Marco Tosatti
Muy estimados StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención la homilía pronunciada por monseñor Carlo Maria Viganò el 26 de abril de 2026. Disfruten la lectura y compartan.
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INIMICA RESPUERE
Homilía en el tercer domingo después de Pascua
Amen, amen, dico vobis:
quia plorabitis et flebitis vos,
mundus autem gaudebit:
vos autem contristabimini,
sed tristitia vestra vertetur in gaudium
[En verdad, en verdad, os digo,
vosotros vais a llorar y gemir,
mientras que el mundo se va a regocijar.
Estaréis afligidos,
pero vuestra tristeza se convertirá en gozo]
(Jn 16, 20)
El Evangelio de este tercer domingo de Pascua forma parte del llamado “discurso de despedida” que Nuestro Señor dirige a los Apóstoles en el Cenáculo la noche del Jueves Santo, antes de ir a rezar en Getsemaní y ser arrestado por los guardias del templo. Judas ya ha salido para traicionarle (Jn 13, 30) y poco después entregará al Cordero Inmaculado a sus verdugos, recogiendo las treinta monedas de plata. El “modicum” del que habla el Señor (Jn 16, 16) se refiere al breve intervalo entre su muerte en la Cruz (“ya no me verán”) y la Resurrección (“Un poco más y me volverán a ver”), anticipando entonces la alegría definitiva que ninguna prueba podrá quitar. No es casualidad que el dolor de los discípulos sea comparado con el dolor de parto de una mujer que da a luz a un hijo. Esto recuerda las penurias del alma en el momento en que todo parece perdido —el Maestro ejecutado, los discípulos dispersos, la negación de Pedro, la aparente victoria de los conspiradores del Sanedrín— y la alegría que siente cuando los sufrimientos desaparecen al clamor de una nueva vida que se abre al mundo.
Vemos entonces asimilado el Misterio de la Redención al nacimiento de una criatura, como si recordara a la Regina Crucis, la Mujer vestida con el sol (Ap 12, 1) –figura de la Virgen Madre y de la Iglesia– queda atrapada en el trabajo de parto mientras un dragón (Satanás) espera para devorar a su hijo varón (el Mesías, Cristo). El parto simboliza la generación de la Iglesia a través de las persecuciones y las pruebas históricas; los dolores del trabajo de parto representan el precio de la Redención y del testimonio evangélico, pero que culminan en la victoria divina. El hijo es arrebatado y elevado al trono de Dios (Ap 12, 5), prefigurando la Resurrección y la Ascensión. Como observa la exégesis, los dolores de parto en el Evangelio de Juan ilustran las dificultades de la Pasión del Señor y del anuncio del Evangelio, mientras que en el Apocalipsis expresan el mismo misterio aplicado al nacimiento del Mesías y a la vida de la Iglesia militante, obstaculizada por el maligno pero protegida por Dios. Esta imagen bíblica se repite también en la Epístola a los Gálatas —estoy de nuevo en trabajo de parto hasta que Cristo se forme en vosotros, dice San Pablo (Gal 4, 19)— y enfatiza la fecundidad generadora de la Fe.
Los dolores del parto simbolizan también el sufrimiento del alma, llamada a purificarse de concupiscencias para ser pura y santa ante Dios, como leemos en la Epístola de la Misa: Os exhorto, como forasteros y peregrinos, a absteneros de los deseos de la carne que hacen la guerra al alma” (1Pe 2, 11). San Pedro lo dice explícitamente: como forasteros y peregrinos, porque estamos de paso por este mundo, en nuestro camino hacia nuestra meta sobrenatural. La ilusión de un paraíso en la tierra nos mantiene anclados en la carne, ya que estamos llamados a las realidades del Cielo.
En esta tierra, queridos amigos, estamos efectivamente de paso, pero como soldados alistados para una milicia espiritual. Y en este servicio militar estamos llamados a ejercitarnos en el uso de las armas espirituales y a combatir a los enemigos del alma, según la advertencia de San Pablo: Revestíos con la armadura de Dios, para poder resistir los ataques engañosos del diablo. Porque para nosotros la batalla no es contra las criaturas de sangre y carne, sino contra los Principados y contra las Potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que habitan en las regiones celestiales. Por eso, tomad la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y permanecer en pie después de haber superado todas las pruebas. En consecuencia, manteneos firmes, ceñidos los lomos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia y calzados los pies con el celo para difundir el Evangelio de la paz. Tened siempre a mano el escudo de la fe, con el cual podréis apagar todos los dardos encendidos del Maligno. Tomad también el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (Ef 6, 11-17).
