Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Ruggero Sangalli, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre nuestra fe y sus números. Disfruten la lectura y compartan.
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DESDE EL ÁBACO HASTA LA OBRA
Las monedas acuñadas en la época y los libros de historiadores fijan la ubicación cronológica exacta del reinado de Herodes el Grande, acreditando la exactitud y precisión de las referencias históricas presentes en los evangelios, deshonrando a quienes las consideran un relato mítico, y en esta nueva incursión tendremos confirmación de ello.
Al adentrarnos meticulosamente entre los números, es posible entrecruzar los calendarios y las combinaciones entre los intervalos de años (cuatro para los Juegos Olímpicos, siete para los años sabáticos, el quincuagésimo año después de siete por siete para los jubilares) ya que se conoce el mes desde el que se inicia el conteo ordinal (los Juegos Olímpicos desde julio, el año judío desde Tishri, el año consular romano desde enero, etc.) y enmarcando con poca incertidumbre residual los acontecimientos asociados al año de reinado de los protagonistas de las crónicas históricas.
Ahora la atención recae en el templo de Jerusalén, no sólo como majestuoso edificio de culto de las religiones judía e islámica, sino también en sus implicaciones materiales y espirituales inherentes a la fe cristiana.
Herodes el Grande decidió intervenir en el templo de Zorobabel (el segundo templo, reconstruido luego del exilio posterior a la destrucción del primer templo, el de Salomón) y lo anunció en su decimoctavo año de reinado según las Antigüedades Judías, el decimoquinto para las Guerras Judías, las dos obras de Josefo Flavio que hacen referencia a él. Este es el año de reinado entre el 20 y el 19 a.C. La noticia está relacionada con la partida de Augusto hacia Roma, concluido su largo viaje por Siria y áreas limítrofes: los historiadores romanos datan coincidentemente el regreso de Augusto a Roma en el año 19 a. C.
¿Qué había cruzado por la mente del rey Herodes? Meter mano en la zona más sagrada, que aunque imponente era la pariente lejana de la construida por Salomón, para superar incluso el antiguo esplendor, dando al Dios de Israel un templo que ni siquiera los Asmoneos (Herodes había interrumpido la dinastía y, bajo el prejuicio contra él que incubaba especialmente en la nobleza sacerdotal) habían sabido darle.
Un proyecto… faraónico, fuerte por su amistad con los romanos, los gobernantes del mundo.
Dejemos que la geografía nos ayude: el monte del templo, el monte Moriá, era la parte norte de un espolón rocoso con desarrollo norte-sur, elevado entre dos valles profundos: el del Cedrón al este y el del Tiropeón al oeste. Su punto más alto está a 745 m sobre el nivel del mar. Al sur, más abajo porque la pendiente era empinada, la colina toma el nombre de colina de Ophel, donde el rey David erigió su ciudadela. En tiempos de Salomón ya se había construido un terraplén entre el Ophel y el Moriá, que cruzaba la depresión natural para crear una sólida plataforma de soporte para el edificio sagrado construido en el monte Moriá, cuya cima es la piedra donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a Isaac. Herodes quiso intervenir en esta meseta en parte natural y en parte artificial.
Ahora prestemos atención a los números: respecto al área dedicada al templo existente, las medidas estaban destinadas a duplicarse (!) rodeando el perímetro anterior con muros de contención macizos en los cuatro lados y rellenando en los cuatro lados los huecos creados, nivelando toda el área (estamos hablando de una zona montañosa, no de una llanura). La plataforma trapezoidal resultante mide 488 metros hacia el oeste (hacia el centro de la ciudad), 470 metros hacia el este (hacia Getsemaní), 315 metros hacia el norte (incluyendo la Antonia) y 280 metros hacia el sur hacia la ciudadela de David. El único muro perimetral existente que sólo se alargó fue el oriental (hacia el norte y hacia el sur), mientras que los otros tres fueron completamente reconstruidos fuera de los existentes. También se rellenó un pequeño valle al norte. En total se trata de un área de más de 14 hectáreas, que es más de 12 veces la actual Plaza de San Pedro en Roma, como unos quince campos de fútbol colocados uno al lado del otro. Como al este y al oeste el fondo del valle estaba muchos metros por debajo del nivel de la meseta, los arqueólogos encontraron los cimientos de los muros construidos a unos treinta metros de su cima: la parte inferior de los muros hoy está por debajo del nivel del suelo, oculta por los escombros que elevaron el fondo de los dos valles, especialmente el del Tiropeón.
