Marco Tosatti
Queridos amigos y enemigos de Stilum Curiae, el profesor Bernardino Montejano, a quien agradecemos de corazón, les ofrece estas reflexiones con motivo del 12 de octubre, día del descubrimiento de América por Cristóbal Colón. Que disfruten de la lectura y la difusión.
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12 de octubre, Día de la Hispanidad
Hasta no hace mucho en la Argentina se celebraba hoy el Día de la Raza como recuerdo de nuestra deuda con España; hoy quienes renunciaron a esa herencia que nos identifica, lo reemplazaron por un invento segregado de sus cerebros, llamado “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” (Decreto 1584/2010.
Esa herencia de los Kirchner y sus secuaces permanece porque Macri se hizo el otario y Milei, hace rato que abandonó los aspectos culturales de su “batalla cultural”.
Pero, frente a este mamarracho celebramos el Día de la Hispanidad; para ello recurrimos a un poeta nuestro, Carlos Obligado, quien en su poema “Patria” canta:
“Clame la Patria frente al mundo acerbo:
-En fe cristiana y verbo castellano
Tengo dos veces heredado el Verbo;
Y no será, por ventura, en vano
Que así atesore certitud divina
E incomparable patrimonio humano”.
El poeta apunta a lo esencial de la herencia: la fe en nuestro Dios, Uno y Trino y la inmensa tradición heredada, esa herencia recibida para enriquecerla y transmitirla.
Continúa Obligado señalando la proyección abarcadora del legado:
“Aun arraigas más amplio, oh, mi Argentina
Que en ti el alma ancestral no brilla sola,
Sino en radiante comunión latina”.
Y entre los países latinos, la primacía es italiana. Viene un poco más adelante la referencia a la rica herencia romana:
“Mas, fue de Roma, cenital proeza,
Dar vida a la Nación predestinada
Que al continente grácil encabeza.
¡Oh excelsa Engendradora así engendrada
¡Mi España ascensional, mística y fuerte:
¡Señora de la Cruz y de la Espada!”
Hoy, se pretende separar la Cruz de la espada y para colmo a la última se agrega el oro, como si el vil metal fuera el objetivo más importante de la penetración española en América y hasta se canta en muchas iglesias “en mi barca no hay oro ni espadas”.
Pío XII, el papa de la hispanidad piensa otra cosa y califica a ese tiempo como “la hora de Dios, cuando en la cofa más alta de la nave campeaba siempre una cruz, y cuando junto al descubridor no faltaba nunca el misionero” (17/11/1955).
Esa hispanidad tenía su eje en la España peninsular. Como canta Carlos Obligado en sus versos: “Y ortodoxa, cruzó el Renacimiento, con su Juan de la Cruz y su Granada y su abeja platónica en el viento” (Canto II)
La hispanidad, en primer lugar, es certidumbre para enfrentar las heterodoxias y conservar el patrimonio elaborado, a partir de Grecia, Roma y el cristianismo.
Este patrimonio cultural y espiritual llega al nuevo mundo con las carabelas castellanas. Es verdad que en el descubrimiento hay una faz misteriosa. El escritor oriental Juan Zorrilla de San Martín señala que Colón y sus hombres buscaban el oriente a través del occidente; fue América la que salió al paso de los navegantes para decirles: “Aquí estoy”.
Pero ¿quién despertó y provocó al abismo? Zorrilla responde: sólo España; “así pensaba y pienso: sólo España. Yo creo que los hechos heroicos no son realizados al azar por los pueblos; los realiza quien debe realizarlos, quien merece realizarlos, no otro”.
La pequeña Cristiandad integró un imperio en el cual “no se ponía el sol”, integrado por razas diversas, españoles peninsulares, criollos, mestizos, indios, africanos, filipinos, malayos.
En todos ellos, se evangelizó, en primer lugar, y también se incorporó a los nativos a una cultura superior, se eliminaros los sacrificios humanos a los ídolos, se levantaron ciudades, se construyeron escuelas y universidades, iglesias y hospitales, se trazaron caminos, se cultivaron los campos y a través de un idioma común, el castellano, se logró un magnífico medio de comunicación.
Y la intención fundadora, la de los Reyes Católicos y la de los monarcas de la Casa de Austria, fue extender la Cristiandad a tierra americana, e integrarla en tiempos renacentistas a la que Francisco Elías de Tejada denominó “pequeña cristiandad hispánica”. La política de población penetra en el interior del continente y comienza el mestizaje. Aparece el criollo, distinto al español peninsular y la legislación de indias ordena que en las nuevas capitulaciones en lugar de la palabra conquista se use “las de pacificación y población” (Libro IV, título I, ley VI).
Esa política acabó con el cambio de dinastía y fueron los propios reyes, como escribe el recordado Ricardo Zorraquín Becú, quienes al adoptar las ideas de la Ilustración, rompieron con los fundamentos tradicionales: “al desvincularse de la religión y al acentuar su propio absolutismo destruyeron las bases seculares de su imperio”; y como apunta Francisco Elías de Tejada, fue el absolutismo europeizante importado de Francia el que mató el alma de sus libertades concretas, cuyas verdes praderas “se secarán al paso afrancesado de las pezuñas borbónicas”.
La realidad del mestizaje brilla en una anécdota de Evo Morales cuando alardeaba haber luchado contra todos los imperialismos, puesto en su lugar por nuestro historiador Marcelo Gullo: agradezca haber nacido en este lugar colonizado por España y haber llegado a ser presidente; si hubiera nacido en Norteamérica, hoy estaría recluido en una reserva indígena para ser exhibido a los turistas. La verdad destrozó a la ideología.
Ante la ingratitud del “Cholo” y de los resentidos, nosotros practicamos una virtud, hoy muchas veces olvidada, anexa a la justicia, la gratitud.
Buenos Aires, octubre 12 de 2025.
Bernardino Montejano
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