Marco Tosatti
Queridos StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención estas reflexiones de Cinzia Notaro, a quien agradecemos de todo corazón. Disfruten la lectura y la meditación.
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Cuando el dinero ocupa el lugar de Dios
El progreso ha acompañado la historia de la humanidad desde sus orígenes. Dios ha dado al hombre la inteligencia, la creatividad y la capacidad de conocer para que proteja lo creado y lo desarrolle para el bien de todos. Es por este motivo que las artes, las ciencias y la técnica no son malas en sí mismas: son dones preciosos cuando están orientados a la verdad, a la justicia y al servicio de la persona humana.
El problema nace cuando el progreso pierde su orientación moral y espiritual. El hombre, fascinado por sus propios logros, corre el riesgo de creer que puede prescindir de Dios y sustituir la sabiduría con solamente el conocimiento. Así, lo que debería haber sido un instrumento se convierte en un fin, y el dinero, el éxito, el poder y el consumo sustituyen a la verdad y al amor. Se llega a medir el valor de las personas en base a lo que poseen, a lo que muestran y no a lo que son.
Ya en el Discurso sobre las Ciencias y las Artes Jean-Jacques Rousseau observaba que el progreso de los conocimientos no había hecho a los hombres más virtuosos. Al contrario, vio crecer el lujo, la vanidad, la ambición y la búsqueda de la apariencia. Su reflexión aún hoy nos invita a distinguir entre progreso material y progreso moral. Una sociedad puede volverse más rica y tecnológicamente avanzada sin volverse más justa, más solidaria o más cercana a Dios.
También Agustín de Hipona nos recuerda que el corazón humano está inquieto hasta que descansa en Dios. Ninguna conquista humana puede satisfacer ese deseo de infinito que el Creador ha colocado en el corazón de cada persona. Cuando el hombre busca la felicidad exclusivamente en las cosas materiales, experimenta inevitablemente el vacío, porque sólo Dios es el bien capaz de saciar plenamente el corazón.
Tomás de Aquino enseña que la ciencia y la técnica deben ser iluminadas por la sabiduría. La ciencia permite conocer cómo funcionan las cosas; la sabiduría nos enseña a orientar este conocimiento hacia el bien. No todo lo que es posible realizar es también moralmente justo. Sin prudencia y sin una ley moral, el progreso puede transformarse en un instrumento de dominación, de explotación y de destrucción.
Las palabras de Pablo de Tarso conservan una extraordinaria actualidad. Él advierte contra los deseos de la carne, es decir, de esa tendencia del hombre, marcada por el pecado, que le lleva al egoísmo, a la codicia, a la envidia, al orgullo y a la búsqueda desordenada del placer. La cultura contemporánea, a menudo dominada por la lógica del mercado y el beneficio, corre el riesgo de alimentar continuamente estos deseos, haciendo creer que la felicidad depende de poseer cada vez más, de parecer mejores que los demás o de satisfacer cada impulso. De este modo, el dinero se convierte en un ídolo y el corazón se aleja de Dios.
Este cambio también se manifiesta también en la forma en que vivimos nuestra vida diaria. Cada vez más, la apariencia parece prevalecer sobre la interioridad. Incluso la forma de vestir, aunque es una forma de expresión personal, a veces está condicionada por la moda, por el deseo de llamar la atención o de obtener aprobación, más que por la sobriedad y el respeto por la propia dignidad y la de los demás. El riesgo es que se dé mayor importancia a la imagen externa que a la belleza del alma, olvidando que el verdadero valor de la persona no depende de cómo aparece, sino de lo que guarda en su corazón.
También ha cambiado profundamente el modo de relacionarse con los demás. Los teléfonos móviles y las nuevas tecnologías han facilitado la comunicación con personas lejanas, pero a menudo han dificultado conocer realmente a quienes nos rodean. En las familias, durante las comidas, con amigos o en momentos de celebración, es cada vez más frecuente ver a las personas reunidas, cada una frente a su pantalla, mientras el diálogo, la escucha y el compartir se desvanecen. Se tiene cientos de contactos, pero cada vez menos relaciones profundas. Se escribe mucho, pero se habla poco; se mira una pantalla, pero cada vez menos a los ojos de quienes están a nuestro lado.
