El estúpido: el enemigo número uno de la sociedad. Agostino Nobile

 

Marco Tosatti

Estimados StilumCuriales, Agostino Nobile, a quien agradecemos de todo corazón, ofrece a vuestra atención estas reflexiones sobre el verdadero y gran enemigo de la raza humana… Disfruten la lectura y difundan.

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El estúpido: el enemigo número uno de la sociedad

 

El estúpido es un tipo humano tan difundido como insidioso, que representa el principal obstáculo para el bien común y la razón. Según Dietrich Bonhoeffer, las mentes desprovistas de juicio, lógica y sentido crítico pueden ser más peligrosas que las animadas por intenciones malévolas. Mi madre, hija de agricultores y mujer de gran perspicacia, me dio un consejo durante mi adolescencia que aún recuerdo: “Es mejor tratar con una mala persona que con un estúpido. La primera lo puedes preverla, pero el segundo, aunque sea tu amigo, puede hacer que el suelo se derrumbe bajo tus pies cuando menos lo esperes”.

A pesar de esta advertencia, he caído varias veces en la trampa, pero asumiendo la responsabilidad y sin guardar rencor. La vida ofrece tantas cosas hermosas, y no podemos dejar que se arruine por el número inagotable de imbéciles que se disfrazan de personas virtuosas. Con demasiada frecuencia pensamos que las grandes personalidades de la medicina, de la literatura, del entretenimiento, etc., no pueden ser estúpidas, y en cambio son las más traicioneras. La estupidez no es prerrogativa exclusiva de las personas irreflexivas. Incluso entre los grandes filósofos e intelectuales se pueden encontrar los imbéciles más peligrosos, precisamente porque el éxito que han obtenido, su elocuencia, retórica y dialéctica los hacen creíbles.

La lista es tan larga como la historia humana, pero quiero informar las frases de algunos personajes que han desestructurado nuestra sociedad. Una de las frases célebres de Karl Marx sostiene: “La abolición de la religión como la felicidad ilusoria del pueblo es necesaria para su verdadera felicidad”. Desgraciadamente, los imbéciles de todas las culturas del planeta lo han tomado literalmente, ignorando la lección de la historia: al privar al ser humano de la dimensión sagrada -como se mantiene en el cristianismo- el ateísmo lo reduce a una mera célula social, con las consecuencias que bien conocemos. Después de los 60/70 millones de muertes causadas por las dos dictaduras ateas del siglo pasado, el orgulloso ateo Richard Dawkins comenta: “Sin religión todos estaríamos mejor. Seríamos libres de regocijarnos por el privilegio que tenemos de nacer, agradecidos de vivir una vida terrenal, abandonando el deseo presuntuoso de tener una segunda vida eterna en el más allá”.

El ateo Sam Harris, en su libro Carta a una nación cristiana, escribe: “Un hombre puede secuestrar a un niño, violarlo, torturarlo y luego matarlo”. Los padres están convencidos de que “la atención amorosa de Dios está en ellos y en su familia”. Dado que esto no sucede, Harris concluye que Dios no existe. En realidad, la omnipotencia de Dios rara vez se manifiesta, porque Él creó al hombre libre. No es casualidad que la intervención divina sea definida como un milagro. Respecto a esto, me gustaría añadir que los cristianos que están convencidos de que basta con rezar para obtener todas las gracias se equivocan. Lamento decepcionarlos, pero esa opinión es desmentida por la historia. La oración es fundamental, pero reducir a Dios a un titiritero es excesivo. El mundo sería ciertamente mejor si los cristianos fueran conscientes de que Dios espera de nosotros, además de la oración, obras concretas y, si es necesario, horcas.

Carlo Cipolla, en su ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana, escribe: “Ya sea que frecuentas círculos elegantes  o te refugies entre los cortadores de cabezas de la Polinesia, ya sea que te encierres en un monasterio o decidas  pasar el resto de tu vida en  compañía de  mujeres hermosas y lujuriosas, el hecho es que siempre tendrás que enfrentarte al mismo porcentaje de personas estúpidasun porcentaje que superará siempre las predicciones más oscuras”.

