Marco Tosatti
Muy estimados StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención la homilía pronunciada por monseñor Carlo Maria Viganò con motivo del Corpus Christi. Disfruten la lectura y difundan.
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Quam ergo mercedem accipias?
[¿Qué recompensa esperas recibir]
Homilía en la Fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre
de Nuestro Señor Jesucristo
Vetustatem novitas,
umbram fugat veritas,
noctem lux eliminat.
[Lo nuevo sustituye lo viejo,
la verdad ahuyenta las sombras,
la luz destierra a la noche]
Secuencia Lauda Sion
La Santa Iglesia se reviste de fiesta hoy para adorar y celebrar a su Rey Eucarístico, el Señor Sacramentado, la Santísima Eucaristía en la que la cual está presente la Palabra Encarnada en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. El Oficio Divino del Corpus Christi, compuesto por el Doctor Angélico, es un tesoro de Fe y de Caridad, el canto del alma para el magnum Mysterium et admirabile Sacramentum.
En el Convento de San Domenico Maggiore en Nápoles aún es posible visitar la celda donde vivió el Aquinate desde 1272 a 1274 y ver el altar de la capilla de San Nicola, a cuyo tabernáculo se acercó Santo Tomás para escuchar las palabras que el divino Prisionero le sugirió, y que más tarde formaría parte del Proprio de esta fiesta. En ese mismo altar se colocó, dentro de una hornacina, el icono del Crucifijo que milagrosamente le dijo: Bene dixisti de Me, Thoma. Quam ergo mercedem accipias? Has escrito bien sobre Mí, oh Thomas: ¿qué recompensa quieres? El santo teólogo respondió: ¡Non aliam nisi Te, Domine! ¡Nada más que a Ti, oh Señor!
Quam ergo mercedem accipias? ¿Qué recompensa quieres? Si el Señor nos hiciera esta pregunta, ¿qué le responderíamos? E incluso antes de eso: ¿podríamos esperar oírnos decir: Bene dixisti de Me, por la forma en que hemos usufructuado los dones que nos han sido generosamente concedidos por la magnificencia divina?
Por supuesto, ninguno de nosotros puede competir en erudición y doctrina con Santo Tomás de Aquino. Pero ciertamente podemos, con la gracia de Dios, tenerle como ejemplo para nosotros de santidad, de humildad y de amor por la Palabra Encarnada presente en el Santísimo Sacramento. Respondamos siempre a Él: ¡Nada más que a Ti, oh Señor! No quiero éxito. No quiero honores. No quiero dinero, ni placeres, ni quimeras mundanas. No quiero agradar al mundo. No quiero que los poderosos me aprueben. Sólo te quiero a Ti, oh Señor. Sólo a Ti. Te quiero, Verdad suprema, te quiero a Ti, Caridad infinita. Te quiero a Ti, altar, sacerdote, víctima. Te quiero como Comida y como invitado, cibus et conviva.
Panis angelicus fit panis hominum; dat panis cœlicus figuris terminum; o res mirabilis! Manducat Dominum pauper, pauper servus et humilis. El Pan de los Ángeles se hace pan de los hombres; el Pan del Cielo perfecciona las figuras antiguas ¡Qué admirable! Los pobres, los siervos y los humildes se alimentan de su Señor, siervo pobre y humilde, quien se da a sí mismo como alimento: Ego sum panis vivus qui de cœlo descendi (Jn 6, 51). Soy el Pan vivo que desciende del cielo: lo declaró el divino Maestro a la multitud en el lago Tiberíades, luego de haber multiplicado milagrosamente cinco panes y dos peces para alimentar a cinco mil personas. Esos cinco panes no fueron suficientes: Non in solo pane vivit homo sed omni verbo, quod procedit de ore Dei (Mt 4, 4). Y es precisamente la Palabra que procede de la boca de Dios la que se comunica en el Santísimo Sacramento del Altar, en el Santo Sacrificio de la Misa.
Si este mundo rebelde no ha sido arrasado por la ira de Dios, es porque hay todavía quienes muestran adoración y gratitud hacia este milagro de Caridad y de Fe, reuniéndose en oración frente el tabernáculo o postrados delante de la radiante Hostia en la custodia. Personas desconocidas, que no aparecen en los boletines parroquiales ni tampoco en el semanario diocesano porque “no son noticia”; porque no reclaman derechos, salvo el de permanecer católicos, apostólicos y romanos, a pesar de sus pastores indignos.
Desde hace más de sesenta años la revolución permanente del Vaticano II ha asestado un golpe durísimo a la vida misma del cuerpo eclesial. La pérdida de la Fe en el pueblo cristiano es la consecuencia directa, planificada y obstinadamente perseguida, de un plan de disolución que no pudo dejar de afectar al Santísimo Sacramento, a la Santa Misa y al Sacerdocio. Esta crisis, queridos hermanos, es el fruto envenenado de décadas de demolición sistemática por parte de quienes deberían haber combatido y muerto por defender el Depositum Fidei. Y esto ha multiplicado los sacrilegjos y las profanaciones de la Santísima Eucaristía, hasta el punto de hacer que los perros coman la Hostia santa, sin que esto lleve a alguna reparación o excomunión. Non mittendus canibus, hemos cantado hace un rato.