También han cambiado los juegos. En una época, los niños y los jóvenes pasaban horas juntos al aire libre, aprendiendo a colaborar, a respetar las reglas, a compartir, a perder y a ganar con lealtad. A través de esos juegos se formaron personajes y se forjaron verdaderas amistades. Hoy en día, sin embargo, muchos pasan su tiempo solos frente a una pantalla. Jugamos con personas lejanas, pero a menudo perdemos la riqueza del encuentro real, de la confrontación directa y del crecimiento mutuo.
Lo mismo se observa en la nutrición y en los consumos. En lugar de buscar lo que es realmente bueno para la salud y para la dignidad de la persona, prevalecen a menudo los intereses económicos. Se produce lo que genera beneficio, aun cuando no favorece el bien del hombre. La publicidad crea necesidades siempre nuevas, alimenta el deseo de lo superfluo y acostumbra al corazón a buscar satisfacción en las cosas materiales. Así, el beneficio se convierte en el criterio principal de las elecciones y la persona pasa a un segundo plano.
Incluso en el campo de la medicina el progreso ha traído resultados extraordinarios, al permitir curar enfermedades, aliviar sufrimientos y mejorar la calidad de vida. Estos objetivos son un regalo cuando se ponen al servicio del hombre y respetan la dignidad de cada persona. Sin embargo, la medicina también puede estar expuesta a la tentación de subordinar el bien de la persona enferma a intereses económicos. Cuando el beneficio prevalece sobre la atención, se corre el riesgo de considerar la salud como una mercancía y al paciente como un cliente. El médico, en cambio, está llamado a ver ante todo a una persona que debe ser acogida y atendida con competencia, conciencia y humanidad. También en este ámbito el dinero nunca debe ocupar el lugar de Dios, de la verdad y del amor al prójimo, porque la vida humana es un don sagrado confiado a nuestra responsabilidad y no un bien que deba evaluarse únicamente según criterios económicos.
En la parábola del trigo y la cizaña Jesús enseña que el bien y el mal crecen juntos en la historia. Cuando en la sociedad se siembran egoísmo, envidia, codicia, búsqueda del poder y culto del dinero, inevitablemente surgen la división, la soledad, la violencia y el desconcierto. La cizaña crece donde no se cultiva el bien. Es por esta razón que el cristiano está llamado a sembrar el buen grano: la verdad, la justicia, la caridad, la misericordia y la esperanza.
El Magisterio de la Iglesia ha reconocido siempre el valor del progreso, pero ha recordado con firmeza que el progreso debe orientarse hacia el bien integral de la persona. Pablo VI enseña que el verdadero desarrollo concierne al hombre en su conjunto y a cada hombre. Juan Pablo II advierte contra una sociedad que reduce todo al beneficio y al consumo. Benedicto XVI recuerda que la técnica, sin la verdad y la caridad, no es capaz de indicar el bien. Francisco invita a no dejarse dominar por el paradigma tecnocrático, sino a proteger lo creado y poner siempre en el centro la dignidad de la persona.
El cristiano no está llamado a rechazar el progreso, sino a iluminarlo con la sabiduría que proviene de Dios. La fe no es enemiga de la razón: ambas son dones del Creador y encuentran su armonía cuando se orientan hacia la verdad. El verdadero desarrollo no consiste en tener cada vez más, sino en ser cada vez más hombre según el proyecto de Dios. Significa crecer en el amor, en la justicia, en la solidaridad y en la santidad.
El progreso es auténtico cuando fortalece la familia, protege la vida, fomenta relaciones verdaderas, educa a los jóvenes en la responsabilidad, respeta la creación y ayuda al hombre a acercarse a Dios. Si, por el contrario, alimenta el consumismo, el individualismo, la apariencia, la dependencia de la tecnología y la ilusión de que el dinero puede dar la felicidad, entonces corre el riesgo de alejar al hombre de Dios e incluso de sí mismo. La verdadera sabiduría consiste en poner cada descubrimiento, cada arte y cada conquista al servicio de la persona y de la gloria de Dios, recordando las palabras de Jesús: “¿De qué sirve un hombre ganar el mundo entero si pierde su propia alma?”. Esta pregunta sigue siendo hoy el criterio más alto para juzgar toda forma de progreso e invita a cada persona a elegir lo que tiene valor no sólo en el tiempo, sino también en la eternidad.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 3 de julio de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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