Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, Cinzia Notaro, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre cómo nuestra sociedad, cuando se habla del cuerpo humano, se rebaja a una visión materialista y nihilista de la realidad. Disfruten la lectura y la meditación.
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El cuerpo humano no es una máquina
Al escuchar ciertos programas científicos de televisión, lo que se afirma lleva a pensar que el ser humano es solamente un conjunto de engranajes biológicos. Hablan del corazón como una bomba, del cerebro como un ordenador, del cuerpo como una máquina sofisticada que debe repararse, actualizarse, incluso mejorarse artificialmente.
Pero el cuerpo humano no es una máquina.
Esta comparación, que se repite una y otra vez hoy en día, pertenece a una visión materialista y nihilista del hombre. Una visión que ha perdido el sentido de lo sagrado, el sentido de la creación, el sentido de Dios.
No somos productos industriales. No somos algoritmos. No somos números dentro de un sistema digital. Somos criaturas de Dios.
Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. Es Cristo quien nos creó, es Él quien nos sostiene cada día, es Él quien guía la historia del mundo, incluso cuando el hombre moderno cree que puede reemplazar a Dios con tecnología, con inteligencia artificial y con la dominación tecnológica.
Hoy el mundo parece ir en una dirección precisa: transformar al ser humano en algo controlable, manipulable, predecible. La digitalización total de la vida, la adicción a los smartphones, la nomofobia, el pensamiento único impuesto culturalmente, están creando hombres cada vez más aislados espiritualmente y cada vez más dependientes del sistema.
Detrás de la palabra “progreso” se esconde muchas veces un proyecto mucho más profundo: construir un hombre sin alma, sin identidad espiritual, sin vínculo con Dios.
El transhumanismo representa el sueño definitivo de esta época: superar los límites naturales del hombre, fusionar al hombre y la máquina, crear una humanidad artificialmente mejorada. Pero cuando el hombre quiere convertirse en Dios, termina inevitablemente perdiéndose a sí mismo.
La ciencia es importante cuando permanece al servicio de la persona humana. Pero se vuelve peligrosa cuando pretende decidir qué es el hombre, qué es la vida, qué es la naturaleza.
En los últimos años hemos visto cuán fácilmente el miedo puede convertirse en instrumento de control social. Por eso hoy es necesario estar vigilantes para que la dignidad, la libertad y la conciencia humanas no sean sacrificadas en nombre de un poder tecnocrático cada vez más centralizado. Defender al hombre significa defender también su dimensión espiritual.
Sin Dios todo se vuelve permisible. Una vez que Dios es eliminado, el hombre no se libera: se vuelve más frágil, más manipulable, más solo.
La era del libertinaje absoluto y del relativismo moral está vaciando el alma de Occidente. Hablamos constantemente de tecnología, eficiencia, rendimiento, pero ya no se habla más de la fe, de la verdad, de la salvación.
Sin embargo, el hombre no puede vivir sólo de la materia.
Dentro de cada persona hay una sed espiritual que ninguna inteligencia artificial podrá satisfacer jamás.
El cuerpo humano no es una máquina para programar: es un regalo de Dios.
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