La revolución conciliar destruyó la Misa católica; eliminó el respeto al Tremendum ac vivificum Sacramentum; impuso la administración sacrílega de la Comunión en la mano y de pie; oscureció el dogma de la Presencia Real; confinó el Tabernáculo a un rincón de la iglesia, demolió altares y balaustradas; indujo a los fieles a considerar al Rey Eucarístico como un símbolo de fraternidad humana, como un pretexto para la auto-celebración de la comunidad; ha vaciado seminarios e iglesias, descristianizado la sociedad y demolido la fe católica.
Pero si la Iglesia conciliar y sinodal tolera e incluso fomenta las liturgias más irreverentes y autoriza la Comunión a los indignos en estado de pecado público en nombre de la inclusión y del diálogo, esa misma amplitud y comprensión no tienen cabida para los católicos, reducidos a mendigar una Misa celebrada dignamente por un sacerdote que cree en ella, como si fuera una excentricidad digna de compasión, si no es indicio de sedición peligrosa.
Por eso estamos reunidos en esta capilla privada, en esta “iglesia doméstica” que he bendecido antes de la Misa. Por eso estamos trabajamos para garantizar la administración de los Sacramentos, impartidos por sacerdotes perseguidos y cancelados.
Hemos visto admitir a los pecadores públicos a la Mesa sagrada con Amoris Laetitia y Fiducia Supplicans, queridos por Bergoglio, quien en Buenos Aires había hecho tapiar la Hostia de un milagro eucarístico para que no fuera expuesta a la adoración. Y precisamente en estos días el arzobispo de Milán suprimió la procesión del Corpus Christi por las calles de la ciudad, invocando como pretexto el problema del tráfico y la presencia de turistas como un obstáculo insuperable para la salida del Rey Eucarístico en un mundo que más que nunca debería volver a arrodillarse a los pies del Señor. Mientras Milán, junto con todas las ciudades de nuestro Viejo Continente, se ha transformado en un campamento de hordas de migrantes mayoritariamente musulmanes, violentos y a menudo criminales; mientras que hemos visto el mismo cementerio del Duomo de Milán transformado en una mezquita al aire libre; mientras la diócesis de Milán está trabajando con entusiasmo ecuménico para construir un templo politeísta (el llamado “Monasterio Ambrosiano”), el sucesor de San Ambrosio y de San Carlos, Mario Delpini, repite las palabras con las que Simón respondió a la criada que le reconoció como discípulo del Nazareno: No le conozco (Mc 14, 67).
No hay nadie que no vea lo grotesco y revelador que muestra ser el comportamiento de pastores indignos, para quienes toda excusa es válida si permite negar los honores divinos al Santísimo Sacramento. Uno se postra ante la Pachamama, pero ay de quien se arrodille –veneremur cernui- ante el Pan de los Ángeles. Delpini reprime una procesión que también tuvo lugar durante la guerra, pero que ante la farsa pandémica o el turismo debe apartarse respetuosamente. Milán: de Ambrosio a Montini, de Schuster a Delpini, de Nuestro Señor a Mahoma, de Corpus Christi al orgullo gay. Una traición que clama venganza al Cielo.
¿Pero el Hijo del Hombre, cuando venga, encontrará fe en la tierra? (Lc 18, 8). ¿Encontrará a quienes aún creen en el tan augusto Sacramento, a quienes aún le adoran, a quienes aún le reciben dignamente confesados y en gracia de Dios? ¿Encontrará también a quienes profesan y celebran el Santo Sacrificio, quienes reconocen en él sus propósitos latréutico, eucarístico, propiciatorio e impetratorio? Sí, queridos fieles: y serán los pocos que permanezcan fieles, aquellos que hoy son señalados como rebeldes, excomulgados como herejes y cismáticos, mientras una Jerarquía infiel admite a la Comunión a anglicanos y protestantes, concubinos y sodomitas. Por eso es tan importante la preservación de la Misa católica. Por eso es tan importante perpetuar el Sacerdocio y multiplicar los apostolados en estos tiempos de persecución. Por eso es tan importante que cada uno de nosotros se acerque con las debidas disposiciones al Señor en la Santísima Eucaristía.
Hagamos nuestra propia la oración del Ángel de la Paz, que se apareció a los tres pastores de Fátima en 1916: Dios mío, creo, adoro, espero y Te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan ni Te aman. Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Te adoro profundamente y Te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Tabernáculos del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los que Él mismo es ofendido. Y por los infinitos méritos de Su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, Te pido la conversión de los pobres pecadores. Que así sea.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
4 de junio de MMXXVI
In festo Ss.mi Corporis et Sanguinis D.N.J.C.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 8 de junio de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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