Armadura, coraza, zapatos, escudo, casco, espada: el equipamiento militar del miles Christi está asegurado por la Gracia del Bautismo que todos hemos recibido y por la Confirmación que acaban de recibir Davide, Nicola, Ettore, Giovanni e Nicola, convirtiéndose con pleno derecho en soldados de Cristo. El carácter sacramental que imprime la Confirmación constituye un sello imborrable que configura en forma permanente el alma del fiel a Nuestro Señor Jesucristo y lo inserta más profundamente en Su Cuerpo Místico. Este carácter perfecciona la Gracia bautismal, haciendo que el bautizado sea capaz de dar testimonio de la fe con mayor fuerza y responsabilidad. La imagen de las piedras vivas de la Iglesia, tomada de la Primera Carta de Pedro (1Pe 2, 4-5), expresa eficazmente esta realidad: los fieles, unidos a Cristo como piedra angular, son edificados edificio espiritual, como miembros vivos y dinámicos del Cuerpo Místico, cada uno llamado a contribuir al crecimiento y a la santificación de toda la comunidad eclesial.
También hay un aspecto poco conocido que puede iluminar aún más nuestra meditación. En los ladrillos y tejas romanos y paleocristianos era costumbre estampar un sello (sigillum) que llevaba el nombre de la fábrica de ladrillos, el nombre del propietario y, a veces, la indicación del uso previsto (edificio público, villa, templo). Esta marca no era ornamental, sino jurídica y funcional: atestiguaba el origen cierto del material y determinaba su uso previsto, garantizando la autenticidad e integridad dentro de la construcción. De la misma manera, el carácter de la Confirmación marca el alma con el “sello” divino. El Artífice divino es el Espíritu Santo, que actúa a través del Sacramento conferido por el ministro de la Iglesia; el uso es la edificación del Reino de Dios en la historia. Este sello espiritual indica que el alma pertenece irrevocablemente a la Santísima Trinidad, que la eligió y la conformó a Cristo; especifica su función: la persona confirmada está destinada a ser piedra viva en la Iglesia, llamada a dar testimonio público de la Fe; garantiza su permanencia: así como el sello impreso en el ladrillo no puede borrarse sin destruir el ladrillo mismo, de la misma manera el carácter sacramental es imborrable y sobrevive también al pecado grave, haciendo siempre posible volver a la plena comunión eclesial.
La Confirmación, queridos jóvenes, no es entonces un simple rito de paso, sino la huella divina que les transforma en un elemento estructural de la Iglesia. Marcados por este sello, llevan dentro de ustedes la responsabilidad de contribuir en forma constante a la construcción del templo espiritual, manifestando en el mundo la belleza y la solidez de la morada de Dios entre los hombres. Esta conciencia invita a cada uno de nosotros a vivir la propia vocación con fidelidad y valentía, conscientes de que somos, por gracia, piedras preciosas e insustituibles en el edificio eterno de la salvación.
¿Pero cómo hacerlo? ¿Cómo librar el bonum certamen (2Tim 4, 7) y merecer la palma de la victoria? ¿Cómo se puede dedicar la vida a seguir a Cristo y conservar la Fe intacta?
Esto lo explica la Oración Colecta de la Misa: Deus, qui errantibus, ut in viam possint redire justitiæ, veritatis tuæ lumen ostendis: da cunctis, qui christiana professione censentur, et illa respuere, quæ huic inimica sunt nomini; et ea quæ sunt apta, sectari [Oh, Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan descarriados, para que vuelvan al camino de la justicia: concede a todos los que se consideran cristianos, tanto el rechazar lo que es hostil a este nombre, como seguir lo que le es conveniente].
¿Y cómo podemos atravesar el desierto en la peregrinación hacia la tierra prometida? ¿Dónde podemos encontrar el alimento sobrenatural que fortalece el alma en este viaje? Con la Santísima Eucaristía, el alimento de los ángeles, el Maná místico, la medicina de la inmortalidad, el alimento de las almas santas. Hoy Nicola se acercará por primera vez al Banquete Eucarístico: les invito a orar por él, para que pueda estar completamente dedicado al Señor Sacramentado, como un tabernáculo viviente, para que crezca en la luz de la Fe y en el fuego de la Caridad.
¡Queridos amigos, manténgase fieles! Custodien la llama de la Fe Católica, del Sacerdocio Católico y de la Santa Misa. Permanezcan fieles a la Santa Iglesia Católica, Apostólica Romana, rechazando todos los errores que se opongan e incluso niegan la Verdad católica, y manteniéndose alejados de quienes los difunden. Estos tiempos de gran prueba espiritual, similar a los dolores del parto, terminarán pronto: En verdad, en verdad, os digo, vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis afligidos, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo (Jn 16, 20). Y así sea.
Y así sea.
Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Bassano del Grappa, 26 de abril MMXXVI
Dominica III post Pascha
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 1 de mayo de 2026, en https://marcotosatti.com/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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