Por ejemplo, la roca madre, natural, se encuentra a 21 metros por debajo de la plaza del Muro de las Lamentos. En la época de Herodes y cuando Jesús caminaba por allí, el incómodo desnivel entre el fondo del valle del centro de la ciudad y el área del templo era mantenido con imponentes arcos con viaductos también a media altura. Hoy en día se estudian los restos de ella en el arco más septentrional, que lo conectaba con el ξυστός/Xisto, λιθόστρωτος o גאבטה/Gábbatha) frente al palacio de los Asmoneos (fue la residencia de Pilato) y el arco de Robinson al sur: entre ellos se desarrolla el muro occidental, hoy el Muro de los Lamentos. Entre los muros muy gruesos había puertas monumentales y el acceso a los caminos que, subiendo las escaleras o dentro de la oscuridad de los túneles entre los bloques, conducían al gran y deliberadamente brillante patio (mármoles blancos por todas partes y techos dorados para la zona sagrada) con un efecto escénico efectivo y deseado para quienes llegaban al templo. Así lo afirma Flavio Josefo: “A los extranjeros que se acercaban les parecía desde lejos una montaña nevada; porque todo lo que no estaba recubierto de oro era de un blanco purísimo” (La Guerra de los Judíos, 5.5).
Sobre la gigantesca plataforma de los nuevos muros de contención se alza el nuevo templo religioso, edificado en correspondencia con la elevación natural del Moriá, un edificio a unos cuarenta metros sobre la zona circundante, visible desde kilómetros de distancia. En todo esto se previó una densa red de túneles para canalizar el agua limpia y residual, accesorias a las diversas arquitecturas y construcciones, incluyendo escaleras, vallas, accesos y rutas de escape. Flavio Josefo describe el muro de contención de Herodes como “la obra más prodigiosa que el hombre haya visto jamás” (Antigüedades Judías 15.11).
Herodes el masón, no hay duda: fue indudable su habilidad como constructor con la pasión megalómana por la grandiosidad y esta vez quiso finalmente ganarse el favor de sus súbditos escépticos. No fue tan fácil para él, aunque era conocido por su habilidad para realizar obras edilicias. Flavio Josefo lo explica así (Antigüedades Judías 15.11): “como sabía que la multitud no estaba ni pronta ni dispuesta a ayudarle en un proyecto tan vasto, pensó en prepararlos primero con un discurso y luego comenzar la obra propiamente dicha”.
Herodes utiliza el argumento: el templo religioso existente era bajo (“le faltan sesenta codos de su altura original”) comparado con el de Salomón y luego presume de su amistad con los romanos, lo que garantiza su favor (la historia lo desmentirá en el año 70 d.C.). El discurso no es convincente y, de hecho, (la Antigüedad) “asustó a muchos del pueblo, porque fue inesperado; y como parecía increíble, no los animó, sino que los desmoralizó, pues temían que demoliera todo el edificio y no pudiera cumplir con sus propósitos para la reconstrucción; y este peligro les parecía muy grande, y la inmensidad de la empresa tal que apenas podía ser realizada”. Herodes entonces aseguró que “no demolería su templo hasta que todo estuviera preparado para reconstruirlo por completo. Y como les había prometido esto de antemano, no rompió su palabra, sino que preparó mil carretas que llevarían las piedras para la construcción, y eligió diez mil de los obreros más hábiles, compró mil prendas sacerdotales para otros tantos sacerdotes, e hizo enseñar a algunos el arte de los canteros y a otros el de carpinteros, y después empezó a construir; pero sólo después de que todo estuviera bien preparado para el trabajo”. En síntesis: antes de empezar era necesario discutir, elegir a las personas (miles), formarlas (sacerdotes que se convierten en obreros de la edificación), equipar la obra, encontrar los materiales… La zona del culto era accesible solamente para los sacerdotes y ellos fueron los únicos que trabajaron en esa parte del proyecto.
Continúa Antigüedades Judías: “Herodes retiró entonces los cimientos viejos y colocó otros y erigió sobre ellos el templo, de cien codos de largo y veinte codos adicionales de alto… Ahora el templo estaba construido con piedras blancas y resistentes, cada una de veinticinco codos de largo, ocho de alto y unos doce de ancho”. ¡Estamos hablando de bloques gigantescos de cien metros cúbicos que pesan varias toneladas! A pesar del tamaño y del peso de los bloques de piedra extraídos, los equipos de trabajo lograron cortarlos y retirarlos sin el auxilio de modernas maquinarias de elevación, superando enormes dificultades logísticas. Al norte de Jerusalén se extendía esencialmente una única e inmensa cantera… Se sabe que también el área del Calvario era una cantera. La actividad minera fue tan intensa que incluso bajó el nivel del terreno en esa zona. El Calvario se eleva como un remanente rocoso, evidentemente demasiado duro para ser trabajado.
Herodes fortificó también la torre de defensa para proteger y custodiar el templo y así “agradó a Antonio, que era su amigo y gobernador romano, y le dio el nombre de Torre Antonia” (Antigüedades Judías, 15). Y también: “el templo mismo fue construido por los sacerdotes en un año y seis meses; lo que llenó de alegría a todo el pueblo; y de inmediato agradecieron, a Dios en primer lugar, y en segundo lugar, por la inquietud mostrada por el rey. Festejaron y celebraron la reconstrucción del templo… el final de la obra coincidió también con el día de la investidura del rey, que él, según una antigua costumbre, celebraba como una fiesta y que ahora coincidía con la otra”. “Se dice que durante el tiempo en que se construyó el templo no llovía durante el día, sino que caían chubascos por la noche, para que el trabajo no se viera obstaculizado”.
