¿Las Declaraciones de Nulidad: nuevo Libelo de Repudio como en la época de Moisés? Cinzia Notaro

 

Marco Tosatti

 

Queridos StilumCuriales, Cinzia Notaro, a quien agradecemos de corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre el reconocimiento de la nulidad de un matrimonio. Disfruten la lectura y compartan.

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Las declaraciones de nulidad: el nuevo panfleto de repudio en tiempos de Moisés

 

El matrimonio cristiano no es un simple contrato civil ni un acuerdo legal entre dos personas, sino un pacto espiritual frente a Dios. Es un compromiso total que involucra al corazón, al alma y a la vida diaria, basado en la gracia, el amor mutuo y la disposición a afrontar las dificultades juntos. Reducir el matrimonio a un contrato significa mirar sólo la perfección inicial o las condiciones declaradas: si uno de los dos ha ocultado un defecto, por ejemplo, el matrimonio puede ser considerado nulo y devuelto “al emisor” mediante una declaración de nulidad.

Este tipo de enfoque, aunque formalmente correcto, se asemeja al libelo de repudio dado en tiempos de Moisés, cuando la ley no estaba en vigor y no había gracia y el amor no estaba en el centro de las relaciones matrimoniales. Sin embargo, el verdadero amor cristiano acoge los defectos, perdona y busca crecer juntos en la gracia, mostrando que el matrimonio es una vocación y un camino de santificación recíproca.

Un problema estrechamente relacionado es la situación de los divorciados que se han vuelto a casar. Aunque la convivencia en castidad pueda parecer una solución moral, no elimina el pecado interior si persisten vínculos emocionales intensos.

El matrimonio no es sólo unión carnal: incluye afecto, ternura, miradas dulces, favores y cuidado mutuo, y aunque no haya relaciones sexuales, estos vínculos mantienen vivos el apego y el deseo, que pueden ser una ocasión próxima de pecado. Como enseña Jesús, el pecado comienza en el corazón: “Todo aquel que mira a una mujer deseándola ya ha cometido adulterio en su corazón” (Mt 5, 27-28). La castidad externa, sin una conversión del corazón, no es suficiente. El propio Evangelio, hablando de la adúltera, dice “Vete y no peques más”, no dice “permanezcan juntos como hermanos y hermanas”.

Está claro que interrumpir la situación que favorece el pecado es el verdadero camino de la conversión.

Incluso cuando los matrimonios son declarados nulos, la situación de los hijos sigue siendo compleja. De hecho, los hijos sufren igualmente por la separación y por la ruptura de los lazos familiares, independientemente de si el matrimonio es considerado válido o nulo. Esto demuestra que el bien de los hijos no depende solamente de la forma legal o canónica del matrimonio, sino de la capacidad de los padres para vivir el amor auténtico, la responsabilidad y la gracia. Los padres deben buscar transmitir a sus hijos un ejemplo de fe y de amor, incluso cuando el vínculo sacramental se rompe o no ha sido vivido plenamente.

Hoy en día, muchos fieles no leen la Biblia, viven la vida sacramental superficialmente y no ponen a Dios en primer lugar. Casi nadie se casa ya en la iglesia; muchos conviven o eligen el matrimonio civil, y cuando se casan en la Iglesia a menudo lo hacen sin una preparación real y sin fe madura. Como resultado, cuando surgen dificultades, algunos eligen divorciarse o vuelven a casarse civilmente sin escrúpulos, o incluso se divorcian y se vuelven a casar. Estos comportamientos no son signos de una fe auténtica, sino que ponen en evidencia la fragilidad moral y espiritual.

El verdadero remedio para esta situación no está sólo en las normas morales o en las declaraciones canónicas, sino en la educación en la fe antes del matrimonio. La Iglesia debe transmitir la fe, no sólo las prohibiciones, enseñando a leer la Biblia, vivir el Evangelio y poner a Dios en primer lugar. Solamente así los futuros cónyuges pueden entender que el matrimonio es una vocación, un camino de gracia y no una formalidad legal. La preparación de las parejas comprometidas debe formar la conciencia, el corazón y la capacidad de afrontar juntos las dificultades, aceptar los defectos, perdonar y vivir la vida matrimonial como verdadera santificación mutua.

En este sentido, el matrimonio como pacto espiritual acoge los defectos y permite crecer juntos en la gracia, mientras que el matrimonio reducido a un contrato humano valora sólo la perfección inicial e ignora el perdón y la misericordia. Los hijos también se benefician: en un matrimonio fundado en la fe, la gracia y el perdón, crecen en un ambiente de amor auténtico, mientras que en matrimonios frágiles o reducidos a una formalidad, sufren más profundamente por las separaciones y las divisiones, independientemente de la validez legal o canónica del matrimonio.

En resumen, la verdadera prevención de los divorcios, de las convivencias precarias y de los segundos matrimonios sin discernimiento no está solamente en el control de las reglas, sino en la formación en la fe, la gracia y la vida según el Evangelio. Sólo con Dios en primer lugar, con un corazón dispuesto al perdón y al crecimiento, el matrimonio puede ser estable, santo y testimonio concreto de amor auténtico, incluso frente a los defectos, a las dificultades y a las pruebas de la vida matrimonial, y puede ofrecer a los hijos un ambiente sano y rico de amor verdadero.

 

Publicado por Marco Tosatti en italiano el 10 de abril de 2026, en https://marcotosatti.com/2026/04/10/le-dichiarazioni-di-nullita-nuovo-libello-di-ripudio-come-al-tempo-di-mose-cinzia-notaro/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

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