Marco Tosatti
Estimados StilumCuriales, ofrecemos a vuestra atención este artículo de Investigatore Biblico, a quien agradecemos por su cortesía. Disfruten la lectura y la difusión.
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“Jesucristo, el gran ausente en la Nota de la CEI sobre la enseñanza de la religión católica. Queridos obispos italianos, ¿a dónde queréis ir?” por IB
He leído detenidamente, y diría que con sincera participación, la reciente Nota sobre la enseñanza de la religión católica (Nota Pastorale “L’insegnamento della religione cattolica: laboratorio di cultura e dialogo” – Chiesacattolica.it). He apreciado su amplio alcance, la intención dialógica, la preocupación educativa y su evidente deseo de situar la Enseñanza de la Religión Católica [ERC] en las profundas transformaciones de nuestro tiempo. Se percibe el esfuerzo por hablar a la escuela real, marcada por el pluralismo cultural y religioso, por la secularización generalizada y por la incertidumbre antropológica que atraviesa a las nuevas generaciones. Todo esto merece respeto. Y sin embargo, precisamente porque el documento es serio, reflexivo y respetable, no puedo dejar de plantear una pregunta que me acompañó a lo largo de toda la lectura y que, al final, se convirtió en inquietud teológica y pastoral: ¿dónde está Jesucristo?
El texto habla con fundamentos sobre la cultura religiosa, el patrimonio histórico del cristianismo, el diálogo interreligioso, el secularismo positivo, los interrogantes sobre el sentido, la dignidad de la persona, la responsabilidad educativa e incluso el riesgo del analfabetismo religioso. Pero rara vez -y casi siempre en forma indirecta- habla de Jesús como un acontecimiento vivo, como una persona que interpela, como anuncio que pide ser escuchado, bienvenido o incluso rechazado. Su figura aparece en el fondo, evocada como referencia cultural o como centro de la Sagrada Escritura, pero nunca emerge con la fuerza propia que caracteriza al Evangelio, que no es ante todo una visión del mundo, sino una noticia: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).
A veces se tiene la impresión de que el documento ha elegido, con gran cautela, habitar una zona de seguridad: la de la cultura, la de la mediación, la del equilibrio institucional. Esto es comprensible, en un contexto escolar marcado por la libertad de conciencia y la pluralidad de miembros. Y, sin embargo, la tradición cristiana nunca ha considerado la educación como neutral respecto al anuncio. Incluso cuando distingue —con razón— entre catequesis y enseñanza escolar, la Iglesia nunca ha separado completamente la cultura del testimonio, ni el saber del Evangelio que la atraviesa y la juzga.
El documento insiste mucho, y con razón, sobre el hecho que la ERC no es catequesis ni una declaración de fe. Pero el riesgo, aquí, es que esta distinción se convierta en una resta. Se dice claramente qué no es la ERC, pero es difícil decir con igual claridad en qué sentido permanece, en cualquier caso, vinculada a la misión de la Iglesia. La misión, al fin y al cabo, está casi ausente como idioma y como horizonte explícito. Y, sin embargo, la Iglesia existe sólo para evangelizar, como recordaba Pablo VI, y toda su presencia en el mundo, incluso la más discreta y dialógica, está llamada a confrontar con este origen.
Es llamativo, en este sentido, que un texto tan rico en citas magisteriales y referencias teológicas casi nunca encuentre el valor de decir que el cristianismo nace de un encuentro, no de un patrimonio; de una llamada, no de una tradición; de una misión, no sólo de un recuerdo. “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros” (1Jn 1, 3): esta lógica apostólica parece permanecer al margen. El lenguaje del diálogo, aunque necesario, corre el riesgo de convertirse en un lenguaje autosuficiente, que ya no conduce a una propuesta, sino que se detiene en la reciprocidad.
El relativismo, del que el documento advierte acertadamente el peligro a nivel cultural y educativo, nunca se tematiza a fondo en el plano cristológico. Se denuncia al relativismo como una pérdida de referencias, como un extravío antropológico, como una simplificación de la realidad; pero no se pregunta si una propuesta de una ERC que habla poco de Cristo no acabe, paradójicamente, alimentando precisamente ese relativismo práctico al que se pretende oponer. Cuando todo es diálogo, pero nada es anuncio; cuando todo es apertura, pero falta un centro reconocible; cuando Jesús está presente como objeto de estudio, pero no como una palabra que llama, entonces la fe corre el riesgo de ser percibida como una variante cultural entre otras.
No se trata, por supuesto, de transformar la ERC en predicación o en una catequesis disfrazada. Más bien, se trata de preguntarse si es posible tener una cultura cristiana que no haga transparente la singularidad de Cristo, al menos en filigrana. “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6) no es una fórmula debe imponerse, sino una diferencia que debe habitarse, también en el contexto escolar, con inteligencia y respeto. Si esta diferencia se atenúa hasta desaparecer, lo que queda es una defensa culta del cristianismo, no un testimonio evangélico.
En última instancia, lo que le falta a la Nota no es el equilibrio, sino el riesgo; no la competencia, sino la parresía; no la cultura, sino esa transparencia evangélica que nos permite vislumbrar, detrás de las palabras, una Presencia. Sin esto, la ERC corre el riesgo de convertirse en una administración noble del pasado, en vez de un lugar donde el Evangelio, también hoy, puede ser escuchado como buena noticia. Y la Iglesia, cuando renuncia a hablar de Cristo por miedo a no ser aceptada, con frecuencia termina por no ser escuchada en nada.
Publicado originalmente en italiano el 21 de enero de 2026, en https://marcotosatti.com/
Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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