Marco Tosatti
Muy estimados StilumCuriales, Cinzia Notaro, a quien damos nuestro agradecimiento, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre los Becerros de Oro a quienes rendimos homenaje cada día, a menudo sin siquiera ser conscientes de ello. Disfruten la lectura y difundan.
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LOS BECERROS DE ORO DE LOS GENTILES
Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto y fue guiado por Dios a la Tierra Prometida recibió la Alianza en el Sinaí. Sin embargo, mientras Moisés estaba en el monte en presencia del Señor, el pueblo se construyó un becerro de oro y lo adoró como a un dios. Fue uno de los pecados más graves del Antiguo Testamento: la criatura tomó el lugar del Creador y la obra de las manos humanas fue elevada a objeto de culto.
Ese episodio no pertenece solamente al pasado. El becerro de oro es el símbolo de una tentación que acompaña al hombre de todos los tiempos: reemplazar a Dios por algo creado. La idolatría no es sólo postrarse ante una estatua; nace cada vez que algo ocupa el lugar que corresponde a Dios.
En su Carta a los Romanos, San Pablo enseña que el Evangelio se difundió entre las naciones también por la incredulidad de una parte de Israel: “Por su caída, la salvación llegó a los gentiles” (Rm 11, 11).
Y además: “A causa de su desobediencia vosotros habéis obtenido misericordia” (Rm 11, 30).
Sin embargo, el Apóstol señala que no fue un rechazo total al pueblo judío. De hecho, habla de un “endurecimiento parcial” y afirma con firmeza: “Dios no ha repudiado a su pueblo” (Rm 11, 2).
Precisamente por esta razón, Pablo dirige una severa advertencia a los cristianos provenientes de las naciones: “No se engrían, sino teman” (Rm 11, 20).
Los gentiles no deben pensar que son mejores que Israel. Si Dios no ha perdonado a las ramas naturales, tampoco deben presumir su posición. La gracia recibida exige humildad, fidelidad y conversión continua.
Sin embargo, la historia muestra que también los pueblos que han recibido el Evangelio han conocido sus becerros de oro. Ya no imágenes metálicas, sino ídolos como el dinero, el poder, el éxito, el placer, la ideología, la tecnología, el culto de la apariencia, la autosuficiencia humana y la exaltación del yo.
San Pablo ya había descrito este proceso: “Intercambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador” (Rm 1, 25).
El verdadero drama de la idolatría no es el objeto adorado, sino el hecho de que el hombre se aleja de Dios y termina absolutizando algo que no es Dios.
Sin embargo, hay un aspecto de la crisis moderna que merece una reflexión particular. No se trata simplemente del pecado, que acompaña a la historia de todos los individuos y de todos los pueblos. El pecador sabe, al menos implícitamente, que está transgrediendo una ley superior. Por el contrario, en muchas corrientes culturales contemporáneas, estamos presenciando algo diferente: no se limitan a desobedecer el orden establecido por Dios, sino que pretenden redefinirlo.
Sin embargo, a lo largo de la historia de la Iglesia innumerables santos, mártires y fieles han custodiado y dado testimonio heroico de la Palabra de Dios.
El hombre moderno no siempre se limita a transgredir el mandamiento y a impugnar la ley moral; reivindica su redefinición. En este sentido, reaparece la antigua tentación de la serpiente: “Seréis como Dios” (Gn 3, 5).
El becerro de oro ya no es solamente el dinero o el poder. Puede convertirse en hombre él mismo cuando se considera la fuente absoluta de la verdad.
¿Quién es el hombre para atribuirse tal poder a sí mismo? ¡Él no es más que polvo!
Las Escrituras enseñan que Dios formó al hombre a partir de la tierra. Somos tierra. Tierra amasada por las manos del Creador, tierra viviente por su espíritu. No nos dimos la existencia, no nos creamos a nosotros mismos.
Todo lo que poseemos es recibido: la vida, la inteligencia, la razón, la libertad, la capacidad de amar. Incluso nuestro cuerpo da testimonio de que somos criaturas y no creadores.
Incluso antes de que el hombre adore el dinero, el poder o el placer, termina adorándose a sí mismo. La criatura se sitúa en el trono que pertenece a Dios. El polvo quiere convertirse en legislador del universo. La tierra pretende determinar por sí misma lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdadero y lo que es falso, lo que es naturaleza y lo que no lo es.
San Agustín describe magistralmente esta alternativa: “Dos amores han edificado dos ciudades: el amor propio hasta el punto de despreciar a Dios, la ciudad terrenal; el amor a Dios hasta el punto del desprecio de sí mismo, la ciudad celestial”.
Santo Tomás de Aquino enseña: “La ley natural no es otra cosa que la participación de la ley eterna en la criatura racional”.
Si la ley moral hunde sus raíces en la sabiduría del Creador, el hombre no es su el dueño sino el destinatario. Puede aceptarla o rechazarla, pero no puede transformar la verdad según su propia voluntad sin perderse a sí mismo.
También Benedicto XVI puso en guardia contra esta derivación al hablar de la “dictadura del relativismo”, que no reconoce nada como definitivo y deja como medida última solamente el propio yo y los propios deseos.
Por lo tanto, la enseñanza de San Pablo conserva toda su actualidad. Israel cayó en la idolatría del becerro de oro. También los gentiles, aunque han recibido la misericordia de Dios, pueden caer en la idolatría bajo formas nuevas y más sofisticadas. Por eso el apóstol advierte: ” No se engrían, sino teman” (Rm 11, 20).
Cada época tiene sus ídolos. Cada generación debe elegir si adorar al Creador o a la criatura. El mayor peligro no es sólo el hacer un becerro de oro, sino olvidar que somos tierra y que queremos ocupar el lugar de Dios.
Cuando la tierra adora a su Creador, alcanza su verdadera grandeza. Cuando, en cambio, la tierra pretende convertirse en Dios, lo que aparece como liberación se transforma inevitablemente en una nueva esclavitud. La verdadera libertad nace de la humildad de la criatura que reconoce su propio origen, acoge la verdad recibida y da gloria a Aquel de quien proviene todo bien.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 11 de junio de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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