Marco Tosatti
Queridos StilumCuriales, Cinzia Notaro, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones de carácter espiritual. Disfruten la lectura y compartan.
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Los Dos Mundos: la Ciudad de Dios y la ciudad del engaño
Desde el principio, la humanidad camina entre dos realidades opuestas, dos ciudades invisibles entrelazadas en la historia: la Ciudad de Dios y la ciudad del engaño. La primera nace de la voluntad del Creador, la segunda de la rebelión de la criatura. Son dos mundos paralelos, dos caminos: el estrecho que conduce a la vida y el ancho que conduce a la perdición.
En el Jardín del Edén ya aparece esta división. Dios crea un mundo armonioso, puro y ordenado. Todo es luz, belleza, equilibrio. El hombre vive en alianza con su Creador, en la contemplación de las obras perfectas surgidas de Sus manos. Todo es un regalo: los colores de la naturaleza, la claridad de las aguas, el canto de los pájaros, el silencio lleno de paz. El hombre no es el amo absoluto, sino el guardián. Vive en la oración, en la adoración y en el reconocimiento agradecido.
En el mundo creado por Dios prevalecen la contemplación, la oración y la adoración. Las obras divinas son perfectas, naturales, puras y sagradas. La naturaleza es una obra maestra viviente, una armonía de colores embriagadores, de luz y de belleza, de tranquilidad y de un valor inestimable. Incluso el arte, cuando es auténtico, refleja algo de la gloria del Creador. En este mundo, el hombre vive según el orden natural para el que fue creado: no para dominar con arrogancia, sino para cuidar con amor. Aquí hay una alianza con Dios, basada en la confianza y en la verdad.
Pero junto al árbol de la vida se arrastra la serpiente, símbolo del engaño. Ella propone otro mundo, fundado no en la obediencia sino en el orgullo: “Seréis como Dios”. Es el nacimiento de la ciudad terrenal construida sobre la idolatría del yo. Si en el mundo de Dios prevalecen la abnegación y la humildad, en el del engaño prevalece la autoexaltación. Si Dios pide confianza, la serpiente sugiere sospecha. Si Dios es verdad, la serpiente es mentira.
La ciudad del engaño está marcada por la contaminación y por el caos. Donde Dios está excluido, todo está fragmentado. La contemplación es reemplazada por el estruendo; la paz, por el estrés; la gratitud, por el consumismo; la pureza, por a la impureza. Es un mundo lleno de contradicciones: proclama libertad pero genera dependencias; promete felicidad pero produce vacío; habla de verdad pero genera confusión. Aquí no hay alianza con Dios, sino complicidad con la serpiente. Es el camino amplio que conduce a la muerte espiritual.
En nuestro tiempo, esta oposición entre el mundo de Dios y el mundo construido por el hombre sin Dios adquiere una forma nueva y perturbadora. El hombre corre el riesgo de construirse una prisión invisible para sí mismo, convirtiéndose en homo technologicus, convencido de que el progreso técnico puede sustituir a la sabiduría y que el poder de la ciencia le convierte en el dueño absoluto de la realidad.
La tecnología, que podría ser un instrumento al servicio del bien, se convierte fácilmente en un ídolo. El hombre ya no se reconoce como criatura, sino que pretende convertirse en creador de un mundo artificial. Quiere reescribir el orden natural, manipular la vida, decidir en forma autónoma qué es bueno y qué es malo.
Así, ya no contempla la creación: la explota. No protege el mundo: lo consume. La tierra, un regalo confiado a su responsabilidad, es incendiada, contaminada, brutalizada. Los ríos están contaminados, los bosques talados, los animales muertos, el aire se vuelve irrespirable. La codicia ocupa el lugar de la gratitud. El beneficio sustituye al respeto. E incluso el hombre se convierte en un objeto: explotado, esclavizado, reducido a un número, un engranaje de un sistema que él mismo ha construido.
Siempre conectado, pero solo por dentro. Siempre informado, pero rara vez sabio. Construye redes digitales, pero pierde relaciones reales. Cree que es libre, pero a menudo es prisionero de sus propias creaciones.
Cuando el hombre se burla del orden natural, no sólo destruye el mundo de Dios: se hiere a sí mismo. Porque el orden de la creación no es un límite impuesto desde fuera, sino la condición de nuestra armonía interior.
Dios no se contradice a sí mismo, porque es eterno e inmutable. Dios es luz, y en la luz todo encuentra su lugar. Dios es verdad, y la verdad no genera confusión. Dios es amor, y el amor construye y da vida eterna. El mundo gobernado por el orgullo, en cambio, es oscuridad, engaño y mentiras. Cambia continuamente de rostro porque no tiene una base estable. Promete vida, pero conduce a la muerte espiritual.
Estos dos mundos no son solamente realidades externas: habitan dentro de cada uno de nosotros. Cada pensamiento, cada elección, cada deseo contribuye a construir una de las dos ciudades en nuestro corazón. Cuando elegimos la humildad y no el orgullo, construimos en la luz. Cuando elegimos el egoísmo en vez del amor, alimentamos la oscuridad.
La verdadera batalla se libra en el silencio de la conciencia. Es allí donde uno decide si entrar en la alianza con Dios o seguir el camino amplio. Es allí donde comienza la santificación o la perdición.
Y entonces la pregunta se vuelve personal e inevitable: ¿qué mundo elijo construir cada día? ¿El que se basa en la luz, la verdad y el amor que conducen a la vida eterna, o el que se basa en el orgullo y en el engaño que llevan a la muerte?
Al final, sólo quedará lo que se construye en la luz. Todo lo demás desaparecerá como una sombra al amanecer.
Publicado por Marco Tosatti en italiano el 28 de febrero de 2026, en https://marcotosatti.com/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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