para dar sin recibir, para ofrecer amor gratuito y compartir con nuestro prójimo lo poco que tenemos. Y haciendo esto no nos hacemos pobres, porque todo nos viene dado desde lo alto, y en este sentido la Escritura exhorta: «Den y se les dará: una buena medida, apretada, llena y desbordante será derramada en vuestro seno, porque con la medida con la que midan se les medirá a ustedes» (Lc 6, 38).

Francisco comprendió las palabras de Jesús: «Si quieren ser perfectos, vayan, vendan todo lo que tienen, denlo a los pobres y tendrán un tesoro en el cielo; después vengan y síganme» (Mt 19, 21).

Salomón no pidió riquezas, sino Sabiduría. Cuando Dios le dijo que pidiera lo que deseaba, rogó: «Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa hacer justicia a tu pueblo y sepa distinguir el bien del mal» (1Re 3, 9). La petición de Salomón agradó al Señor, que respondió: «Porque no has pedido esto y no has pedido para ti una larga vida, ni riquezas, ni la muerte para tus enemigos, sino que has pedido discernimiento para juzgar, he aquí que hago como has dicho» (1Re 3, 11-12).

Así también Job, cuando perdió todas sus posesiones, no se rebeló contra el Señor, sino que pronunció palabras de gran fe: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor ha dado, el Señor ha quitado: bendito sea el nombre del Señor» (Jb 1, 21). Job permaneció fiel también en la prueba, porque su fe no se basaba en los bienes que poseía, sino en el amor a Dios. Al final de su sufrimiento, el Señor le bendijo nuevamente: «El Señor restauró el destino de Job… y hasta le aumentó el doble de lo que había poseído antes» (Jb 42, 10).

Hay algo que el dinero jamás podrá hacer: comprar el amor verdadero, los afectos sinceros, los verdaderos amigos, la paz del corazón, el perdón y la salvación eterna.

“¡Insensato! esta misma noche te van a pedir el alma, y lo que tú has allegado, ¿para quién será?” Jesús nos cuenta la parábola de un hombre rico: «El campo de un rico había dado una cosecha abundante. Se dijo a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? Derribaré mis graneros y construiré otros más grandes…”» (Lc 12, 16-18). Pero Dios le dijo: «¡Insensato!, esta misma noche se te pedirá el alma. ¿Y lo que has acaparado, de quién será?» (Lc 12, 20). Ese hombre había basado su seguridad en ellos, olvidando a Dios y a su prójimo.

El dinero nos hace perder la libertad de amar, porque nos ciega frente a nuestros hermanos y hermanas necesitados.

Por esta razón, los Padres de la Iglesia recordaron con fuerza el deber de compartir:

-San Basilio Magno escribe: «El pan que guardas pertenece al hambriento; la capa que guardas en el armario pertenece al que está desnudo; el dinero que tienes escondido pertenece a los pobres» (Homilía VI ,sobre la avaricia).

Y cuando San Ambrosio afirma: «No se da un regalo a los pobres de lo que es tuyo, sino que le devuelves lo que es suyo. La tierra fue dada a todos, no solamente a los ricos” (San Ambrosio, De Nabuthae historia, 12, 53), nos recuerda que los bienes de la tierra no son una posesión absoluta.

Por supuesto, el dinero es un medio para vivir dignamente, pero Jesús nos recuerda: «El hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4).

—San Pablo recomienda: «A los ricos en este mundo, ordénales que no sean orgullosos ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, quien nos da todas las cosas en abundancia para que podamos disfrutar de ellas» (1Tm 6, 17).

El cristiano no está llamado a despreciar los bienes de la tierra, sino a usarlos según el corazón de Dios.

Como dice San Juan Crisóstomo: «La riqueza no es un mal en sí misma; se vuelve malvada cuando se la usa mal y cuando endurece el corazón de un hombre y lo incapacita para compartir» ( Homilía contra quienes acusan a sus hermanos y hermanas y sobre el uso de las riquezas; cf. también Homilías sobre el rico y Lázaro).

La pregunta fundamental que debemos hacernos es: ¿Quién es el dueño de nuestro corazón? ¿el dinero o Dios?

Jesús nos invita a elegir el verdadero tesoro: «Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán dadas por añadidura» (Mt 6, 33), porque «donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 21).

Al final de nuestras vidas, contará el amor que hemos dado al prójimo, este es el verdadero tesoro.

No hay regalo más hermoso que una familia llena de amor, aunque pobre en bienes materiales: «Es como un árbol plantado junto a los arroyos, que no se marchita, sino que da fruto a su debido tiempo” (Sal 1, 3).

Así que preguntémonos a quién estamos sirviendo realmente cada día: ¿a Dios, que murió y resucitó para darnos vida eterna o al dinero, qué lleva a la perdición eterna a quienes se hacen esclavos de él?

 

Publicado por Marco Tosatti en italiano el 7 de agosto de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/08/07/quando-si-serve-il-dio-denaro-cinzia-notaro/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

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