El templo para el culto se construyó en dieciocho meses. ¿En qué año estamos? Razonablemente partiendo de los primeros meses del 19 a.C., considerando también el desmantelamiento del existente, sabiendo que la fecha de finalización de la obra coincide con la toma del poder por parte de Herodes, deberíamos estar entre la mitad del año 17 a.C. y la mitad del año 16 a.C., entre dos y tres años desde el anuncio. Casi un milagro si se piensa en las dimensiones del área, los bloques, su peso, la construcción de los caminos de acceso para rodarlos sobre troncos, tirados por bueyes… Las canteras estaban cerca de la ciudad, pero también a kilómetros de distancia. La hipótesis del 16 a.C. es realista, con más de un año de debate y de preparativos del terreno de soporte alrededor y luego un año y medio de trabajo en el templo.
En el capítulo 2 del cuarto Evangelio se ofrece una referencia precisa al templo, que tenía 46 años, antes de una Pascua judía. Estamos cerca del milagro que tuvo lugar en Caná, Galilea, al comienzo de la vida pública de Jesús, en un contexto en el que Juan el Bautista aún estaba libre (sería arrestado en el verano del año 31 d.C.).
Retrocediendo 46 años llegamos al año 16 a.C. Los años 30-31 d.C. (desde Tishri) es también un año jubilar y, por lo tanto, fue fácil hacer cálculos, ya que el 20-19 a.C. también fue jubilar cuando Herodes anunció el proyecto. El Evangelio nos da una confirmación indirecta del gran énfasis que Jesús dio a los sembradores en el otoño del año 31 d.C., después de dos años (sabático + jubileo) en los que la tierra no fue sembrada.
Jesús expulsa a los mercaderes del templo por primera vez (se repetirá cerca de la Pascua del año 33 d.C.). En la discusión que sigue, Jesús dice: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”.
¿Pero de qué templo se hablaba? San Juan evangelista usa dos palabras distintas: ἱερός [hierós) cuando Jesús expulsa a los mercaderes, pero para templo en el sentido religioso usa ναός [naós] (la casa de Dios). El ἱερός era el área anexionada a la propiamente cultual, el ναός, completamente inaccesible para los gentiles.
Aquí hay otro indicio decisivo de las Antigüedades Judías, de Flavio Josefo, el cual comienza cada uno de sus libros señalando el intervalo de años al que se refiere. En este caso, desde la muerte de Antígono hasta el final de la construcción del templo, ¡se indican 18 años y 34-18 años son 16! Las monedas y los estudios sobre los acontecimientos del rey también nos han llevado a este cálculo sencillo. Para que conste, el templo ἱερός estuvo en construcción hasta el año 64 d.C., solo seis años antes de su trágico final.
Para concluir, una reflexión mariana. Las fechas de Herodes (que no murió en el 4 a.C. y por tanto Jesús no nació en el 6 a.C.) acreditan el nacimiento de Jesús a finales del 752 a.C., exactamente como lo anuncia la kalenda de (el año 752 de Roma es el del 2 a.C. al 1 a.C.), en el año cuadragésimo dos del imperio de César Octavio Augusto. Jesús vive ciertamente la pasión de nuestra salvación el 14 de Nisán, 33 d.C. Según la costumbre, la Santísima Virgen María había cumplido 14 años en el momento de su compromiso con San José, a finales del año 3 a.C., y por tanto el 17 a.C. es el año de su nacimiento, y su Inmaculada Concepción, nueve meses antes, fue a finales del 18 a.C., cuando los sacerdotes encargados comenzaron sus 18 meses de trabajo… Cuando María fue presentada en el templo, cerca de finales del 17 a.C., fue llevada… ¡a una obra en construcción!
¿¡Fascinante, verdad!? Dios comienza su templo para la encarnación de la Palabra creadora precisamente mientras el hombre poderoso planea un templo para Dios. El templo para Dios se convierte en el hombre restaurado a la inmaculada integridad de la creación y las glorias del templo del hombre, que no teme manipular a Dios, se convierten en… escombros.
Después del templo romano dedicado a Júpiter y antes de Mahoma, los arqueólogos encontraron en el área del templo restos de una basílica cristiana dedicada a la Virgen María. ¿Quién mejor que ella podía poner su sello justamente ahí? Ella nunca se alejó de la obra en construcción, ni siquiera bajo la cruz. Nuestra alma necesita también de la fantasía. Debemos convertirnos a la fantasía, para imaginar las escenas y el estudio no es un intelectualismo, sino que a partir de las imágenes logra captar lo esencial. Toda la historia tiene un cumplimiento.
Al final, será el Inmaculado Corazón de María quien triunfe y, en definitiva, es así.
Ruggero Sangalli
Publicado en italiano por Marco Tosatti el 12 de junio de 2026, en su https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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