Basta con que el 30% de la población esté formada por estúpidos empedernidos para llevar a una sociedad al desastre. Si estos individuos -aunque no superen el punto cero porcentual- ocupan posiciones de poder en la política, en las finanzas o en los ganglios vitales de la sociedad, el daño está asegurado, a menos que los ciudadanos más conscientes decidan tomarlos por el cuello y echarlos.

Nadie es perfecto, y todos podemos caer en el error de decir o hacer tonterías. Sin embargo, reconocerlo es lo que nos redime: comprender que hemos cometido una estupidez o una maldad, aunque sea involuntaria, significa comprometernos a no repetirla. Nunca te sientas culpable, porque es posible perdonarse a uno mismo, pero solamente después de disculparse con quienes han sido agraviados.

Con los teléfonos móviles y los influencers, las cosas se han complicado aún más. La estupidez reina soberanamente, esclavizando a los jóvenes y no sólo a ellos. Si propones un discurso humanamente profundo, que se desvía de sus convicciones, en el mejor de los casos te miran con sospecha, acusándote de ser demasiado intelectual; en el peor de los casos, te desprecian como si fueras un idiota. Pero no termina ahí la cosa. Algunos jóvenes con un excelente potencial intelectual, para ser aceptados por los millones de esclavos que los rodean, fingen ser estúpidos, arriesgándose a absorber la idiotez hasta olvidar las cualidades que los hacen más sabios y menos tontos. Volver al realismo puede ser muy difícil, ya que a menudo uno está atrapado en una telaraña de irracionalidad que amenaza con encarcelarlo de por vida.

Estamos viviendo la pandemia más inhumana de la historia, una epidemia que combina superficialidad, irresponsabilidad, relativismo y pasividad, que se puede resumir en una sola palabra: estupidez.

Sabemos que para obtener información documentada y profunda es necesario leer varios libros, para elaborar al menos una idea realista de los hechos. Esto también se debe a que mucha información está controlada por personas decididas a manipular la realidad. ¿Qué hacen hoy? Confían en Wikipedia.

Me gustaría compartir dos episodios de estupidez que he experimentado personalmente. El siguiente hecho puede parecer una broma, pero no lo es. Sentado en un bar al aire libre, escuché a un caballero que, con un periódico en la mano, le contó a una mujer sentada a su lado sobre la violación y el asesinato de una niña casi mayor de edad, atacada mientras andaba en bicicleta. La mujer, sin pestañear, exclamó: “¡De todos modos, mi hija no tiene bicicleta!”.

En otro caso, un conocido, que está viviendo un calvario luego de aplicarse la segunda dosis del suero contra el Covid, se niega a seguir a las plataformas digitales y a los blogueros de probada honestidad intelectual, despidiéndolos con: “¡Sólo dan noticias falsas!”.

Después de meses larguísimos en los que los grandes medios de comunicación han difundido alarmas y mentiras, devastando psicológica y físicamente a millones de personas, la mayoría de éstas siguen dando crédito a los medios de comunicación y a todas las autoridades responsables. Incluso la policía y los servicios secretos, que deberían protegen a la población, se han comportado, si no exactamente como Pilatos, como tontos. En este caso, la estupidez se convierte en un crimen.

¿Qué es la estupidez? Es la muerte del discernimiento y del sentido crítico, la superficialidad disfrazada de opinión, la desconexión de la realidad y del bien. Una realidad que, tarde o temprano, presenta la factura, muchas veces carísima.

 

Agostino Nobile

 

Publicado originalmente en italiano por Marco Tosatti el 2 de setiembre de 2025, en https://marcotosatti.com/2025/09/02/lo-stupido-il-nemico-numero-uno-della-societa-agostino-nobile/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

 

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